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Un informe advierte que la actividad entre mayores de 66 años aumentó 12% interanual, mientras retrocede la inserción de jóvenes. Más de 6 millones de personas trabajan en condiciones precarias y los jubilados encabezan ese deterioro.
El mercado laboral argentino está funcionando al revés, según especialistas. Mientras cae la participación de jóvenes, crecen los adultos mayores que recurren al trabajo precario para subsistir, luego del retiro. Paradójicamente, el descanso llega al comienzo, en el momento de mayor capacidad productiva, mientras que el deslome se produce sobre todo al final, en el ocaso de la vida.
“Estamos hablando de personas trabajando en condiciones precarias en sus últimos años, teniendo en cuenta que los hombres en los barrios populares viven 11 años menos que el promedio de Argentina, por los trabajos manuales”, advierte Candelaria Rueda, socióloga e investigadora, a cargo del último informe del Instituto Argentina Grande que da cuenta de esta tendencia en el mercado laboral.
“40 años trabajando en gastronomía y empresas de limpieza”, cuenta Mirta, una señora de 75 anos, sentada en un banco de Parque Lezama, frente a una olla popular. “Me la pasé cocinando y limpiando oficinas, y ahora tengo que cuidar a un hombre y venir a buscar la comida acá, ¿a vos te parece?”, dice la mujer que cuida a un hombre senil, seis horas diarias y recibe viandas de ollas populares y parroquias.
“Yo soy la que está entrando a una edad para que la cuiden y tengo que cocinarle y limpiarle a un hombre mayor para subsistir, y encima no me alcanza”, lamenta.
De acuerdo con el último informe del Instituto Argentina Grande (IAG), la tasa de actividad de mayores de 66 años creció un 12% en el último año, al tiempo que se redujo la inserción laboral juvenil. “Lo esperable sería que los jóvenes se incorporen al trabajo y los jubilados tengan ingresos suficientes vivir, pero está sucediendo exactamente al revés”, señala Rueda.
El crecimiento del trabajo en edades avanzadas se da, además, en condiciones mayormente informales. Según el relevamiento –basado en microdatos de la Encuesta Permanente de Hogares– la desprotección laboral entre jubilados aumentó de manera significativa entre fines de 2023 y 2025: un 39,7% en varones y un 34,4% en mujeres.
En la actualidad, los adultos mayores presentan la tasa de desprotección más alta de todo el mercado laboral, que llega a un pico histórico del 44,9% de los ocupados sin aportes ni estabilidad. En total, más de 6 millones de trabajadores se encuentran en esa situación.
“Trabajé más de tres décadas como chofer, y ahora tengo que pedir ayuda en la calle”, cuenta Julio Romero, jubilado de 79 años, frente a la Estación Constitución. “Vivo en una pensión y hago changas de carpintería y jardinería, pero por semana me sale una o dos, con suerte”, dice. Atraviesa, además, un tratamiento oncológico.
Esta semana el gobierno nacional oficializó, mediante el Decreto 292/2026, el bono de $70.000 para jubilados, sin actualizaciones desde marzo del 2024 y con una perdida de un 53,8% de su poder adquisitivo. Según un informe de Chequeado.com, para mantener su valor real debería ubicarse por encima de los $150.000. Aún con ese refuerzo, la jubilación mínima se encuentra un 9,4% por debajo de su nivel real de noviembre de 2023. Es otra de las razones que explican el crecimiento de la actividad laboral en la tercera edad.
“Sturzenegger celebró el crecimiento de la actividad poblacional, pero es básicamente de jubilados. El bono está congelado y los aumentos de tarifas, servicios y medicamentos están por encima de la inflación, rubros con peso particular en la canasta de ese grupo”, sostuvo Rueda.
En paralelo, la situación de los jóvenes muestra otro tipo de deterioro. El desempleo entre personas de 18 a 26 años alcanzó el 18,1%, frente al 14,9% de 2023. Pero el dato más relevante es la caída en la tasa de actividad: hay menos jóvenes buscando trabajo. “No es que mejoraron sus condiciones, sino que dejaron de buscar”, señala Rueda.
Daniel Díaz, de 19 años, estudiante de diseño gráfico en la Universidad de Lanús, lleva meses sin conseguir empleo. Rechazó recientemente una oferta en una concesionaria de Lomas de Zamora con jornadas de 12 horas por un salario de $400.000. “Prefiero seguir estudiando a que se me vaya la vida en un trabajo esclavo, mis amigos están igual”, explicó. “Por ahora vivo con mis viejos”.
Mientras muchos jubilados son sostén económico del hogar y no pueden rechazar ingresos, los jóvenes –en general sin personas a cargo– tienen mayor margen para descartar empleos precarios. “La mayoría de los jubilados son jefes de hogar y no pueden darse el lujo de rechazar changas. Los jóvenes en general son trabajadores complementarios del hogar. Pueden decir que no a propuestas vergonzosas”, indica Rueda.
Otro informe de IAG vincula estos cambios con la política económica. En 2024, el gasto público cayó seis puntos del PBI, la mayor contracción desde 2002. De ese total, 3,3 puntos correspondieron al gasto social, con recortes en áreas como educación, asistencia social y previsión.
“El ajuste golpea en dos dimensiones”, explica el economista Hernán Herrera . “A nivel productivo, por el deterioro de la infraestructura. A nivel familiar, el ingreso disponible después de pagar servicios es mucho menor. Quienes consiguen más horas de trabajo pierden descanso. Quienes no las consiguen, pierden mucho más.”
A eso se suma lo que el gobierno presenta como logro: el superávit fiscal. “El superávit no es real”, dice Herrera. “Se ven obligados a ajustar todos los meses para lograrlo. No se puede hablar de estabilidad macroeconómica en ese sentido.”
“A la destrucción de empleo –agrega el profesional – se le suma la caída de subsidios que disparó las tarifas y la baja del 60% en las transferencias a las provincias del norte”.
En este contexto, el crecimiento económico ocurre sólo en los sectores concentrados de baja generación de empleo (exportaciones de minería y agro). En contraste, sectores como la industria y el comercio muestran retrocesos.
“La Argentina puede crear trabajos de calidad pero requiere promover cadenas de valor regionales, enlazando los servicios del conocimiento con los sectores productivos y con una planificación estatal”, analiza el economista.
“Yo nunca pensé que iba a tener que seguir cocinando y limpiando en la última etapa de mi vida”, dice Mirta, sentada a la noche con una vianda en Parque Lezama. “Ya no tomo ningún medicamento, y espero todas las semanas a que me salga alguna changa”, agrega Julio. Son dos septuagenarios que no pueden salir del mercado laboral. “Voy a seguir esperando un trabajo, porque no me sirve de nada tirar a la basura mi formación por 400 lucas”, comenta Daniel, un veinteañero que no puede entrar al mundo laboral.
LN/MG

Se reunieron 1.600 delegados de todo el país en Buenos Aires. Se presenta como una alternativa combativa frente a la CGT.
El primer plenario del Frente de Sindicatos Unidos (FreSU), con más de 1.6000 delegados, resolvió esta tarde, en el Día Internacional de las y los Trabajadores, “seguir dando pelea en las calles y en todos los espacios que sea necesario para defender el conjunto de las y los trabajadores”, reivindicó el derecho a huelga como “herramienta esencial” para defender los derechos laborales y definió que “el salario digno y la distribución de la riqueza” son el primer punto del Programa Unidad, Lucha y Rebeldía para Recuperar la Patria. “Reivindicamos el derecho al trabajo y a un salario mínimo vital y móvil según su definición en el Artículo 14 bis de la Constitución Nacional y el Artículo 116 de la Ley de Contrato de Trabajo, esto es, que asegure a los trabajadores en su jornada legal de trabajo una vida digna, mediante la satisfacción de las 9 necesidades allí contempladas: alimentación adecuada, vivienda digna, educación, vestuario, asistencia sanitaria, transporte, esparcimiento, vacaciones y previsión”, señalaron en el programa, que fue votado a mano alzada durante el acto de cierre, y precisaron que el valor de ese salario debería ser $2,8 millones para un trabajador sin cargas de familia. En la actualidad es de $357.000.
Al cierre del Plenario, el secretario general de la Unión Obrera Metalúgica (UOM), Abel Furlán, afirmó: “Nunca más de aquí hacia el futuro, las y los trabajadores vamos a andar en tinieblas. Tenemos claro el programa, tenemos claro que es lo que tenemos que defender para nosotros, para nuestras familias y para nuestra patria”. “Mientras el Gobierno y los empresarios se reúnen en el Hotel Llao Llao para entregar el país, nosotros nos reunimos en esta contracumbre para defender la soberanía y a los trabajadores”, se refirió a la cita de hombres de negocios con el ministro de Economía, Luis Caputo. Incluso Furlán definió la reunión porteña del FreSU como “contracumbre” del Foro Llao Llao.
“Vamos a recorrer distintas provincias para fundar el FreSU en todo el país para que los trabajadores tengan un lugar donde expresarse”, prometió el metalúrgico. “Eso nos va a permitir empezar a construir ese camino que necesitamos para desembocar en un plan de lucha y en una huelga para decir basta, porque los trabajadores somos los que generamos la riqueza de nuestro país”, agregó Furlán.
El secretario general de la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE), Rodolfo Aguiar, dijo que “hay una sola manera de derrotar la reforma laboral, de enterrarla para siempre, es no cumpliéndola en los lugares de trabajo”. “Llamemos a la desobediencia: que nadie pida permiso para hacer una asamblea. Le avisamos al Gobierno y a los patrones, pero sobre todo a las y los trabajadores: hoy iniciamos el camino por la recuperación salarial y no vamos a parar hasta que no nos devuelvan hasta el último peso que nos quitaron.”
El secretario general de la Federación Aceitera y Desmotadora, Daniel Yofra, señaló: “Los compañeros vinieron a buscar una respuesta a la problemática que hoy tiene el movimiento obrero y se la van a llevar: este frente sindical se constituyó y se sigue fortaleciendo pensando en la lucha. Luchar contra este gobierno, contra las patronales y contra la burocracia sindical que nos quiera venir a frenar”. Así fue que apuntó contra la CGT, que por ahora ha basado su estrategia contra la flexibilización laboral en recursos judiciales. Yofra llamó a “prender fuego el país con huelgas” para conseguir mejorar la calidad de vida de los trabajadores.
Del acto de cierre participó también el secretario general de La Fraternidad, Omar Maturano, que recibió la solidaridad del FreSU ante la sanción impuesta por la Secretaría de Trabajo contra el sindicato de maquinistas ferroviarios. “La multa millonaria aplicada por ejercer el derecho de huelga no es una medida administrativa: es un acto de persecución y disciplinamiento contra todo el movimiento obrero. El Gobierno pretende castigar a quienes paran, organizan y reclaman. Pretende instalar el miedo como límite a la acción sindical. No lo vamos a aceptar”, subrayó el FreSU en un comunicado. La multa ocurrió la misma semana en que la revista Noticias reveló que el patrimonio de Maturano creció con propiedades en el exterior, casas, departamentos y autos de alta gama, todos registrados a nombre de su esposa, Fernanda Selva.
“Convocamos a fortalecer la unidad, ampliar el FreSU, multiplicar la organización desde los lugares de trabajo y construir un plan de acción sostenido. Reivindicamos el derecho a la protesta, la huelga y todas las formas legítimas de lucha colectiva como herramientas esenciales para defender al pueblo trabajador”, afirmaron los delegados en el programa. “Reafirmamos una convicción histórica: los sindicatos no somos un obstáculo para salir de la crisis. Somos, en cambio, una herramienta de defensa colectiva, de organización democrática y de transformación social”, subrayó el FreSU en la introducción del programa de este frente conformado por más de 140 organizaciones de las tres centrales obreras entre las que se encuentran UOM, ATE, la Federación Aceitera y Desmotadora, los Aeronáuticos de Pablo Biró, Docentes Universitarios, los Encargados de Edificios de Víctor Santa María, Portuarios, Papeleros, Molineros, Gráficos, Metrodelegados, Curtidores, Visitadores médicos y la Asociación de Personal Jerárquico del Gas. El FreSU también tiene diálogo con otros gremios como el Sindicato de Prensa de Buenos Aires, que viene reclamando por los bajos salarios de todos y cada uno de los diarios.
Precisamente, el pasado lunes se celebró una asamblea de toda la prensa escrita reunida en Sipreba.“ Nuevamente, la aceleración de la inflación del primer trimestre de 2026 de casi el 10%, y que volverá a ser alta en abril, degradó la capacidad de compra de nuestros ingresos”, se advirtió. “Y todas las empresas, grandes, medianas o chicas, incluso los medios que son líderes en lectores, siguen sin dar respuestas acordes al momento que nos toca vivir. Por resolución del plenario, se definió realizar con asambleas, reuniones por sectores y recorridas para hacer escuchar nuestro reclamo salarial y que los medios del sector se dispongan a subir las escalas salariales y atender a la deuda histórica que afrontan con periodistas y trabajadores/as de prensa”, se promovió. El salario básico neto de convenio es de $586.000, algunos diarios lo pagan y otros tampoco superan el $1 millón, menos que $1.100.000 de la paritaria con más empleados, la de comercio.
AR

En este episodio Tamara y Gino Cingolani conversan sobre el disco preferido de Gino de la década del 60, el dueño de Palantir, un club exclusivo de críticos culinarios y un libro de Sheila Heti.
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Algo Prestado es un podcast de elDiarioAR realizado por Tamara Tenenbaum, junto a un invitado cada semana. Está alojado en Spotify, plataforma líder para la publicación de podcast, y también en otras aplicaciones de streaming.

Haber estado presente en el big bang es algo extraordinario. Haberlo hecho más de una vez es casi imposible. Salvo que se trate de ese trompetista que hizo del vibrato una cuestión moral; del que encontró cómo tocar el silencio; del que convirtió en estética el sonido velado y la alteración de la afinación de una nota; del que amó a Juliette Greco y musicalizó el film más negro de todos los tiempos. De Miles Davis, el que nació hace un siglo.
Elwood Buchanan era el solista de trompeta en la Sinfónica de St. Louis. Y tocaba en una big band, la de Andy Kirk. En los finales de la década de 1930 y los comienzos de la siguiente enseñó música en la Lincoln High School y allí tuvo un alumno que, como cualquier joven que tocara trompeta y tuviera algo de talento, quería parecerse a Louis Armstrong. Buchanan prefería a otros, principalmente Bobby Hackett y Harold “Shorty” Baker. Estilistas e introspectivos. Y dicen que le dijo al alumno, en referencia a su vibrato exagerado: “No sacudas así el sonido; ya lo vas a sacudir sin darte cuenta cuando seas viejo”. Según reconoció Miles Davis en su autobiografía, eso le cambió la vida. “Fue mi influencia más grande”, escribió. “Sin duda, él fue quien me mostró el camino”. Ese es un principio posible. Hay, por supuesto, miles. Tantos como Miles, ese que fundó el jazz varias veces. Ese que nació hace 100 años, el 26 de mayo de 1926.
Una de las grandes fundaciones del jazz moderno fue el grupo del saxofonista Charlie Parker, a mediados de los ’40. Allí estuvo Davis. Y, por añadidura, su primera grabación con ese grupo, en noviembre de 1945 y cuando aún no había cumplido 20 años, alcanza para refutar por completo una de esas supuestas verdades que alguien creyó haber escuchado de algún otro, que luego se repiten, y se transforman, y vaya a saberse cómo acaban terminando en vaya a saberse qué. Ese lugar común de cierto sentido común que asegura que Miles Davis fue un notable organizador y aglutinador de voluntades musicales, pero no un gran trompetista. Que ese lugar lo tenía Dizzy Gillespie.
Pero resulta que en ese grupo, que en el registro de “Billie’s Bounce” aparece como Charlie Parker’s Reboppers, el trompetista era Gillespie. Y qué él decidió tocar allí el piano para cederle la trompeta a ese recién llegado de 19 años. ¿Qué llevó al gran virtuoso del Be-Bop a esa decisión? ¿Qué fue lo que escuchó ese dios del instrumento en ese principiante que frenaba permanentemente su impulso, que tocaba con un sonido que no respetaba la convención acerca de la belleza, que bajaba la afinación al final de cada frase y que parecía deleitarse más en los grises, en las veladuras y en la sugerencia de lo no tocado que en la afimación y las certezas? Precisamente eso. Davis, en su primera grabación importante (hay una anterior en algunos meses con la olvidada Herbie Fields' Band) y con un grupo de estrellas, ya tenía su firma.
Miles Davis casi no tenía voz. La había perdido por gritar en una discusión. Lo acababan de operar para extraerle pólipos de la garganta. Era 1955, debía permanecer callado, gritó y dañó para siempre sus cuerdas vocales. Un año antes había grabado, con Horace Silver en piano, Percy Heath en contrabajo y Art Blakey en batería. “It Never Entered My Mind”, una bellísima canción proveniente de una vieja comedia musical de Richard Rodgers y Lorenz Hart, Higher and Higher, estrenada en 1940. En esa pieza, con ese piano de furiosa delicadeza y modelando cada nota invariablemente hacia el grave, moviéndola de la afinación temperada y manteniéndose al borde del silencio y, claro, sin vibrato, Miles Davis encontró el sonido de lo no dicho.
Jean-Luc Godard deslizó la frase “los travellings son una cuestión moral” en un debate sobre Hiroshima, mon amour –la película de Alain Resnais con guion de Marguerite Duras– publicado por la revista Cahiers de Cinema en su número 97, de julio de 1959. Podría pensarse, parafraseando a Godard, que, para Miles Davis, el vibrato era una cuestión moral. Que nada del sonido estaba pre fijado, ni por la técnica ni por la costumbre. Que, en el sonido, todo debía obedecer a una decisión.
En el París de Godard y Cahiers de Cinema, Louis Malle filmó, en 1957, Ascensor al cadalso (Ascenseur pour l’echafaud): un asesinato perfectamente imperfecto, un hombre encerrado en un ascensor y un grupo de jazz –Miles, el gran saxofonista Barney Wilen, René Utreger, Pierre Michelot y Kenny Clarke– que improvisó la música del film mientras lo miraba en una pantalla colocada contra una pared del estudio de grabación. Y una actriz, Jeanne Moreau, que bromeó con la trompeta de Miles. Y una cantante llamada Juliette Greco con quien, en la vida real, el trompetista vivió un romance de film noir.
Esa otra clase de blues que anida, se expande y prolifera en Kind of Blue, ese disco grabado entre 1958 y 1959, crea la gramática con la que se articulará todo el jazz futuro. Tanto los que la sigan literalmente como los que la mixturen con el hard bop o se sitúen voluntariamente a un costado, no tendrán más remedio que tenerla en cuenta. Y, los que no, acabarán tomando los caminos personales que siguieron, a posteriori, los aventureros del Kind of Blue –podría haberse tratado del barco de una novela de Joseph Conrad–. Porque, además de Davis, allí estuvieron los otros dos músicos más influyentes de la década siguiente, John Coltrane y Bill Evans.
Por supuesto, ese álbum, lo más consensuado de la historia del jazz junto con las grabaciones de los Hot Five y los Hot Seven de Louis Armstrong, venía de antes, empezando por la relación de Davis y Coltrane, que se remontaba a 1955 y a las históricas grabaciones para Columbia y para Prestige de lo que la historia conoció, con justicia, como el primer gran quinteto de Miles. Pero también venían de antes la progresiva reducción del tema a un motivo; a poco más que un pretexto para la improvisación.
Desde siempre, Davis ya planteaba al tema con variaciones. Y, desde siempre, los desarrollos –y hasta a veces las exposiciones de esos temas– no incluían al conjunto sino a cada uno de los solistas en sucesión. En Kind of Blue los temas ya no son la melodía y la secuencia armónica, variada o no, de una canción preexistente o de alguna creada a imagen y semejanza. Los temas son escuetos puntos de partida. Apenas esbozos. La frase del bajo y los dos acordes de “So What”, los pequeños movimientos ascendentes y descendentes de dos notas, en “Flamenco Sketches”, registrado en abril del 59, que remiten a la “Pieza de la Paz” (“Peace Piece”) que Bill Evans había grabado unos meses antes, en diciembre del 58, y que asoció (para siempre) con “Some Other Time”, la tristísima canción de la comedia On the Town de Leonard Bernstein. Pero, sobre todo, los temas de ese disco desdibujaron definitivamente las fronteras entre tema y solos. Los segundos eran lo primero. Y la improvisación ya no transcurría sobre una base fija de acordes –o su reemplazo por otros– sino a partir de un fluido que creaba su propio ritmo y sus propias armonías, mucho más colorísticas que funcionales. No había melodía y acompañamiento sino una corriente alrededor de una escala y de acordes que, en general, evitaban las relaciones claras de tensión y de reposo. De un modo. Evans, en las notas del disco, lo comparaba con un antiguo arte japonés en el que se dibujaba sobre un papel sumamente delgado en que era imposible interrumpir el trazo y, aún más, borrar o corregir. Allí veía la luz eso que el futuro llamó jazz modal.
Toda la brillante generación –y su estética– que eclosionó en el sello Blue Note a comienzos y mediados de los 60, era hija de Davis y de Kind of Blue. Y el trompetista hizo algo impensado. Se juntó con sus hijos para parir, de nuevo, una nueva música. En mayo de 1963, el pianista Herbie Hancock acababa de cumplir 23 años. Desde 1961 tocaba con Donald Byrd y acababa de grabar con él, en marzo, el disco Vertigo, donde el debutante Tony Williams tocaba la batería. Ese mismo mes grabó, también para Blue Note, My Point of View, un disco publicado bajo el rótulo de Herbie Hancock All Stars. Una de las estrellas era Williams, ese instrumentista deslumbrante, que usaba los dos brazos y las dos piernas de manera independiente, que se asemejaba a un volcán en erupción capaz al mismo tiempo de la delicadeza y las sutilezas más extremas y que, para actuar de noche, necesitaba una autorización escrita de su padre. Hacía tres meses que había cumplido 17 años y desde los 11 estudiaba con Alan Dawson, un gran maestro –por sus manos pasaron estrellas como Vinnie Colaiuta o la notable Terry Lyne Carrington– que, en los 70, sería el baterista del grupo de Dave Brubeck. En abril, Hancock y Williams tocaron juntos en la grabación de Una más (en castellano en el original) de Kenny Dorham. Y el 14 de mayo reemplazaron respectivamente a Victor Feldman y Frank Butler en el registro de “Seven Steps to Heaven”, “So Near, So Far” y “Joshua”, ya como miembros del quinteto de Miles Davis. El contrabajista Ron Carter era algo mayor, tenía 26 años y ya una importante carrera que incluía haber tocado con Eric Dolphy, con Randy Weston y con Cannonball Adderley –uno de los marineros del Kind of Blue–, cuando fue convocado para tocar con Miles a fines de mayo del 63. Durante todo ese año el saxofonista fue George Coleman y, a comienzos de 64, durante una gira por japón y Europa, lo reemplazó Sam Rivers. Y, hacia fin de ese año entró Wayne Shorter, un veterano de 30 años que ya había tocado con Miles en 1962, que había sido la estrella, junto a Lee Morgan, de los Jazz Messengers de Art Blakey y, tal vez, el único heredero de Coltrane que, a partir de allí, desarrolló un estilo inconfundiblemente propio. Y ese fue el segundo gran quinteto de Davis. Y no solo eso. Fue, sencillamente, uno de los grupos más asombrosos de toda la historia del género.
Y, si el free jazz, atemático, frecuentemente atonal y habitualmente polirrítmico al que arribaron John Coltrane, Eric Dolphy y Ornette Coleman fue el Ying de la modernidad, el quinteto de Davis, Shorter, Hancock, Carter y Williams, con más de un punto en común, sobre todo en el aspecto de la polirritmia, pero con una sintaxis diferente, fue sin duda el Yang. Y. como sucedió con ese Big Bang que parece haberlo iniciado todo, no hay materia que no estuviera presente ya desde el comienzo. En enero, el quinteto grabó su primer disco, un álbum titulado con tres letras, E.S.P (las iniciales de Extra Sensory Perception) que, por su importancia pero, sobre todo, por su belleza, debería considerarse a la par de Kind of Blue. Y, en la semana de navidad, realizó, en un pequeño club de Chicago que funcionaba de día como bar de comidas rápidas y que, vaya a saberse por qué, a Davis le gustaba especialmente, una serie de actuaciones, que a lo largo del año se habían ido postergando a causa de problemas de salud del trompetista. Allí, en el Plugged Nickel, el sello Columbia grabó todas las actuaciones. Fueron editadas recién tres décadas más tarde y en Japón. Luego hubo una publicación en 7 CDs y luego en 8, y, en vinilo, una edición numerada del sello Mosaic, adquirible solo por correo. Ahora, para el centenario de Miles, se ha reeditado el álbum de CDs y la caja con 10 Lps por primera vez está disponible para cualquiera que quiera adquirirla (en Buenos Aires eso es posible en Mintons, la única disquería especializada en jazz, en el fondo de la Galería Apolo, en Corrientes entre Uruguay y Talcahuano.
La música es extraordinaria. Nuevamente un big bang. Toda la materia del mundo en expansión. Desde el comienzo Tony Williams está en el centro del volcán. Desde él se propagan las poderosas olas que alcanzan a cada uno de los otros cuatro y, desde ya, a quien escucha. Como solía suceder en vivo, no hacen el último repertorio grabado en estudio sino el del quinteto anterior: “If I Were a Bell”, “Walkin’”, “’Round Midnight”. Fueron tres sets el 22 de diciembre y cuatro el 23–, el repertorio fue casi el mismo los dos dos días y cada una de esas interpretaciones no podría haber sido sido más diferente de sus versiones anteriores. Y son, por supuesto, muy diferentes entre sí. Pero en todos los casos, los solos muestran una imaginación y una energía asombrosos. Todo eso alrededor del único solo de quien no tiene solos a su cargo, un solo que se extiende durante todos los siete sets de las dos noches y que provee el magma del que se alimenta todo el quinteto: el de Tony Williams.
Miles Davis militó a favor de la negritud, odió a Chet Baker, que lo desplazó, en alguna encuesta de la revista especializada Down Beat, del lugar de “mejor trompetista” porque era “la gran esperanza blanca” y despotricó más de una vez contra los músicos blancos. Dos de ellos, no obstante, tuvieron con él una alienza creativa fructífera y sostenida, los dos Evans: Bill, el pianista de Kind of Blue; Gil, el orquestador de parte del material que Miles grabó entre 1948 y 1949 y que luego se agrupó en The Birth of the Cool, de Miles Ahead (Miles + 19) de 1957, de Porgy & Bess, del año siguiente, de Sketches of Spain (1959), de Miles Davis at Carnegie Hall (1961), de Quiet Nights (1962), de las grabaciones de ese año con un sexteto que incluyó por primera vez a Shorter, y de algunos registros del 68.
En 1968, por otra parte, el trompetista adelantó de golpe algunas otras millas en su recorrido. Tuvo un proyecto, que finalmente no prosperó, de tocar con Jimi Hendrix, reemplazó a Hancock y Carter por Chick Corea y Dave Holland y, más importante, a sus instrumentos, el piano y el contrabajo, por sus versiones eléctricas. Nacía un nuevo retoño, identificado como jazz-rock. Hubo discos como Jack Johnson y Bitches Brew (otro nuevo mojón), actuaciones como las del Fillmore East y la Isla de White y por allí pasaron algunos de los músicos que más dieron que hablar en los años subsiguientes: Joe Zawinul, Keith Jarrett, Hermeto Pascoal, John McLaughlin. Weather Report, con Zawinul y Shorter, Mahavishnu Orchestra, con McLaughlin, Lifetime, de Tony Williams y Return to Forever, de Corea, ampliaron la familia. Y Davis, que abandonó y retomó varias veces, y que reencarnó en el funk de Tutu, de la mano de Marcus Miller, volvió a reinventarse sobre el final y lo hizo con algún otro disco excelente: Decoy (con John Scofield en la guitarra eléctrica) y Amandla, su último opus de estudio, grabado en diciembre 1988. En julio de 1991, dos meses antes de su muerte, hubo otra reencarnación, la de la Orquesta de Gil Evans, dirigida en esta ocasión por Quincy Jones, en la postrera actuación de Miles, en el Festival de Montreaux.
Miles Davis nació hace cien años. Haber sido el creador de una parte esencial del sonido del Siglo XX ya es mucho. Haberlo hecho varias veces es un milagro.
DF/MF

La premio Nobel de Literatura 2024 participará en los Diálogos de Sant Jordi con motivo de la recuperación de su novela publicada en 2010
Poesías perturbadoras y un optimista cuento infantil, el lado más desconocido de la premio Nobel Han Kang
Han Kang (Gwangju, 1970) asegura que escribe con todo el cuerpo, y esa conciencia de la corporeidad se filtra en primera fila en su narrativa. El caso más paradigmático es, sin duda, La vegetariana (2007), una novela de la que pocos serían capaces de describir con precisión la apariencia externa de su protagonista, pero de quien, sin embargo, es sencillo evocar la sensación de angustia creciente que surge desde dentro, desde las entrañas. Y, no menos importante, cómo sus decisiones vitales tienen efectos en el cuerpo, que, lejos de manifestar un control de sí misma, canaliza toda la presión social, toda la violencia.
La violencia (o, mejor, las violencias) es otro elemento clave en la obra de la ganadora del Nobel de Literatura 2024. Una violencia que puede ser de muchos tipos, pero que, incluso cuando va acompañada de agresión física –a menudo ilustrado con la imagen de un animal herido, siempre reviste un calado más hondo, trascendental. La violencia de la sociedad cuando el individuo se atreve a desafiar sus normas, como la protagonista de La vegetariana; la violencia de las guerras, que lastra a sus víctimas directas y lega una herencia de heridas sin cicatrizar a los descendientes, como sucede en Actos humanos (2014) con la masacre de Gwanju de 1980 y en Imposible decir adiós (2021) con la guerra de Corea (1950-1953); o la violencia de los desgarros personales, las pérdidas íntimas como el duelo o la separación, en el caso de La clase de griego (2011) y Blanco (2016).
La violencia surge siempre del ser humano, de esos seres intensamente corpóreos que en las narraciones de Han Kang suelen experimentar, además, una manifestación física que responde a ese daño (amputaciones, mudez, vómitos, fiebre, deterioro general). Hay sangre, también, en sus libros; no es de las que corren un tupido velo ante las escenas más crudas (abusos, mutilaciones, descomposición), sino que se recrea, aunque nunca de manera gratuita. Su último libro traducido al castellano ya lo anuncia desde su título: Tinta y sangre (Random House, 2026, trad. Sunme Yoon), que no es el más reciente, sino que lo publicó en 2010, justo después de La vegetariana.
Más que a La vegetariana, sin embargo, el parecido hay que buscárselo con Imposible decir adiós, que puede leerse como la culminación del planteamiento de Tinta y sangre. En ambos, la protagonista es una escritora de mediana edad de Seúl que apenas revela información de sí misma; una mujer discreta, que casi querría hacerse invisible, hasta que ocurre algo que la fuerza a salir de su rutina. Ese algo tiene que ver con una amiga, una amiga con una vocación artística (la pintura en Tinta y sangre, el cine en Imposible decir adiós), que, parece, ha osado arriesgar más que ella y ha salido trasquilada.

Es entonces, cuando la amiga pierde pie, cuando la voz principal entra en escena, toma las riendas: en Imposible decir adiós, la amiga se hallaba convaleciente y le pedía ayuda; pero, en Tinta y sangre, la amiga ha muerto de manera repentina, y es su negación ante la explicación dada –un supuesto suicidio– lo que hace que la narradora reaccione para tratar de esclarecer las causas del suceso y, como consecuencia, rendir cuentas. Esa búsqueda, no obstante, actúa como un espejo en el que no puede evitar mirarse, y al final son sus propias heridas, las que acalló, las que salen a la luz.
La escritora y la pintora se conocían desde niñas; de hecho, la protagonista conoce más a la joven que fue su amiga en el pasado que a la artista en la que se convirtió. Por eso, sus pasos son titubeantes: se enfrenta a un crítico, un especialista en sus pinturas, que es quien defiende que la muerte fue un suicidio. La protagonista se entrevista con él, visita el taller de su amiga, recuerda la etapa en la que ella también pintaba, cuando aprendían juntas. Su mentor fue el tío de su compañera, un hombre enfermizo y solitario con una pasión por la astrofísica; esas reflexiones sobre el universo se trasladan a la escritura.
Aunque, a primera vista, se podría tener la tentación de calificar la historia como thriller (la editorial utiliza el término, consciente de su valor comercial), no hay que engañarse: la narración de Han Kang, y esto es algo muy bueno, no se amolda a ningún género; es enemiga de la rapidez, de las emociones fuertes programadas; y siempre, siempre, va más allá de lo aparente, se ramifica por recovecos imposibles de adivinar de entrada. Es profunda, compleja, desconcertante. Crece de manera orgánica, como una expansión de la mente de la autora, torturada por las migrañas y enmarañada por los sueños, que con frecuencia salpimientan sus trabajos.
Como la rama de un árbol, la trayectoria de los personajes puede alargarse, robustecerse, enredarse, florecer… o quebrarse. No es una línea recta ni una carrera de obstáculos; se trata, más bien, de un descenso a diferentes ritmos, sobre distintas superficies. Una caída de la que, como en la vida misma, se puede emerger o no. Ese “o no” no significa tanto desaparecer o morir como dejar de avanzar, dejar de progresar en la existencia; ese estado de anclaje perpetuo en el pasado en el que quedan quienes han sobrevivido a un gran trauma o de quienes han sufrido una pérdida irreparable.
Como la rama de un árbol, la trayectoria de los personajes puede alargarse, robustecerse, enredarse, florecer… o quebrarse. No es una línea recta, no es una carrera de obstáculos; se trata, más bien, de un descenso a diferentes ritmos, sobre distintas superficies
En comparación con Imposible decir adiós –que, a todo esto, no es del todo justa, dado que, más allá de los rasgos en común, esta ahonda en la memoria de la guerra, un tema ausente en Tinta y sangre–, esta nueva recuperación es una novela menos penetrante, que adolece quizá de un final un tanto apresurado. Se le pueden atribuir los calificativos habituales a su prosa –desasosegante, hipnótica, dura, de intensidad creciente–; pero lo son, por así decir, en un nivela más suave que en otras ocasiones, aunque un “nivel más suave”, en Han Kang, sigue siendo literatura de alto voltaje, de la que quizá no se llega a entender del todo, envuelta en la nebulosa eterna del misterio de la creación, como aquello de lo que se ocupa: el otro, el arte, el universo y hasta los abismos propios.
Un último elemento recurrente: el uso del color blanco con el contraste de la sangre; el color de la inocencia manchado, corrompido para siempre, como metáfora de la vida, de toda vida. Como el blanco de los pájaros que fascinan a Han Kang o el blanco la nieve; la novela transcurre durante el invierno, en esa Corea del Sur nevada y gélida. Hay algo en la naturaleza de la autora que conjuga a la perfección con ese tiempo de pausa, de hibernación, que representa esta estación. Y con el frío, no como cualidad inherente a su voz narrativa sino como desregulador de la temperatura corporal y emocional de los personajes, de factor que los vuelve (más) vulnerables, los expone.
Siempre es difícil hablar de los libros de Han Kang, lo que también dice mucho a su favor: no se la puede encasillar, su literatura no responde a fórmulas. Ella tampoco se prodiga en explicaciones: no frecuenta el circuito literario, concede pocas entrevistas y carece de redes sociales. Se dedica a lo importante, que es la literatura; literatura hecha con calma, con precisión, y que tal vez por eso mismo pide relectura, pide volver a ella. Ce que l'on fait avec le temps, le temps le respecte (Lo que se hace con tiempo, el tiempo lo respeta), decía Auguste Rodin. Cada palabra de Han Kang lo certifica.
Pese a su discreción, de vez en cuando hace una excepción y se deja ver por el público, como este martes en la ciudad condal, donde conversará a las 19:30 h en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) con la escritora Mar García Puig (que también sabe lo suyo de mujeres, escritura y cuerpo), en el marco del ciclo Diàlegs de Sant Jordi. Quien pueda, que aproveche. Para los demás, ahí están sus libros.