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El 11,9% de la población argentina tiene 65 años o más. La mayor parte de los cuidados recae en las familias y en mujeres que trabajan sin registro. En los últimos dos años y medio, además, se desfinanciaron o desactivaron políticas públicas destinadas al sector. De 50 políticas de cuidado en 2023, sólo quedan 3.
Argentina atraviesa un proceso acelerado de envejecimiento y, al mismo tiempo, enfrenta un deterioro de las políticas destinadas a garantizar los cuidados de las personas mayores. La tarea recae principalmente en las familias y, cuando estas no pueden asumirla, en cuidadoras domiciliarias que en su mayoría trabajan de manera informal y sin protección social.
El 11,9% de la población argentina tiene 65 años o más, según el Censo 2022 del INDEC. Esa franja pasó de 4,09 millones de personas en 2010 a 5,37 millones en 2022: creció un 31%, más del doble que el resto de la población. El grupo de 85 años y más, el más frágil, casi duplicó su peso relativo desde 1970.
El crecimiento de la población mayor aumenta la demanda de asistencia. Pero el sistema de cuidados no acompaña ese proceso y deja a las familias frente a una oferta limitada y costosa, según los especialistas.
Uno de cada cuatro mayores de 65 años vive sin nadie más en su casa, según el Censo 2022. En la Ciudad de Buenos Aires, ese número trepa al 34%.
“En Argentina, el 36% de las personas de 80 años y más vive sola. En la Ciudad, el porcentaje asciende al 38%”, precisa la gerontóloga Mónica Roqué, de la Asociación Latinoamericana de Gerontología Comunitaria y extitular del área de Adultos Mayores en el Ministerio de Desarrollo Social.
Vivir solo, explica Roqué, no implica necesariamente aislamiento, pero aumenta las posibilidades de que una persona mayor no cuente con ayuda cuando la necesita. “Eso no significa necesariamente que estén aisladas, pero sí que tienen más probabilidades de sentirse solas y de no contar con ayuda cuando la necesitan”, señala.
La soledad, además, tiene consecuencias sobre la salud. Según Roqué, “las personas mayores tienen más riesgo de morir asociado a la soledad que por tabaquismo, obesidad o alcoholismo”.
La necesidad de asistencia alcanza a una parte importante de esa población. Roqué calcula que el 10% de las personas mayores del país no puede realizar por sí sola actividades básicas como alimentarse o higienizarse. Son unas 750.000 personas que, sin ayuda, no sobreviven.
Si se suman quienes tienen dificultades para salir de sus casas o realizar un trámite, la cifra asciende a 1,7 millones. Entre los mayores de 75 años, calcula, cerca de 1,6 millones necesitan asistencia para las actividades cotidianas.
Sin embargo el acceso a los cuidados está condicionado por los ingresos. Un geriátrico en la Ciudad de Buenos Aires cuesta, según relevamientos realizados en marzo y abril de este año, entre $1,3 y 5,5 millones por mes, de acuerdo con el grado de dependencia.
A su vez, una cuidadora domiciliaria registrada cobra, según la escala salarial de la UPACP vigente desde enero, $441.806 con retiro o $490.745 sin retiro. El subsidio que otorga PAMI para auxiliar domiciliario cubría, según la última cifra de referencia pública, correspondiente a marzo de 2025, alrededor de $200.000 mensuales. El acceso es restringido y está sujeto a una evaluación social que exige demostrar que no existe una red familiar disponible.
La diferencia entre el costo del cuidado y la ayuda estatal queda a cargo de las familias. En otros casos, la asume la propia cuidadora, que trabaja por debajo de lo que corresponde.
En Ushuaia, la cuidadora domiciliaria Candida Noemí Aponte declaró en junio a FM Ártika que cobra entre $300.000 y $500.000 por mes, sin registro, por jornadas que exceden largamente lo pactado.
Los datos de La Cocina de los Cuidados, el espacio intersectorial que coordina el CELS, muestran también una reducción de las políticas de asistencia. En junio de 2025, según el quinto informe de la organización, los subsidios de PAMI para contratar cuidadores habían caído 18% respecto del año anterior. Las camas que el organismo financia en residencias de larga estadía también bajaron, de 22.000 a 17.000.
En diciembre pasado, una nueva encuesta de La Cocina de los Cuidados, realizada junto con Ágora Consultores, mostró que la contratación paga de cuidadores domiciliarios había vuelto a caer: pasó del 14% al 11% de las familias con adultos mayores a cargo.
Los centros de día, a los que en 2023 asistía el 13% de esas familias, hoy están en cero.
La reducción de los recursos destinados a los cuidados también se refleja en la cantidad de políticas públicas vigentes. Antes de diciembre de 2023 existían 50 políticas nacionales de cuidado. Para septiembre de 2025 solo quedaban tres activas, según el sexto informe de La Cocina de los Cuidados.
“Muchas políticas no fueron eliminadas formalmente, pero sí desfinanciadas. Durante un tiempo las considerábamos paralizadas; hoy directamente las damos de baja porque no registran ejecución”, explica Lucía de la Vega, coordinadora de ese espacio en el CELS. Entre los programas sin ejecución está el de formación de cuidadoras domiciliarias de la Dirección Nacional de Personas Mayores.
El Gobierno también derogó la moratoria previsional que permitía jubilarse a quienes habían trabajado durante toda su vida sin aportes registrados. “La eliminación de la moratoria afectó especialmente a las mujeres, porque seis de cada diez jubiladas habían accedido a la jubilación a través de ese mecanismo”, dice De la Vega.
Para gran parte de esas mujeres, la alternativa es la Pensión Universal para el Adulto Mayor, que, según el CELS, continúa por debajo de lo necesario para cubrir una canasta básica.
La reforma laboral aprobada por el Congreso este año tampoco modificó las condiciones del sector. Según el séptimo informe de La Cocina de los Cuidados, publicado en marzo, el trabajo en casas particulares –categoría que engloba a las cuidadoras– representa el 20,12% de toda la informalidad laboral del país.
La nueva ley extendió el período de prueba de 30 días a seis meses y no incorporó medidas para formalizar el trabajo de cuidado. Según estimaciones de la OIT y la CEPAL citadas en el mismo informe, la profesionalización del sector podría generar 1,8 millones de puestos hacia 2030.
El trabajo doméstico y de cuidado en casas particulares es realizado casi exclusivamente por mujeres. La tasa de feminidad se ubica entre el 97% y el 99%, según datos del INDEC y la OIT. Entre el 75% y el 77% de esas trabajadoras no está registrada. El 75,5% no tiene aportes jubilatorios y el 75,3% no tiene obra social.
La socióloga Natacha Borgeaud-Garciandía, investigadora del CONICET, lleva más de una década documentando la vida de las cuidadoras “cama adentro” en Buenos Aires. Son, en su mayoría, migrantes internas o de países limítrofes que conviven las 24 horas con la persona a la que asisten.
En sus entrevistas describe un encierro continuo: el espacio propio de la cuidadora se disuelve dentro del espacio de la persona que cuida.
Las condiciones laborales también se reflejan en los ingresos. Un estudio sobre cuidadoras domiciliarias en La Plata, publicado en diciembre pasado por la investigadora Luciana Deledicque, encontró que quienes trabajan a través de la obra social bonaerense IOMA, con jornadas de hasta 72 horas semanales, cobran en promedio apenas el 44% de la canasta básica total que calcula el INDEC.
“Ni un kilo de carne la hora y estamos cuidando de todos. No tenemos un trabajo digno, no tenemos valor”, dice Evangelina, una de las cuidadoras entrevistadas para ese estudio.
Otra investigación, realizada en Mar del Plata por las investigadoras Romina Cutuli y Eugenia Savino, encontró que siete de cada diez cuidadoras entrevistadas nunca tuvieron un vínculo laboral registrado en relación de dependencia, ni siquiera cuando trabajaron en residencias.
La precariedad se repite en distintas provincias. En Ushuaia, Candida Noemí Aponte contó a FM Ártika que cuida sola a un hombre de 92 años con demencia senil y que el programa estatal Incluir Salud no respondió a sus pedidos de intervención.
“Un desprecio total por lo que estoy haciendo, un desprecio total por la vida de este adulto mayor también y por el trabajo que estoy realizando”, declaró, tras quedarse sin ese trabajo por un conflicto interno que nunca fue investigado.
En Viedma, Ana María Haro, dirigente sindical de CUIDO Río Negro, denunció en junio que la obra social provincial IPROSS les ofreció un aumento de apenas $108 en el valor de la prestación. Lo calificó de “miserable” frente a trabajadoras que cumplen turnos de 12 horas y no llegan a fin de mes.
En esa misma provincia, un legislador recibió en mayo el reclamo de una cuidadora de General Roca que atiende, sin registro, a 21 adultos mayores en un geriátrico privado. Trabaja jornadas de 16 horas y cobra un salario cercano al millón de pesos.
Existen, sin embargo, algunas experiencias que buscan formalizar el sector. CuidarNos, una cooperativa que conecta cuidadoras con familias bajo contratos formales, sumó 180 mujeres en sus primeros meses de funcionamiento y les garantiza obra social.
Pero la informalidad sigue siendo la regla. El sociólogo Agustín Salvia, del Observatorio de la Deuda Social de la UCA, calcula que el 65% de quienes cuidan personas mayores en el país continúa trabajando en negro.
La falta de protección laboral tiene una consecuencia a largo plazo: las mujeres que hoy cuidan a las personas mayores tampoco tienen garantizado su propio acceso a una jubilación y a los servicios de cuidado que necesitarán en el futuro.
“Dentro de veinte años la población mayor de 60 años prácticamente se va a duplicar”, dice Lucía de la Vega, del CELS. El crecimiento de esa población implicará una mayor demanda de asistencia y de trabajadoras especializadas.
“Vamos a necesitar más servicios de cuidado, más trabajadoras y trabajadores formados y más políticas públicas orientadas a este sector”, sostiene De la Vega. Sin embargo, advierte, el proceso actual avanza en sentido contrario.
“Lo que vemos hoy es la eliminación de herramientas existentes y una situación de creciente desprotección. Muchas personas mayores están al borde de la exclusión y enfrentan decisiones dramáticas, como elegir entre comprar medicamentos o alimentarse adecuadamente”, concluye.
LN/MG

El Gobierno busca derogar la ley que fija un precio único de venta para cada libro. Librerías, editoriales, autores y distribuidores aseguran que la medida favorecerá a las grandes cadenas y las plataformas de comercio electrónico, y advierten que puede acelerar el cierre de pequeños comercios.
El sector de las librerías advirtió que está en peligro de supervivencia por la iniciativa del Gobierno de desregular el precio de los libros, lo que favorecería a los grandes comercios y la compra/venta virtual.
La gestión de Javier Milei impulsa la derogación de la ley 25.542, que regula el precio uniforme de venta de los libros en Argentina, lo que lógicamente encendió la alarma en todo el sector editorial.
Según trascendió, libreros, editores y cámaras del libro comenzaron una ronda de contactos con legisladores para intentar frenar la iniciativa impulsada por el ministro de Desregulación y Transformación del Estado, Federico Sturzenegger.
La norma establece un precio uniforme para los libros durante un período determinado desde su lanzamiento, para impedir que las grandes cadenas comerciales utilicen fuertes descuentos como estrategia para atraer clientes y desplazar a las librerías independientes. Para los libreros, derogar esta norma pondría en un punto “terminal” al sector.
Entre las voces que salieron a cuestionar la iniciativa estuvieron la diputada del Frente de Izquierda Myriam Bregman y el legislador de la Coalición Cívica Maximiliano Ferraro, quienes coincidieron en que la medida favorecería la “concentración” del mercado editorial.
Cecilia Di Gioia, dueña de Kokoro Libros, planteó a elDiarioAR que el Gobierno “busca derogar una ley de protección en la que todos los integrantes de la cadena del libro acuerdan cuidar desde su sanción”.
“Me imagino lo jodido que debe ser para las pequeñas librerías de todo el país, porque la derogación de esta ley también las afecta; hay un montón de librerías de pueblo que son orgullo de amor al laburo y resistencia”, lamentó.
Cecilia además advirtió que “esto recién empieza” y que se iniciaron contactos con diputados de la oposición, buscando consensuar una estrategia de resistencia.
Desde Vinilo Editora, se ponderó que “la diversidad de editoriales, librerías y títulos que existe en Argentina, es única en el mundo, es nuestro orgullo y marca de identidad cultural; esta ley protege a la actividad librera y permite esta producción variada y de calidad”.
“Quieren derogar una ley que al Estado no le cuesta nada. La ley de defensa de la actividad librera es apreciada por toda la cadena de valor del libro (porque) permite competir en igualdad de condiciones a todas las librerías, ya que el precio de venta lo pone el editor y es el mismo para todos”, fundamentó la editorial desde su cuenta de Instagram. En el texto, se señala que la normativa en vigencia “permite que los locales de barrio y las grandes superficies compitan en igualdad de condiciones” en tanto que “sin esta ley, va a prevalecer la venta por Mercado Libre, guiada por el algoritmo”.
El posteo concluyó afirmando que “es falso que el libro esté caro, nadie se hace rico vendiendo libros, (ya que) el margen de ganancia es mínimo. El libro no es caro, el poder adquisitivo del lector es cada vez menor”, en relación a la situación económica general.
Alejandro Dujovne, director del Centro de Estudios y Políticas Públicas del Libro (EIDAES-SCCyT) de la Universidad Nacional de San Martín, señaló a elDiarioAR que “en estos días hay una pregunta que se repite en todas las conversaciones del mundo del libro: ¿por qué el Gobierno está tan interesado en derogar esta ley? ¿Por qué la obstinación?”.
Dujovne, investigador de CONICET, expresó que “resulta difícil saber si es parte de su cruzada ideológica, o si detrás de la avanzada se esconden intereses de actores externos al ecosistema editorial, o si se trata de las dos cosas a la vez”.
“Creo, sin embargo, que hay otra pregunta más útil, y es la que el gobierno debería hacerse: por qué el sector en su conjunto, editoriales y librerías, autores y distribuidores, grandes y chicos, la defiende. La respuesta es sencilla: porque no hay regulación más sistémica que esta”, indicó.
“No hay otra norma que, tocando un solo punto –el modo en que se fija el precio de los libros–, tenga un efecto tan virtuoso sobre todos los eslabones de la cadena”, ponderó Dujovne.
“Mientras en otros países de la región pelean desde hace años por conseguir una ley como la nuestra, acá la tenemos. Ahora nos toca defenderla”, concluyó.
José “Perico” Pérez, librero, editor y titular de la librería Homo Sapiens de Rosario, recordó que “esa ley logró aprobarse casi por unanimidad el 27 de noviembre de 2001 y todos los sectores la acompañaron porque entendieron que protegía un bien cultural y no un privilegio para las librerías”.
“Cuando llegó Carrefour, empezó a vender los llamados ‘libros de punta’, los títulos más vendidos de las grandes editoriales, con descuentos del 40 o 50 por ciento. No les importaba perder dinero porque el objetivo era atraer clientes para venderles otros productos. Para una librería independiente era imposible competir en esas condiciones”, recordó.
Sobre ello, alertó que “esos títulos son los que permiten hacer caja y sostener económicamente una librería. Si esos libros se venden por debajo de su precio en grandes cadenas, las librerías dejan de ser viables”.
“Se instala la idea de que el libro será más barato, pero esa es una trampa para el lector. Lo que termina desapareciendo es la bibliodiversidad: dejan de circular muchos autores y autoras porque sólo permanecen los títulos de mayor volumen de venta”, sostuvo.
También remarcó que las librerías cumplen una función cultural que no puede reemplazarse únicamente por plataformas de venta por internet: “Cada librería organiza presentaciones de libros, charlas, actividades culturales y genera un vínculo con los lectores. Existe lo que llamamos la autoridad del librero, que recomienda obras más allá de los grandes éxitos editoriales y acerca autores que de otra manera muchas personas nunca conocerían”.
Pérez incluso apuntó que la norma que se pretende derogar “no requiere subsidios ni gasto público, es simplemente una regulación que viene funcionando desde hace más de veinte años. No tiene sentido modificar algo que funciona”.
Finalmente indicó que representantes del sector ya mantuvieron reuniones con diputados y senadores nacionales de distintos bloques. “La recepción fue muy buena. Sabemos que, si finalmente ingresa un proyecto, deberá pasar por el Congreso y queremos llegar preparados a ese debate”, señaló.
Pérez advirtió que la iniciativa llegaría en uno de los momentos más delicados para toda la cadena editorial. “Hoy la situación es compleja para librerías, editoriales, autores y distribuidoras. Una medida de este tipo sería casi terminal para muchísimas librerías del país”, sostuvo.
Bregman fustigó que el Gobierno “vuelve con su obsesión” de avanzar contra la cultura, y recordó que una medida similar ya había sido impulsada en el DNU 70/23 en la Ley Bases original, aunque finalmente no prosperó.
“Esto pondrá en peligro la continuidad de cientos de librerías en todo el país por la eliminación del precio único del libro”, afirmó la diputada, y adelantó que desde la izquierda convocarán a autores, editoriales y libreros para impulsar acciones contra la propuesta oficial.
Ferraro también rechazó la iniciativa y cuestionó duramente a Sturzenegger. “No tiene idea, y tampoco le interesa comprender, lo que representa el libro para la Argentina”, sostuvo el diputado nacional.
“El objetivo es claro: beneficiar a unos pocos, concentrar el mercado y debilitar la diversidad editorial que caracteriza a la Argentina”, sostuvo, al tiempo que advirtió sobre el riesgo de avanzar hacia un modelo dominado por grandes cadenas comerciales y supermercados en detrimento de las librerías de cercanía.
Por su parte, Tamara Cefaratti, de Vuelvo al Sur, acercó a elDiarioAR un comunicado consensuado por el sector, que proclama, respecto de esta derogación, que “ninguno de los actores relevantes de la cadena –autores, editores, distribuidores, libreros, promotores de la lectura– lo ha solicitado, ni ahora ni antes. No hay un mercado cautivo esperando ser liberado”.
“El Estado no fija el precio de ningún libro. Lo fija el editor o el importador, en ejercicio de su autonomía, y la ley solo garantiza que ese precio se respete de manera uniforme en toda la cadena minorista. No es un precio administrado ni una planificación cultural: es una regla que impide que el libro se use como ”producto gancho“ para capturar el mercado. Es, además, la regla que rige en Francia, Alemania, España, Italia, Portugal, Japón y Corea del Sur”, aseveró.
CC/MG

El director Hlynur Palmason, de quien se estrenó localmente en 2025 la extraordinaria “Godland”, nos ofrece ahora la tierna, elegíaca y también divertida “El amor que permanece”, sobre el primer año de la separación de una pareja con tres hijos.
Parafraseando a Víctor Hugo –el inmenso escritor francés, claro está– en el canto IV de su colección de poemas Las voces interiores (“deja al tiempo, ese gran escultor, que haga su trabajo en todas las estatuas”), que fuera retomado por Marguerite Yourcenar para titular su conocido libro de ensayos, podría decirse que el film islandés El amor que permanece, asume el tiempo y las estaciones como incesantes escultores que van modificando a su paso la naturaleza y las artes, las personas y sus vínculos.
Hlynur Palmason (1984), director de este reciente estreno, ha declarado que muy especialmente tomó conciencia de la velocidad y la acción del tiempo cuando, durante año y medio, filmó el corto de 22 minutos que llamó Nido (Hreidour). Lo hizo siguiendo a sus dos hijos pequeños que, junto con la hermana mayor, construían una casita sobre el tronco de un árbol, justo enfrente de la casa donde vivían, en plena pandemia. Esta breve cinta, muy premiada en festivales de cine, se presentó en 2022.
Al detenerse a observar mes a mes el crecimiento y la evolución de los chicos, el cineasta percibió netamente la necesidad de capturar el tiempo antes de que se escurriera: “Tomé fuerte conciencia de su valor y de la forma en que lo utilizábamos. También reflexioné sobre las distintas expresiones de la belleza en la vida cotidiana que, a menudo, pasamos de largo sin apreciar debidamente”.
Gracias al alto filtro de calidad de la distribuidora Zeta Films –que ahora estrena El amor…–, el año pasado tuvimos la buena fortuna de poder ver en salas la magnífica épica mística Godland, reseñada por elDiarioAR. Aparte del corto Nido, hay otras dos películas anteriores (Winter Brothers, 2017; White, White Day, 2019) de este realizador que asimismo es artista plástico y sobresaliente fotógrafo, cuya creatividad lo lleva a desdoblarse casi de continuo: por ejemplo, a la par de dar a conocer en Cannes El amor…, publicó el libro gráfico El lamento del caballo, con tomas hechas a lo largo de tres años del cadáver de un animal en descomposición, imágenes que antes aplicó a Godland, previa exposición en el Museo de Arte Fotográfico de Reikiavik.
Según Palmason, El lamento… es un salmo visual de duelo, una especie de homenaje al caballo islandés, parte integral de la cultura del país, amigo de sus habitantes y trabajador incansable. Asimismo, esta serie de 80 fotos se propone “como una meditación sobre lo humano y lo natural, sobre los diferentes matices del clima y las emociones que aparecen y cambian de una estación a otra. Y también sobre la luz y la oscuridad, la suavidad y la dureza, la belleza y la fealdad que dan forma tanto a la naturaleza como a las personas”.
Todas consideraciones que pueden valer para intentar un comentario sobre El amor que permanece, una cinta que tuvo un rodaje paralelo: algo así como el desprendimiento de una de las historias de este film, referida al paso de las estaciones, a los juegos de los niños que suelen sublimar la violencia. Y que, en el film simultáneo –Juana de Arco– llega a proponer que un espantapájaros que va tomando formas alusivas a un guerrero medieval, con su casco y su armadura, transicione hacia esa muchacha campesina de Orleans que, a fines del siglo XV -sin educación, sin formación militar- condujera exitosamente el ejército para defender a Francia frente a la dominación inglesa, antes de cumplir los 20. Y que, hecha prisionera bajo las acusaciones de brujería, herejía y de vestirse de varón, después de un juicio donde no se logró doblegarla en sus convicciones, fue quemada viva a los 19 por la misma Iglesia que siglos después, ¡en 1920! dispuso canonizarla. Una santa que iluminó a cineastas de la talla de Dreyer y Bresson, dos creadores que Palmason cita dentro de la lista sus influencias. Amén de Cassavetes, Bergman y compañía.
“Nos conocemos, nos reconocemos,/ nos separamos, nos reencontramos,/ nos entusiasmamos y nos separamos./ Cada uno por su lado,/ se debate en el torbellino de la vida”, entonaba deliciosamente Jeanne Moreau en Jules et Jim (1962), la pieza maestra de Truffaut. Un tema que le había dedicado Serge Ravezni a la notable actriz y cineasta.
Ese torbellino de la vida que caza al vuelo Hlynur Palmason en El amor… de manera fragmentada, mediante planos fijos en ocasiones muy breves, moviendo apenas la cámara cuando la intuición se lo pide, para dar cuenta del primer año del proceso de separación de una pareja con tres hijos. Nunca se despeja la causa ni –mucho menos– se señala un responsable de esa decisión. Pero se puede inferir que Magnus, el marido, ha pasado –sigue pasando– largo tiempo lejos de su familia en temporada de pesca a bordo de un barco, tendiendo grandes redes, mientras que Anna, esposa y madre, ha quedado a cargo de sus chicos en el pueblito rural donde viven, con lindísimos paisajes, sí, pero escasa vecindad humana.
A la vez, ella, además, consagrada a su arte sobre grandes lienzos blancos donde, recurriendo a placas de metal, deja trabajar al oxido que provoca herrumbre y a la tierra, al aire libre. Porque su taller debió ser desmontado a su pesar. Un hecho al que se alude en las primerísimas imágenes del film, cuando vemos desde el interior un techo a dos aguas –de un gran galpón vacío– que es levantado por una grúa. Impresionante el efecto visual que -poniendo de manifiesto el habitual estilo reciclador de Palmason- corresponde al registro que hizo el cineasta cuando en 2017 no tuvo otra que levantar su estudio de cine y artes visuales. Y entonces, con esa actitud de no dejar que nada se pierda, que todo se transforme y cobre significado si advierte un indicio de belleza, ese techo que es arrancado –además de referir a la pérdida del taller de Anna– acaso aluda a la fractura familiar que inevitablemente ha expulsado a Magnus del hogar, donde ahora es apenas un visitante entre una primavera y otra.
De vuelta en el territorio de la canción francesa, sigamos con otra que nos lleva al otoño de la nostalgia: Las hojas muertas, letra de Jacques Prévert elevada por Yves Montand, que merece ser citada en su idioma original: “Mais la vie sépare/ ceux qui s’aiment/ tout doucemente, sans faire de bruit/ et la mer efface sur la sable/ les pas des amants desunis”. La misma estación donde caen las hojas de los árboles es asociada a otro hitazo entrañable, este interpretado por Charles Trenet, ideal para gente añoradora: Que reste-t-il de nos amours. Probablemente, ya lo saben de memoria muchos/as de ustedes: “¿Qué queda de esos días hermosos…? Besos robados, sueños fugaces… Felicidad que se marchitó… Qué queda de los mensajes tiernos del mes de abril, decímelo”. Por cierto, estos melancólicos temas no suenan en El amor que permanece (o que nos queda) donde, con esa economía certera, sin subrayados, que lo caracteriza, el director apela al piano discreto, un telón de fondo hecho de melodías jazzeadas con aire de improvisación, del músico inglés Harry Hunt, sugiriendo parentescos con Satie, con Bill Evans.
Aunque colectó aquí y allá algunos subsidios públicos (de los Institutos de Cine Danés y Sueco, del Centro de Cine de Islandia), Hlynur Palmason se supo arreglar con lo propio que tenía: su viejo y amplio coche, su perra, sus gallinas, su casa… Y desde luego, con sus hijos Grimur y Borgils, de 10, 11 años, y con su hija adolescente Ida, que ya había participado en dos de sus films anteriores. Obviamente, también contó con tremendos paisajes gratuitos naturales en tierra y mar.
Con su infalible ojo de artista, resulta conmovedor advertir cómo les da lugar y tiempo y un respeto embellecedor, equiparándolos, a un glaciar imponente y a una verde plantita, a unos peces rodando vistos de una ventanilla del barco y a las gallinas de corral, a los carnosos hongos que se deshacen en una mano y al baño de la increíble perra Panda, que parece comprenderlo todo con su fino instinto… O tal vez es el mismo director que le transmite su mirada atenta y compasiva, por ejemplo, sobre Magnus y esa especie de orfandad desubicada en la que ha quedado. En tanto que Anna se mantiene firme en poner cierta distancia, en no alimentar las inequívocas ilusiones de él.
Los chicos, por su lado, juegan y discurren en diálogos frescos que se vuelven desopilantes cuando se refieren a la moral sexual que practican las gallinas. Ida, la jovencita con algunas cosas claras pasea en su nueva yegua y discute de igual a igual con su padre respecto de los derechos del gallo que Magnus mató porque molestaba a Anna. En verdad, el único villano en esta cinta es el insufrible galerista parlanchín que viene de Suecia a ver la obra de la mujer y no es capaz de intercambiar con ella, de darle una opinión concreta y, lo peor, le roba un huevo a una oca que estaba empollando. Pero, tranquis, que habrá justicia poética para él.
Con la libertad del creador desprejuiciado que es, Palmason se codea con el género fantástico, ya en la onda onírica pesadillesca donde no ofrece el alivio de un despertar, ya con un homenaje al gran Jack Arnold y su Monstruo de la Laguna Negra, que solo quiere que lo amen.
No sabemos qué pasará con esta pareja en crisis en el futuro, pero tenemos la convicción de que los dos hijos y la hija no sufrirán ningún estrés postraumático merced a la franqueza, el cariño y la consideración con que son tratados. Empero, a Anna y a Magnus podríamos desearles que reparen sus heridas en la senda del kintsugi, el arte japonés de evidenciar las grietas en los objetos bonitos uniéndolas con oro, poniendo en valor la belleza que existe en la imperfección y lo efímero, asumiendo con nobleza las pruebas de la vida.
Este excelente film subsidiado por entes públicos de países democráticos que funcionan muy bien en todos los planos con estado presente fue candidato oficial de Islandia para el Oscar a mejor Film 2026.
El amor que permanece se presenta en las salas: Cinépolis Recoleta, Atlas de Patio Bullrich, Lorca, Cacodelphia, Showcase Belgrano, Showcase Nortcenter.

En medio de tantos comentarios en contra de Argentina, los treinta y nueve días de tregua que vivimos desde el primero al último de los días del Mundial fueron eso: una celebración de la amistad y del valor que le dan algunos pueblos como este al placer de soñar despiertos.
La novedad permanente
Vivo en un país que tiene la belleza y la desgracia del que hace lo que puede. Como si las reglas, los compromisos, las obligaciones y todo el paquete completo del deber ser fueran cosas de otros. Acá, en esta tierra larga al sur del Sur, las cosas las hacemos como nos salen y cuando podemos: somos una masa viva e inabarcable de millones de hombres y mujeres que pelean cada uno por sus propias cosas y con sus propias armas, y que muy de vez en cuando, escuchan al mismo tiempo el eco de algo que les sacude las emociones y los pone a mirar para el mismo lado. Y eso pasa, únicamente, si nos convoca la ilusión o si nos golpea la puerta la desgracia. El resto de los días —los grises, los de siempre, los parecidos, la mayoría— nos olvidamos de nosotros mismos y vamos de un lado a otro atomizados, boyando por la existencia, sin tener del todo claro qué tenemos en común con aquel que camina por la vereda de enfrente o con el que nos saluda desde más lejos.
Pero resulta que ahora el resto del planeta, Mundial mediante, quiere contarnos a nosotros mismos cuáles son las cosas que sabemos hacer bien y cuáles las que hacemos mal. Y cada vez que nos traen la cuenta, el saldo nos da negativo.
Que no sabemos perder.
Que somos tramposos.
Que somos ordinarios.
Que somos racistas.
Que nuestro país es el peor del planeta…
La lista sigue. El “ruido de las redes” o la inocencia de un tuit marcando la agenda de la vida real. ¿En qué momento nos olvidamos que lo pasa en las pantallas no es la realidad? Lo habíamos aprendido bastante bien a inicios del siglo con la televisión y con el cine, pero pareciera que no pudimos hacer el clic con las redes sociales, y todo lo que ocurre únicamente dentro del teléfono empieza a echar raíces en la vida real. Y entonces, sí, hay que salir a defender la bandera de nuestro pueblo contra un enemigo que nació inofensivo pero que automáticamente deja de serlo apenas trasciende el algoritmo y se instala en la discusión política, en la organización de los pueblos y en la felicidad y el sentido colectivo de la sociedad.
“Vivo en un país que tiene la belleza y la desgracia del que hace lo que puede”, decía al principio de este texto. Esa frase, quizás con alguna palabra cambiada, se la robé Pupi Soldi, mi primer amigo muerto. Yo tenía quince y el cincuenta, y nos cruzábamos todas las tardes en el club donde aprendí a fumar, a jugar a las cartas por plata, a hacer carambolas en el billar o mentir una falta envido para ver si podía ganar el partido. Él tomaba ginebra y recitaba verdades que nunca eran ciertas, pero como pasa con todo lo que está mal, algo de verdad arrastraba. “Cuidate siempre del que te señala, eh —repetía Pupi mientras se le deshilachaba el hígado, el páncreas y el tiempo— y cuidá siempre a los tuyos”. Yo escuchaba inocente y él repetía como si fuera un mantra. “Los hijos de puta están por todos lados; pero estos son nuestros hijos de puta. Y si vienen de otro club a hablar mal de los nuestros, primero los vamos a defender”. No entendía del todo qué decía, pero por las dudas lo memorizaba.
Ahora estoy más cerca de la edad de Pupi y entiendo un poco más. Fue en este país y no en otro a donde llegaron miles de barcos plagados de gente que se escapaba de las guerras y del hambre en busca de una vida en colores, de un abrigo a la existencia y de un refugio ante la tragedia. Y fuimos nosotros, este pueblo tantas veces sometido a la necesidad de ser explicado, los que les abrimos las puertas a todos los que llegaban. Fue acá, en esta tierra, donde hicimos de la amistad un culto por sobre todas las cosas. “Un amigo es uno mismo con otro cuero”, dijo alguna vez Atahualpa Yupanqui citando a un paisano suyo. Porque acá, en este país en donde casi todas las cosas nos salen mal, nos llegan tarde o nos cuestan más, nos gusta creer que a veces podemos ser felices porque sí, sin más. Por cosas que no importan, por cosas que no sirven.
Ahora, que parece que nos portamos peor que nunca, que caímos en la aberración de haberle mostrado al mundo los dientes de nuestras carcajadas rotas de alegría durante el Mundial, somos arrogantes, irrespetuosos, soberbios y no sé cuántas cosas más. El único goce permitido, parece, es y será siempre el de los dueños del mundo; el resto, debemos medir nuestra alegría.
Los treinta y nueve días de tregua que vivimos desde el primero al último de los días del Mundial fueron eso: una celebración de la amistad y del valor que le dan algunos pueblos como este al placer de soñar despiertos, creyendo que puede que todavía quede algo mágico e inexplicable que nos invite a abrazarnos con los nuestros, aunque sea solo por un rato. Y como pasa siempre que el roto se ríe, alguien lo juzga, subido al pedestal de una supuesta moral nacida en su propio ADN. ¿Quiénes somos nosotros para venir a estar felices? ¿A propósito de qué vamos a alegrarnos? ¿Cómo nos damos el lujo de mirarnos las caras y estar contentos? ¿Qué festejamos?
La contracara de la felicidad es —y ha sido y siempre será— motivo de bronca de alguien. Dos caras de una misma moneda que nunca es nuestra: no somos dignos de sentirnos felices; no estamos habilitados para morirnos de la risa y saltar bajo la lluvia, el frío, el hambre o cualquier otra desgracia que nos pase cerca.
Pero nosotros sabemos caminar con eso sobre nuestras espaldas. Festejamos, entonces, también eso: saber que podemos ser felices cuando queramos. Que si de repente se nos antoja vamos a emborracharnos de felicidad y festejaremos las veces que queramos, sin tener que pedirle permiso a nadie. Y que en medio de la fiesta, si uno se cae otro lo va a levantar. Porque la felicidad existe cuando nos reímos todos. A veces nos olvidamos, sí. Pero no existen días más felices para esta patria que los que nos damos cuenta de quiénes somos y cuán felices podemos ser, incluso por cosas que no sirven para nada.
NM/MG

El episodio especial, dedicado a "La Odisea", contará con la participación de Buji, Gino Cingolani, Malena Rey y Pablo Pryluka. Será el miércoles 29 de julio, a las 20 en Casa Brandon con entrada libre y gratuita.
Episodios anteriores
El podcast de elDiarioAR, Algo Prestado, grabará un episodio especial edición invierno el próximo miércoles 29 de julio a las 20:00. Tamara Tenenbaum, Buji, Gino Cingolani, Malena Rey y Pablo Pryluka dialogarán en vivo con presencia del público sobre “La Odisea”, con la excusa de la nueva película de Christopher Nolan.
Será en Casa Brandon (Luis María Drago 236) con entrada libre y gratuita por orden de llegada.
Algo Prestado es un podcast de elDiarioAR realizado por Tamara Tenenbaum, junto a un invitado cada semana. Está alojado en Spotify, plataforma líder para la publicación de podcast, y también en otras aplicaciones de streaming.