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El Presidente buscó desactivar la crisis y preservar el equilibrio entre dos engranajes centrales de su gobierno. Pero al hacerlo terminó defendiendo al titular de Diputados y dejó en una posición incómoda a su principal asesor, el único integrante del oficialismo que accede a él sin filtros ni mediaciones.
La pelea que estalló entre Santiago Caputo y Martín Menem a raíz de las cuentas anónimas en X y de los mensajes que el asesor atribuyó al titular de la Cámara baja dejó al descubierto algo más profundo que una simple disputa de egos. Lo que quedó expuesto es la arquitectura misma del poder en el gobierno de Javier Milei: un esquema en el que conviven dos circuitos de acceso al Presidente, dos formas distintas de acumular influencia y dos lógicas de construcción política que, aunque hasta ahora lograron coexistir, mantienen entre sí una tensión estructural.
Las declaraciones de Milei en Neura ofrecieron una primera pista para interpretar ese equilibrio inestable. Al afirmar que la controversia del fin de semana había sido “algo prefabricado para generar un problema” y señalar que Menem ya había dado explicaciones dentro del gabinete, el Presidente intentó bajar el tono de la disputa y presentarse como un componedor. Sin embargo, en el intento por desactivar el conflicto terminó transmitiendo una señal que, dentro del oficialismo, fue leída como un respaldo más explícito al presidente de la Cámara de Diputados que al asesor con el que mantiene, paradójicamente, la relación más directa y despojada de intermediarios de todo su gobierno.
La escena resultó llamativa precisamente porque, hasta ahora, Milei había hecho del respaldo a Caputo una constante política. Cada vez que su principal asesor quedó en el centro de cuestionamientos internos o externos, el Presidente optó por blindarlo. Lo hizo, por ejemplo, en marzo, cuando se multiplicaron las versiones sobre un supuesto avance de Karina Milei sobre la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE), tras efectivamente quedarse con el Ministerio de Justicia; también en noviembre del año pasado, cuando ese sector refenciado en la hermana del Presidente fantaseó con recortar su influencia sobre otras áreas sensibles del Estado.
En esos momentos, Milei transmitió una idea inequívoca: podrá haber cambios en ministerios, desplazamientos de funcionarios o reacomodamientos de poder, pero hay un activo que no está dispuesto a resignar: el de su principal consejero. Esa es la razón por la que, aun cuando en esta ocasión sus palabras parecieron inclinarse en favor de Menem, pocos en la Casa Rosada interpretaron sus declaraciones como un cuestionamiento de fondo a Caputo.
Esa paradoja ayuda a entender el funcionamiento cotidiano de la Casa Rosada. Desde que llegó al poder, Milei fue delegando áreas enteras de gestión mientras concentraba su atención en la economía y la batalla cultural. El resultado fue un sistema con dos polos claramente diferenciados. De un lado, Karina Milei, encargada del armado político y partidario de La Libertad Avanza y principal administradora del acceso al Presidente. Del otro, Santiago Caputo, el estratega al que Milei suele definir como “el arquitecto” de su victoria electoral, que logró extender su influencia sobre algunas de las áreas más sensibles del Estado.
La diferencia entre ambos circuitos es tan simple como decisiva. Entre Javier Milei y Santiago Caputo no hay filtros, validaciones previas ni traductores políticos. El asesor habla con el Presidente de manera directa y cotidiana, sin necesidad de intermediarios. Los Menem, en cambio, construyeron un poder enorme, pero siempre mediado por Karina Milei, que es quien convierte sus planteos en decisiones concretas. Mientras Caputo conserva una línea directa con el jefe de Estado, tanto Martín como su primo “Lule” ejercen su influencia a través del canal institucional y político que representa la hermana del Presidente. “Santiago manda un mensaje y soluciona los problemas; Lule, no”, lo resumió alguien que conoce la interna oficialista desde adentro.
Eso no significa que el poder de los Menem sea menor. Por el contrario, se trata de una de las estructuras más robustas del oficialismo. Martín, desde la presidencia de la Cámara de Diputados, conduce la estrategia parlamentaria. Lule, desde la Subsecretaría de Gestión Institucional, diseñó el armado territorial de La Libertad Avanza en gran parte del país, negoció candidaturas y construyó una red de vínculos con las provincias que lo convirtió, para muchos dentro del Gobierno, en una suerte de ministro del Interior sin cartera.
El episodio del fin de semana, sin embargo, dejó daños colaterales. Uno de ellos es el desconcierto de una parte de la militancia digital libertaria, habituada durante meses a actuar como un bloque disciplinado detrás de las directivas del propio Caputo y de figuras como Daniel Parisini, mejor conocido como Gordo Dan. Las críticas públicas de Parisini a la explicación presidencial y la sensación de que el Presidente pudo haber sido mal informado reflejaron una fisura poco habitual en ese ecosistema. El otro efecto es más personal para el propio asesor: al exponer públicamente sus sospechas y no obtener un respaldo explícito del Presidente en esta ocasión, quedó momentáneamente en la incómoda posición de quien, al menos para algunos dentro del oficialismo, terminó cayendo en una trampa tendida por sus adversarios internos.
La tensión, de todos modos, está lejos de haber concluido. Si no hay nuevos cambios de último momento, Caputo y Menem volverán a verse las caras el próximo martes en una nueva reunión de la mesa política, el ámbito donde se coordinan estrategias legislativas y que esta semana quedó virtualmente paralizado como consecuencia del conflicto. Ese reencuentro será observado con atención en la Casa Rosada.
El Presidente sabe que ambos circuitos cumplen funciones complementarias y que una ruptura abierta entre ellos tendría costos difíciles de absorber. El interrogante de fondo no es quién ganó esta batalla puntual, sino otro. ¿Qué ocurrirá si, tarde o temprano, Javier Milei se ve obligado a optar entre el asesor al que históricamente blindó y la estructura política que su hermana construyó para darle sustentación al proyecto libertario? Por ahora, la pregunta no tiene respuesta, pero resume mejor que ninguna otra la fragilidad del equilibrio sobre el que descansa el Gobierno.
PL/MG

Tras más de 11 horas de debate, el oficialismo consiguió aprobar en Diputados el proyecto que reduce el alcance del régimen de zona fría y recorta subsidios al consumo de gas. La iniciativa ahora deberá ser tratada en el Senado.
La Cámara de Diputados aprobó hoy con media sanción el proyecto de ley del Gobierno que busca reducir el alcance geográfico del régimen de Zona Fría, y de esa manera recortar el sistema de subsidios al consumo de gas.
Tras más de 11 horas de sesión, la iniciativa recogió 132 votos afirmativos, 105 negativos y cuatro abstenciones, y fue girada al Senado donde el Gobierno espera su sanción definitiva.
La sesión se inició luego de que el oficialismo consiguiera ajustadamente el quórum, lo que le permitió cumplir con el otro objetivo que se había propuesto que era pisar y dejar sin efecto la convocatoria para una hora más tarde que había solicitado la oposición con un temario que giraba en torno a los escándalos judiciales del jefe de Gabinete, Manuel Adorni.
Noticia en desarrollo...

La iniciativa impulsada por Federico Sturzenegger obtuvo media sanción con 138 votos afirmativos y ahora será debatida en el Senado. Desde el oficialismo defendieron la eliminación de normas “obsoletas”, mientras que la oposición denunció un nuevo intento de “destruir el Estado”.
La Cámara de Diputados aprobó este miércoles el proyecto de Ley Hojarasca, impulsado por el Gobierno nacional para derogar más de 70 normas consideradas obsoletas dentro del digesto jurídico argentino. La iniciativa, promovida por el Ministerio de Desregulación y Transformación del Estado que conduce Federico Sturzenegger, obtuvo 138 votos afirmativos, 96 negativos y nueve abstenciones, y ahora deberá ser tratada en el Senado.
Durante el debate, los diputados de La Libertad Avanza defendieron la propuesta como parte de una política de desregulación orientada a reducir la burocracia estatal y limitar la intervención del Estado. El encargado de abrir la discusión fue Bertie Benegas Lynch, presidente de la comisión de Presupuesto y Hacienda, quien cuestionó la “acumulación infinita de regulaciones” y sostuvo que muchas normas vigentes “hacen imposible la vida del ciudadano argentino de bien”.
El legislador libertario afirmó que la legislación debe tener como objetivo proteger “la vida, la propiedad y el derecho”, y criticó lo que definió como una tendencia de la política tradicional a legislar de manera excesiva. En ese sentido, consideró que la Ley Hojarasca busca terminar con un “laberinto regulatorio” que afecta a trabajadores y contribuyentes.
Por su parte, el diputado Nicolás Mayoraz explicó que el proyecto apunta a eliminar leyes que fueron superadas por avances tecnológicos, que regulan organismos inexistentes o que establecen trámites considerados innecesarios. Entre los ejemplos mencionó la derogación de normas vinculadas a la microfilmación, la denominada “ley de azotes” y regulaciones sobre mochileros. También cuestionó leyes “declamatorias”, como la referida a laboratorios públicos, que según sostuvo nunca tuvieron aplicación concreta.
Desde la oposición rechazaron la iniciativa y acusaron al oficialismo de avanzar en un desmantelamiento del Estado. El diputado de Unión por la Patria Nicolás Trotta consideró que el proyecto funciona como una “cortina de humo” para profundizar el ajuste estatal, mientras que Myriam Bregman, del Frente de Izquierda, cuestionó con dureza el tratamiento de la norma y aseguró que pocos legisladores conocen realmente el contenido de la ley.
En la misma sesión, la Cámara baja también tiene previsto debatir un proyecto para modificar el alcance geográfico del régimen de subsidios al gas por “zona fría”, además de tratar convenios internacionales y homenajear a veteranos de Malvinas con la entrega de una medalla de honor.
Con información de la agencia NA

Hubo una clara apuesta del equipo de programación por films imponentes, de alto impacto emocional y que buscan la polémica.
El Festival de Cannes es una caja de resonancia como pocas en el mundo. Aquí se acreditan cada año unos 4.000 periodistas de más de 90 países y cada imagen, cada frase, cada polémica se amplifica en tiempo real. Si bien casi todas las películas seleccionadas tienden a abordar problemáticas importantes, trascendentes (cada vez hay menos espacio para films más intimistas, austeros o contemplativos), los medios suelen poner el foco en las historias ambientadas en las regiones más convulsionadas del planeta y en las declaraciones de figuras comprometidas con la realidad sociopolítica: que Javier Bardem cuestionó con dureza a Benjamin Netanyahu, que Hannah Einbinder manifestó su solidaridad con Palestina, que Sebastian Stan atacó a Donald Trump, que el director iraní Asghar Farhadi denunció al régimen de su país, pero al mismo tiempo condenó los bombardeos contra la sociedad civil... Cannes es una máquina de lanzar titulares capaces de ser viralizados en segundos.
Cuando ya se han proyectado 16 de las 22 películas que disputan la Palma de Oro y el resto de los premios oficiales, y las otras secciones también han ingresado en la recta final (el festival terminará el próximo sábado 23), queda cada vez más clara la apuesta del equipo de programación liderado por Thierry Frémaux por films imponentes, de alto impacto emocional y que buscan la polémica.
Hay en la sección principal varias películas históricas como “Moulin”, en la que el director húngaro de “El hijo de Saúl” (ganadora del Oscar) reconstruye los últimos tiempos de Jean Moulin (Gilles Lellouche), héroe de la Resistencia Francesa; o “Fatherland”, sobre la llegada del célebre escritor Thomas Mann (Hanns Zischler) y su hija (Sandra Hüller) en 1949 a la Alemania de posguerra ya dividida, pero hay también miradas provocadoras sobre la Inteligencia Artificial (“Sheep in the Box”, del japonés Kore-Eda Hirokazu), el abuso infantil (“Gentle Monster”, de la austríaca Marie Kreutzer, con Léa Seydoux, Laurence Rupp y Catherine Deneuve), el alcoholismo (“Garance”, de la francesa Jeanne Herry, con Adèle Exarchopoulos) y la intolerancia de la burocracia estatal en países progresistas como Noruega (“Fjord”, del rumano Cristian Mungiu con Sebastian Stan y Renate Reinsve), por citar solo algunos casos.
También en la pelea por la Palma se estrenó “Minotaur”, de Andrey Zvyagintsev, en la que el multipremiado director de “The Banishment”, “Leviathan” y “Sin amor” (“Loveless”) concretó una remake de “La mujer infiel” (1969), de Claude Chabrol, rodada en Letonia, pero que describe la decadencia moral en su Rusia natal, país del que tuvo que emigrar en 2023 para radicarse en Francia.
Zvyagintsev simboliza y sintetiza en el accionar de los personajes de su sexto largometraje toda la degradación, la podredumbre de la sociedad rusa contemporánea. Gleb (Dmitriy Mazurov) es el CEO de una gigantesca empresa dedicada al transporte, está casado con la atractiva Galina (Iris Lebedeva), con quien mantiene una relación por demás fría, y tienen un hijo adolescente llamado Seryozha (Boris Kudrin). En la Rusia de Putin los oligarcas no solo son millonarios (la familia vive en una mansión modernista ubicada en una paradisíaca zona boscosa) sino que además tienen llegada directa (y capacidad de lobby) a las autoridades políticas y las fuerzas de seguridad.
El poder de Gleb se aprecia, por ejemplo, cuando puede incidir en quiénes serán reclutados (y quiénes no) para sumarse al ejército que está en plena guerra (la acción transcurre en 2022). Pero veremos una faceta aún peor, la verdadera cara del monstruo, cuando le confirman que su esposa tiene un amante permanente, el joven y apuesto fotógrafo Anton (Yuriy Zavalnyouk), y decide ir a enfrentarlo para ajustar cuentas.
Pero Minotaur es mucho más que un sobre la infidelidad, los celos y la venganza. En Gleb y sus amigos queda expuesta la enorme carga de arrogancia, soberbia, hipocresía, cinismo, manipulación, machismo y desprecio con que se maneja esa asociación entre burócratas y oligarcas incluso cuando el país se desangra. Puede que por momentos Zvyagintsev sea un poco obvio en la demostración de su tesis (allí está la acumulación de carteles patrioteros, de imágenes de tropas movilizadas y de trenes cargados con tanques), pero el film jamás decae en su interés y está narrado con su habitual estilización, que incluye un extraordinario diseño y muy virtuosos planos secuencia tan propios de la escuela rusa.
Radicado en París y filmando en Letonia (lo más cercano que tenía a mano a la geografía, la arquitectura y la fisonomía de Rusia), Zvyagintsev concibe una desgarradora, impiadosa carta cinematográfica sobre el derrumbe del país en el que se formó, trabajó y vivió hasta hace no tanto tiempo.
“Rehearsals for a Revolution”, es un documental de la iraní Pegah Ahangarani construido con una estructura de diario íntimo (ella misma lo va narrando en off), con la urgencia, visceralidad y desgarro propios de la situación, ya que llega incluso hasta las primeras semanas de la guerra con Israel y Estados Unidos.
A través de cinco retratos de sus seres queridos, cada uno de ellos una figura de resistencia al régimen de su país y con un excelente material de archivo que va desde imágenes de protestas callejeras y represiones hasta home movies familiares en Súper 8, registros urgentes tomados con teléfonos celulares, fotografías, audios y animaciones, Ahangarani reconstruye casi medio siglo de vida de su familia (su padre, cineasta y soldado voluntario en la guerra Irán-Irak; su madre, también directora; su profesora de Literatura que fue obligada de forma injusta a irse del país; un tío estudiante muerto durante la represión del gobierno de Mohammad Jatami; y sus propias experiencias que terminaron en el exilio en Reino Unido desde 2022), que también es la historia de Irán, desde la revolución de 1979 hasta la catástrofe bélica que ya lleva unos cuantos meses.
Un film potente, desgarrador y lírico a la vez, con la obra del lituano Jonas Mekas como principal referente y esa fuerza política con que el cine iraní viene contando la historia del país sin caer en la propaganda ni en el panfleto.
Más allá de las declaraciones de Bardem o Einbinder en apoyo a Palestina, hay una película de ese origen en la competencia oficial Un Certain Regard: se trata de “Yesterday the Eye Didn't Sleep ”, coproducción entre Bélgica, Líbano, Palestina, Qatar y Arabia Saudita dirigida por el debutante Rakan Mayasi, realizador palestino nacido en Alemania y radicado entre Bruselas y Beirut. La historia transcurre en una aldea beduina del Valle de la Bekaa en el Líbano, donde todos buscan a Gamra, una enigmática joven acusada de quemar el vehículo del hombre que amaba cuando decidió casarse con otra.
En la imprecisa frontera entre la ficción y el documental, rodada con actores no profesionales, la película evoca el universo de las culturas nómadas bajo una mirada que no rehuye lo político. Mayasi, apoyado por la Red Sea Film Foundation y el Palestine Film Institute, trajo a Cannes una voz del cine árabe que raramente accede a un festival de estas dimensiones y alcances.
MC

La cobertura del nivel inicial en Argentina alcanza al 83% de los niños de entre 3 y 5 años, pero entre los hogares más pobres solo el 41% de los chicos de 3 años asiste al jardín. Especialistas advierten sobre el impacto de la desigualdad temprana en el desarrollo infantil.
La cobertura del nivel inicial en Argentina mostró avances importantes durante la última década, especialmente entre los niños de 3 y 4 años. Sin embargo, detrás de esa mejora aparecen fuertes desigualdades sociales y territoriales que siguen condicionando el acceso temprano a la educación, sobre todo en los sectores más vulnerables.
Así lo revela el informe “Cobertura del nivel inicial: una comparación entre países de la región”, elaborado por Argentinos por la Educación y realizado por Martín Nistal y Lucía Vallejo. El trabajo compara la situación argentina con la de Chile, México, Perú y Uruguay a partir de datos oficiales de 2024.
Según el estudio, el 83% de los niños argentinos de entre 3 y 5 años asiste al nivel inicial, una cifra similar a la de Chile (82%) y Perú (83%), aunque todavía lejos de Uruguay, que lidera la región con una cobertura del 93%.
El dato más preocupante aparece al analizar qué ocurre entre los hogares más pobres. En Argentina, apenas el 41% de los niños de 3 años pertenecientes al quintil más vulnerable asiste al nivel inicial. Se trata del porcentaje más bajo entre todos los países relevados.
La asistencia a los 3 años alcanza apenas el 55% a nivel general, muy lejos del 91% registrado a los 4 años y del 98% a los 5, donde la cobertura ya es prácticamente universal.
Las diferencias socioeconómicas aparecen incluso antes del ingreso formal al sistema educativo.
Entre los niños de 2 años, solo el 10% de los hogares más pobres accede a algún espacio educativo o de cuidado, mientras que en los sectores más altos la cobertura alcanza el 44%, una brecha de 34 puntos porcentuales.
El informe remarca además un fenómeno particular en Argentina: los sectores medios presentan mayores niveles de escolarización temprana que los hogares más ricos. Entre los niños de 3 años, la asistencia llega al 71% en el quintil medio, mientras que en los sectores altos desciende al 63%. En los hogares más pobres, en cambio, apenas alcanza el 41%.
En términos generales, la brecha entre el quintil más pobre y el más rico para niños de 3 a 5 años es de 15 puntos porcentuales: 74,8% frente a 89,8%.
Pese a las desigualdades, Argentina aparece entre los países que más mejoraron su cobertura durante la última década.
Entre 2014 y 2024, la asistencia de los niños de 3 años pasó del 40% al 55%, un incremento de 15 puntos porcentuales, el segundo mayor crecimiento regional después de Uruguay.
En las salas de 4 años el salto fue aún mayor: la cobertura pasó del 75% al 91%, el aumento más alto de la región para ese grupo etario. Solo Uruguay (97%) y Perú (94%) presentan hoy mejores niveles de asistencia a los 4 años.
Los especialistas coinciden en que la expansión del nivel inicial constituye un avance importante, aunque advierten que todavía existen problemas estructurales vinculados al acceso, la calidad educativa y la fragmentación de la oferta.
Ianina Tuñón sostuvo que la baja cobertura en sectores vulnerables no solo implica un problema educativo, sino también una pérdida de oportunidades en el desarrollo infantil.
Según explicó, la asistencia al nivel inicial en contextos de pobreza funciona como un “catalizador” del entorno familiar, ya que los niños que concurren reciben más estímulos en sus hogares, como cuentos, canciones, juegos y prácticas afectivas que fortalecen el desarrollo cognitivo y emocional.
Por su parte, Gabriela Fairstein advirtió que el aumento de la cobertura debe analizarse junto con los desafíos pendientes. Entre ellos mencionó la fragmentación de la oferta para sala de 3, el crecimiento del ausentismo tras la pandemia y la deuda histórica en la cobertura para niños de 0 a 2 años.
También señaló que la caída de la natalidad en Argentina puede convertirse en una oportunidad para ampliar el acceso y fortalecer institucionalmente el nivel inicial si existe decisión política e inversión sostenida.
Desde una mirada regional, Florencia Lopez Boo remarcó que América Latina todavía enfrenta graves desafíos en cobertura y calidad durante la primera infancia. Además, recordó que estudios previos muestran que la asistencia al jardín a los 3 años suele ser alrededor de 10 puntos mayor en zonas urbanas que en áreas rurales.
En la misma línea, Celia Rosemberg señaló que las diferencias observadas en Argentina reflejan una desigualdad temprana en el acceso a experiencias educativas de calidad. La especialista comparó los datos argentinos con otros países de la región: mientras el 41% de los niños pobres de 3 años asiste al jardín en Argentina, en México la cifra asciende al 49%, en Perú al 55%, en Chile al 57% y en Uruguay al 82%.
El informe concluye que el principal reto regional ya no pasa por universalizar la sala de 5 años —algo prácticamente consolidado— sino por garantizar el acceso temprano para niños de 2 y 3 años, especialmente en contextos de pobreza.
Para Carolina Semmoloni, la escasez de oferta estatal para el primer ciclo del nivel inicial obliga a muchas familias a resolver el cuidado y la educación de los niños pequeños a través del mercado, profundizando las desigualdades desde edades tempranas.
En tanto, Alejandra Perinetti afirmó que ampliar la cobertura requiere políticas integrales que contemplen no solo infraestructura y vacantes, sino también las dificultades económicas y laborales que enfrentan muchas familias para sostener la asistencia escolar.
La discusión sobre el nivel inicial, coinciden los especialistas, ya no gira únicamente en torno a la cantidad de vacantes disponibles. El verdadero debate pasa por quiénes acceden primero, en qué condiciones y con qué posibilidades reales de transformar sus trayectorias educativas desde la primera infancia.
JIB