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Jóvenes ociosos y jubilados deslomados: el modelo que invirtió la pirámide laboral

Jóvenes ociosos y jubilados deslomados: el modelo que invirtió la pirámide laboral

Un informe advierte que la actividad entre mayores de 66 años aumentó 12% interanual, mientras retrocede la inserción de jóvenes. Más de 6 millones de personas trabajan en condiciones precarias y los jubilados encabezan ese deterioro.

El mercado laboral argentino está funcionando al revés, según especialistas. Mientras cae la participación de jóvenes, crecen los adultos mayores que recurren al trabajo precario para subsistir, luego del retiro. Paradójicamente, el descanso llega al comienzo, en el momento de mayor capacidad productiva, mientras que el deslome se produce sobre todo al final, en el ocaso de la vida.

“Estamos hablando de personas trabajando en condiciones precarias en sus últimos años, teniendo en cuenta que los hombres en los barrios populares viven 11 años menos que el promedio de Argentina, por los trabajos manuales”, advierte Candelaria Rueda, socióloga e investigadora, a cargo del último informe del Instituto Argentina Grande que da cuenta de esta tendencia en el mercado laboral.

“40 años trabajando en gastronomía y empresas de limpieza”, cuenta Mirta, una señora de 75 anos, sentada en un banco de Parque Lezama, frente a una olla popular. “Me la pasé cocinando y limpiando oficinas, y ahora tengo que cuidar a un hombre y venir a buscar la comida acá, ¿a vos te parece?”, dice la mujer que cuida a un hombre senil, seis horas diarias y recibe viandas de ollas populares y parroquias.

Informe IAG.

Yo soy la que está entrando a una edad para que la cuiden y tengo que cocinarle y limpiarle a un hombre mayor para subsistir, y encima no me alcanza”, lamenta.

De acuerdo con el último informe del Instituto Argentina Grande (IAG), la tasa de actividad de mayores de 66 años creció un 12% en el último año, al tiempo que se redujo la inserción laboral juvenil. “Lo esperable sería que los jóvenes se incorporen al trabajo y los jubilados tengan ingresos suficientes vivir, pero está sucediendo exactamente al revés”, señala Rueda.

Aumento de la precariedad entre adultos mayores

El crecimiento del trabajo en edades avanzadas se da, además, en condiciones mayormente informales. Según el relevamiento –basado en microdatos de la Encuesta Permanente de Hogares– la desprotección laboral entre jubilados aumentó de manera significativa entre fines de 2023 y 2025: un 39,7% en varones y un 34,4% en mujeres.

En la actualidad, los adultos mayores presentan la tasa de desprotección más alta de todo el mercado laboral, que llega a un pico histórico del 44,9% de los ocupados sin aportes ni estabilidad. En total, más de 6 millones de trabajadores se encuentran en esa situación.

“Trabajé más de tres décadas como chofer, y ahora tengo que pedir ayuda en la calle”, cuenta Julio Romero, jubilado de 79 años, frente a la Estación Constitución. “Vivo en una pensión y hago changas de carpintería y jardinería, pero por semana me sale una o dos, con suerte”, dice. Atraviesa, además, un tratamiento oncológico.

Informe IAG.

Esta semana el gobierno nacional oficializó, mediante el Decreto 292/2026, el bono de $70.000 para jubilados, sin actualizaciones desde marzo del 2024 y con una perdida de un 53,8% de su poder adquisitivo. Según un informe de Chequeado.com, para mantener su valor real debería ubicarse por encima de los $150.000. Aún con ese refuerzo, la jubilación mínima se encuentra un 9,4% por debajo de su nivel real de noviembre de 2023. Es otra de las razones que explican el crecimiento de la actividad laboral en la tercera edad.

“Sturzenegger celebró el crecimiento de la actividad poblacional, pero es básicamente de jubilados. El bono está congelado y los aumentos de tarifas, servicios y medicamentos están por encima de la inflación, rubros con peso particular en la canasta de ese grupo”, sostuvo Rueda.

Jóvenes: más desempleo y menos búsqueda

En paralelo, la situación de los jóvenes muestra otro tipo de deterioro. El desempleo entre personas de 18 a 26 años alcanzó el 18,1%, frente al 14,9% de 2023. Pero el dato más relevante es la caída en la tasa de actividad: hay menos jóvenes buscando trabajo. “No es que mejoraron sus condiciones, sino que dejaron de buscar”, señala Rueda.

Daniel Díaz, de 19 años, estudiante de diseño gráfico en la Universidad de Lanús, lleva meses sin conseguir empleo. Rechazó recientemente una oferta en una concesionaria de Lomas de Zamora con jornadas de 12 horas por un salario de $400.000. “Prefiero seguir estudiando a que se me vaya la vida en un trabajo esclavo, mis amigos están igual”, explicó. “Por ahora vivo con mis viejos”.

Informe IAG.

Mientras muchos jubilados son sostén económico del hogar y no pueden rechazar ingresos, los jóvenes –en general sin personas a cargo– tienen mayor margen para descartar empleos precarios. “La mayoría de los jubilados son jefes de hogar y no pueden darse el lujo de rechazar changas. Los jóvenes en general son trabajadores complementarios del hogar. Pueden decir que no a propuestas vergonzosas”, indica Rueda.

El impacto del ajuste fiscal

Otro informe de IAG vincula estos cambios con la política económica. En 2024, el gasto público cayó seis puntos del PBI, la mayor contracción desde 2002. De ese total, 3,3 puntos correspondieron al gasto social, con recortes en áreas como educación, asistencia social y previsión.

“El ajuste golpea en dos dimensiones”, explica el economista Hernán Herrera . “A nivel productivo, por el deterioro de la infraestructura. A nivel familiar, el ingreso disponible después de pagar servicios es mucho menor. Quienes consiguen más horas de trabajo pierden descanso. Quienes no las consiguen, pierden mucho más.”

A eso se suma lo que el gobierno presenta como logro: el superávit fiscal. “El superávit no es real”, dice Herrera. “Se ven obligados a ajustar todos los meses para lograrlo. No se puede hablar de estabilidad macroeconómica en ese sentido.”

“A la destrucción de empleo –agrega el profesional – se le suma la caída de subsidios que disparó las tarifas y la baja del 60% en las transferencias a las provincias del norte”.

En este contexto, el crecimiento económico ocurre sólo en los sectores concentrados de baja generación de empleo (exportaciones de minería y agro). En contraste, sectores como la industria y el comercio muestran retrocesos.

“La Argentina puede crear trabajos de calidad pero requiere promover cadenas de valor regionales, enlazando los servicios del conocimiento con los sectores productivos y con una planificación estatal”, analiza el economista.

“Yo nunca pensé que iba a tener que seguir cocinando y limpiando en la última etapa de mi vida”, dice Mirta, sentada a la noche con una vianda en Parque Lezama. “Ya no tomo ningún medicamento, y espero todas las semanas a que me salga alguna changa”, agrega Julio. Son dos septuagenarios que no pueden salir del mercado laboral. “Voy a seguir esperando un trabajo, porque no me sirve de nada tirar a la basura mi formación por 400 lucas”, comenta Daniel, un veinteañero que no puede entrar al mundo laboral.

LN/MG

En la autodenominada contracumbre del Llao Llao, sindicatos llamaron a luchar en las calles y parar

En la autodenominada contracumbre del Llao Llao, sindicatos llamaron a luchar en las calles y parar

Se reunieron 1.600 delegados de todo el país en Buenos Aires. Se presenta como una alternativa combativa frente a la CGT.

El primer plenario del Frente de Sindicatos Unidos (FreSU), con más de 1.6000 delegados, resolvió esta tarde, en el Día Internacional de las y los Trabajadores, “seguir dando pelea en las calles y en todos los espacios que sea necesario para defender el conjunto de las y los trabajadores”, reivindicó el derecho a huelga como “herramienta esencial” para defender los derechos laborales y definió que “el salario digno y la distribución de la riqueza” son el primer punto del Programa Unidad, Lucha y Rebeldía para Recuperar la Patria. “Reivindicamos el derecho al trabajo y a un salario mínimo vital y móvil según su definición en el Artículo 14 bis de la Constitución Nacional y el Artículo 116 de la Ley de Contrato de Trabajo, esto es, que asegure a los trabajadores en su jornada legal de trabajo una vida digna, mediante la satisfacción de las 9 necesidades allí contempladas: alimentación adecuada, vivienda digna, educación, vestuario, asistencia sanitaria, transporte, esparcimiento, vacaciones y previsión”, señalaron en el programa, que fue votado a mano alzada durante el acto de cierre, y precisaron que el valor de ese salario debería ser $2,8 millones para un trabajador sin cargas de familia. En la actualidad es de $357.000.

Al cierre del Plenario, el secretario general de la Unión Obrera Metalúgica (UOM), Abel Furlán, afirmó: “Nunca más de aquí hacia el futuro, las y los trabajadores vamos a andar en tinieblas. Tenemos claro el programa, tenemos claro que es lo que tenemos que defender para nosotros, para nuestras familias y para nuestra patria”. “Mientras el Gobierno y los empresarios se reúnen en el Hotel Llao Llao para entregar el país, nosotros nos reunimos en esta contracumbre para defender la soberanía y a los trabajadores”, se refirió a la cita de hombres de negocios con el ministro de Economía, Luis Caputo. Incluso Furlán definió la reunión porteña del FreSU como “contracumbre” del Foro Llao Llao.

“Vamos a recorrer distintas provincias para fundar el FreSU en todo el país para que los trabajadores tengan un lugar donde expresarse”, prometió el metalúrgico. “Eso nos va a permitir empezar a construir ese camino que necesitamos para desembocar en un plan de lucha y en una huelga para decir basta, porque los trabajadores somos los que generamos la riqueza de nuestro país”, agregó Furlán.

El secretario general de la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE), Rodolfo Aguiar, dijo que “hay una sola manera de derrotar la reforma laboral, de enterrarla para siempre, es no cumpliéndola en los lugares de trabajo”. “Llamemos a la desobediencia: que nadie pida permiso para hacer una asamblea. Le avisamos al Gobierno y a los patrones, pero sobre todo a las y los trabajadores: hoy iniciamos el camino por la recuperación salarial y no vamos a parar hasta que no nos devuelvan hasta el último peso que nos quitaron.”

El secretario general de la Federación Aceitera y Desmotadora, Daniel Yofra, señaló: “Los compañeros vinieron a buscar una respuesta a la problemática que hoy tiene el movimiento obrero y se la van a llevar: este frente sindical se constituyó y se sigue fortaleciendo pensando en la lucha. Luchar contra este gobierno, contra las patronales y contra la burocracia sindical que nos quiera venir a frenar”. Así fue que apuntó contra la CGT, que por ahora ha basado su estrategia contra la flexibilización laboral en recursos judiciales. Yofra llamó a “prender fuego el país con huelgas” para conseguir mejorar la calidad de vida de los trabajadores.

Del acto de cierre participó también el secretario general de La Fraternidad, Omar Maturano, que recibió la solidaridad del FreSU ante la sanción impuesta por la Secretaría de Trabajo contra el sindicato de maquinistas ferroviarios. “La multa millonaria aplicada por ejercer el derecho de huelga no es una medida administrativa: es un acto de persecución y disciplinamiento contra todo el movimiento obrero. El Gobierno pretende castigar a quienes paran, organizan y reclaman. Pretende instalar el miedo como límite a la acción sindical. No lo vamos a aceptar”, subrayó el FreSU en un comunicado. La multa ocurrió la misma semana en que la revista Noticias reveló que el patrimonio de Maturano creció con propiedades en el exterior, casas, departamentos y autos de alta gama, todos registrados a nombre de su esposa, Fernanda Selva.

“Convocamos a fortalecer la unidad, ampliar el FreSU, multiplicar la organización desde los lugares de trabajo y construir un plan de acción sostenido. Reivindicamos el derecho a la protesta, la huelga y todas las formas legítimas de lucha colectiva como herramientas esenciales para defender al pueblo trabajador”, afirmaron los delegados en el programa. “Reafirmamos una convicción histórica: los sindicatos no somos un obstáculo para salir de la crisis. Somos, en cambio, una herramienta de defensa colectiva, de organización democrática y de transformación social”, subrayó el FreSU en la introducción del programa de este frente conformado por más de 140 organizaciones de las tres centrales obreras entre las que se encuentran UOM, ATE, la Federación Aceitera y Desmotadora, los Aeronáuticos de Pablo Biró, Docentes Universitarios, los Encargados de Edificios de Víctor Santa María, Portuarios, Papeleros, Molineros, Gráficos, Metrodelegados, Curtidores, Visitadores médicos y la Asociación de Personal Jerárquico del Gas. El FreSU también tiene diálogo con otros gremios como el Sindicato de Prensa de Buenos Aires, que viene reclamando por los bajos salarios de todos y cada uno de los diarios.

Precisamente, el pasado lunes se celebró una asamblea de toda la prensa escrita reunida en Sipreba.“ Nuevamente, la aceleración de la inflación del primer trimestre de 2026 de casi el 10%, y que volverá a ser alta en abril, degradó la capacidad de compra de nuestros ingresos”, se advirtió. “Y todas las empresas, grandes, medianas o chicas, incluso los medios que son líderes en lectores, siguen sin dar respuestas acordes al momento que nos toca vivir. Por resolución del plenario, se definió realizar con asambleas, reuniones por sectores y recorridas para hacer escuchar nuestro reclamo salarial y que los medios del sector se dispongan a subir las escalas salariales y atender a la deuda histórica que afrontan con periodistas y trabajadores/as de prensa”, se promovió. El salario básico neto de convenio es de $586.000, algunos diarios lo pagan y otros tampoco superan el $1 millón, menos que $1.100.000 de la paritaria con más empleados, la de comercio.

AR

Han Kang utiliza la violencia de la tinta y la sangre contra el trauma

Han Kang utiliza la violencia de la tinta y la sangre contra el trauma

La premio Nobel de Literatura 2024 participará en los Diálogos de Sant Jordi con motivo de la recuperación de su novela publicada en 2010

Poesías perturbadoras y un optimista cuento infantil, el lado más desconocido de la premio Nobel Han Kang

Han Kang (Gwangju, 1970) asegura que escribe con todo el cuerpo, y esa conciencia de la corporeidad se filtra en primera fila en su narrativa. El caso más paradigmático es, sin duda, La vegetariana (2007), una novela de la que pocos serían capaces de describir con precisión la apariencia externa de su protagonista, pero de quien, sin embargo, es sencillo evocar la sensación de angustia creciente que surge desde dentro, desde las entrañas. Y, no menos importante, cómo sus decisiones vitales tienen efectos en el cuerpo, que, lejos de manifestar un control de sí misma, canaliza toda la presión social, toda la violencia.

La violencia (o, mejor, las violencias) es otro elemento clave en la obra de la ganadora del Nobel de Literatura 2024. Una violencia que puede ser de muchos tipos, pero que, incluso cuando va acompañada de agresión física –a menudo ilustrado con la imagen de un animal herido, siempre reviste un calado más hondo, trascendental. La violencia de la sociedad cuando el individuo se atreve a desafiar sus normas, como la protagonista de La vegetariana; la violencia de las guerras, que lastra a sus víctimas directas y lega una herencia de heridas sin cicatrizar a los descendientes, como sucede en Actos humanos (2014) con la masacre de Gwanju de 1980 y en Imposible decir adiós (2021) con la guerra de Corea (1950-1953); o la violencia de los desgarros personales, las pérdidas íntimas como el duelo o la separación, en el caso de La clase de griego (2011) y Blanco (2016).

La violencia surge siempre del ser humano, de esos seres intensamente corpóreos que en las narraciones de Han Kang suelen experimentar, además, una manifestación física que responde a ese daño (amputaciones, mudez, vómitos, fiebre, deterioro general). Hay sangre, también, en sus libros; no es de las que corren un tupido velo ante las escenas más crudas (abusos, mutilaciones, descomposición), sino que se recrea, aunque nunca de manera gratuita. Su último libro traducido al castellano ya lo anuncia desde su título: Tinta y sangre (Random House, 2026, trad. Sunme Yoon), que no es el más reciente, sino que lo publicó en 2010, justo después de La vegetariana.

La conexión con 'Imposible decir adiós'

Más que a La vegetariana, sin embargo, el parecido hay que buscárselo con Imposible decir adiós, que puede leerse como la culminación del planteamiento de Tinta y sangre. En ambos, la protagonista es una escritora de mediana edad de Seúl que apenas revela información de sí misma; una mujer discreta, que casi querría hacerse invisible, hasta que ocurre algo que la fuerza a salir de su rutina. Ese algo tiene que ver con una amiga, una amiga con una vocación artística (la pintura en Tinta y sangre, el cine en Imposible decir adiós), que, parece, ha osado arriesgar más que ella y ha salido trasquilada.

Es entonces, cuando la amiga pierde pie, cuando la voz principal entra en escena, toma las riendas: en Imposible decir adiós, la amiga se hallaba convaleciente y le pedía ayuda; pero, en Tinta y sangre, la amiga ha muerto de manera repentina, y es su negación ante la explicación dada –un supuesto suicidio– lo que hace que la narradora reaccione para tratar de esclarecer las causas del suceso y, como consecuencia, rendir cuentas. Esa búsqueda, no obstante, actúa como un espejo en el que no puede evitar mirarse, y al final son sus propias heridas, las que acalló, las que salen a la luz.

La escritora y la pintora se conocían desde niñas; de hecho, la protagonista conoce más a la joven que fue su amiga en el pasado que a la artista en la que se convirtió. Por eso, sus pasos son titubeantes: se enfrenta a un crítico, un especialista en sus pinturas, que es quien defiende que la muerte fue un suicidio. La protagonista se entrevista con él, visita el taller de su amiga, recuerda la etapa en la que ella también pintaba, cuando aprendían juntas. Su mentor fue el tío de su compañera, un hombre enfermizo y solitario con una pasión por la astrofísica; esas reflexiones sobre el universo se trasladan a la escritura.

Aunque, a primera vista, se podría tener la tentación de calificar la historia como thriller (la editorial utiliza el término, consciente de su valor comercial), no hay que engañarse: la narración de Han Kang, y esto es algo muy bueno, no se amolda a ningún género; es enemiga de la rapidez, de las emociones fuertes programadas; y siempre, siempre, va más allá de lo aparente, se ramifica por recovecos imposibles de adivinar de entrada. Es profunda, compleja, desconcertante. Crece de manera orgánica, como una expansión de la mente de la autora, torturada por las migrañas y enmarañada por los sueños, que con frecuencia salpimientan sus trabajos.

Una prosa más suave

Como la rama de un árbol, la trayectoria de los personajes puede alargarse, robustecerse, enredarse, florecer… o quebrarse. No es una línea recta ni una carrera de obstáculos; se trata, más bien, de un descenso a diferentes ritmos, sobre distintas superficies. Una caída de la que, como en la vida misma, se puede emerger o no. Ese “o no” no significa tanto desaparecer o morir como dejar de avanzar, dejar de progresar en la existencia; ese estado de anclaje perpetuo en el pasado en el que quedan quienes han sobrevivido a un gran trauma o de quienes han sufrido una pérdida irreparable.

Como la rama de un árbol, la trayectoria de los personajes puede alargarse, robustecerse, enredarse, florecer… o quebrarse. No es una línea recta, no es una carrera de obstáculos; se trata, más bien, de un descenso a diferentes ritmos, sobre distintas superficies

En comparación con Imposible decir adiós –que, a todo esto, no es del todo justa, dado que, más allá de los rasgos en común, esta ahonda en la memoria de la guerra, un tema ausente en Tinta y sangre–, esta nueva recuperación es una novela menos penetrante, que adolece quizá de un final un tanto apresurado. Se le pueden atribuir los calificativos habituales a su prosa –desasosegante, hipnótica, dura, de intensidad creciente–; pero lo son, por así decir, en un nivela más suave que en otras ocasiones, aunque un “nivel más suave”, en Han Kang, sigue siendo literatura de alto voltaje, de la que quizá no se llega a entender del todo, envuelta en la nebulosa eterna del misterio de la creación, como aquello de lo que se ocupa: el otro, el arte, el universo y hasta los abismos propios.

Un último elemento recurrente: el uso del color blanco con el contraste de la sangre; el color de la inocencia manchado, corrompido para siempre, como metáfora de la vida, de toda vida. Como el blanco de los pájaros que fascinan a Han Kang o el blanco la nieve; la novela transcurre durante el invierno, en esa Corea del Sur nevada y gélida. Hay algo en la naturaleza de la autora que conjuga a la perfección con ese tiempo de pausa, de hibernación, que representa esta estación. Y con el frío, no como cualidad inherente a su voz narrativa sino como desregulador de la temperatura corporal y emocional de los personajes, de factor que los vuelve (más) vulnerables, los expone.

Una literatura que no responde a fórmulas

Siempre es difícil hablar de los libros de Han Kang, lo que también dice mucho a su favor: no se la puede encasillar, su literatura no responde a fórmulas. Ella tampoco se prodiga en explicaciones: no frecuenta el circuito literario, concede pocas entrevistas y carece de redes sociales. Se dedica a lo importante, que es la literatura; literatura hecha con calma, con precisión, y que tal vez por eso mismo pide relectura, pide volver a ella. Ce que l'on fait avec le temps, le temps le respecte (Lo que se hace con tiempo, el tiempo lo respeta), decía Auguste Rodin. Cada palabra de Han Kang lo certifica.

Pese a su discreción, de vez en cuando hace una excepción y se deja ver por el público, como este martes en la ciudad condal, donde conversará a las 19:30 h en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) con la escritora Mar García Puig (que también sabe lo suyo de mujeres, escritura y cuerpo), en el marco del ciclo Diàlegs de Sant Jordi. Quien pueda, que aproveche. Para los demás, ahí están sus libros.

Ahora vemos 'red flags' por todas partes: ¿tiranía o una forma más sabia de afrontar las relaciones?

Ahora vemos 'red flags' por todas partes: ¿tiranía o una forma más sabia de afrontar las relaciones?

Entre la protección y la hipervigilancia o cómo los conceptos virales de internet permean en nuestras vidas.

'Stack dating' o por qué hay gente que tiene tres citas la misma tarde: “Es muy artificial y poco justo, pero óptimo”

Al final de la película Alta fidelidad, el protagonista, un melómano empedernido, va a cenar a casa de una pareja que le cae muy bien. Allí, descubre horrorizado que los discos que coleccionan son, para él, lo peor de lo peor. Música que, hasta el momento, asociaba a gente con la que no quería tener nada que ver. Si la cinta, que se estrenó en el año 2000, se hubiera rodado ahora, el espectador diría que el personaje de Rob Gordon (interpretado por John Cusack) se había encontrado con lo que hoy denominamos como “red flag”, una señal de que ahí no es y que, en los últimos años, se popularizó a través de reels en Instagram y TikTok para descartar de inmediato relaciones incipientes. Sobre todo en los terrenos del coqueteo.

El concepto, de origen anglosajón, está documentado desde el siglo XVIII y proviene del uso histórico de banderas rojas como señales de peligro, riesgo o alto al fuego en contextos marítimos, militares y de seguridad. Una señalización sencilla y directa que, con el tiempo, se fue adaptando al lenguaje cotidiano para referirse a cualquier indicio de riesgo, dando el salto definitivo en la era del lenguaje de internet; pasando de advertencia general a etiqueta para identificar comportamientos problemáticos y, en muchas ocasiones, simplificarlos.

“Básicamente, es una heterodefinición. O sea, una adscripción de ciertos rasgos, muchas veces negativos, que hacemos sobre cierto colectivo sin contar con él. Lo peculiar del entorno digital creo que es su carga irónica”, explica César Rendueles, sociólogo e investigador del CSIC, además de ensayista. 

Así, Rendueles señala que ese medio en serio medio en broma al que todos recurrimos a veces se convierte en un vehículo para “prácticas bastante cuestionables”. “Al final, lo de la red flag es el prejuicio que se puede permitir alguien progresista que, en principio, ve con malos ojos los prejuicios”, explica para añadir que, aunque es un término que puede resultar inocuo y formar parte de un juego, dentro del contexto actual (con apps, múltiples opciones y elección constante) favorece que haya una mayor intolerancia a la hora de relacionarse con alguien, y más en un entorno de flirteo. “La cultura digital hegemónica es tan hostil y proclive a un conflicto muy descarnado (linchamientos, acosos, ridiculización…) que nos vuelve muy intolerantes a cualquier clase de desavenencia, incluso conflictos menores que forman parte de cualquier tipo de interacción social”, desarrolla el sociólogo.

La cultura digital hegemónica es tan hostil y proclive a un conflicto muy descarnado (linchamientos, acosos, ridiculización…) que nos vuelve muy intolerantes a cualquier clase de desavenencia, incluso conflictos menores que forman parte de cualquier tipo de interacción social

César Rendueles sociólogo

Vidas a la carta

Eduardo, 47 años, lleva poco tiempo en las apps buscando pareja tras haberse separado y dice que, cada vez, cuenta menos de sí mismo a las personas con las que tiene citas. “Me cuesta mucho conectar y tuve malentendidos al hacer alguna broma al intentar conectar”, explica para recordar que, en una ocasión, tras una cita, la chica con la que quedó le dijo que si la canción que él le había recomendado se la había enseñado a él otra mujer. “Le dije que sí y aquello no le gustó”, comenta para señalar que, con otras dos personas, tuvo una relación intensa de varias semanas hablando todos los días, hasta que desaparecieron de su chat diario.  

“A medida que tuve estas experiencias lo que menos quiero es mostrarme de verdad. ¿Para qué? ¿Para que la gente pierda interés? Gente desconocida con la que quedás un rato y te descartan sin que sepas muy bien por qué”, se queja el entrevistado, que prefirió no dar su verdadero nombre. “Yo estoy muy al inicio, pero pienso en cómo estará la gente que lleva años teniendo varias experiencias así cada mes. A veces tengo la sensación de que vas con expectativas prefijadas de lo que te vas a encontrar y buscás hiperestímulos y tenés la sensación de que siempre puede haber algo mejor de lo que estás consiguiendo en este momento”, opina Eduardo tras confesar que cada vez ve con mayor recelo las interacciones ante potenciales encuentros. 

En 2004, el psicólogo norteamericano Barry Schwartz publicaba el libro La paradoja de la elección, en el que relacionaba la satisfacción humana en relación con la libertad de decisión. Schwartz sostenía que el ser humano tiende a estar menos satisfecho con las decisiones que toma cuantas más alternativas tenga donde elegir. Aplicando su teoría al mercado de las aplicaciones de citas, que multiplican potencialmente las opciones disponibles, las red flags funcionan como atajos para filtrar.

En el mercado de las aplicaciones de citas, que multiplica potencialmente las opciones disponibles, las 'red flag' funcionan como atajos para filtrar

Un teoría que adscribe Oriol Erausquin, doctorando en sociología por el CSIC y la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y autor del ensayo La rabia es nuestra (Siglo XXI, 2025), quien señala el fenómeno, de entrada, como una buena herramienta, ya que, a su juicio, la concepción actual de las red flags nació de la necesidad de nombrar ciertos comportamientos para los que no teníamos nombre y que dejábamos que ocurrieran, “sobre todo en cuanto a las actitudes de los hombres hacia las mujeres”. Pero que, con el tiempo, se fue problematizando: “Al final se relaciona con una economía sexual y afectiva que trata al resto de las personas como si formaran parte de un catálogo en el que aplicamos criterios de filtraje porque es a lo que nos empujan las aplicaciones: es la única manera de navegarlas”, argumenta.

Algo así le ocurrió a Raúl, de 32 años, cuando conoció a una chica que, sobre el papel, era todo lo que podía gustarle. “Pero se me fueron las ganas de golpe cuando me propuso hacer una entrevista por videollamada antes de vernos, para no perder el tiempo”, relata. “Además, me coincidió justo con un proceso de selección para un puesto de trabajo y sentí que estaba siendo entrevistado por partida doble”, continúa para recordar que la chica le dijo que era mucho mejor ver si había química por videollamada para así no perder el tiempo teniendo que ir a tomarse un café o una cerveza.

“Me pareció una locura, nunca había visto a nadie querer optimizar el tiempo de esta manera. Además de que lo lindo de coquetera es eso, quedar con alguien para ver qué ocurre”, finaliza Raúl.

Lo que no se nombra no existe

“Este es un tema en el que pensé mucho y me dan mucha envidia las nuevas generaciones, que tienen en su vocabulario términos que en mi adolescencia o primera juventud no existían”, apunta Delia Rodríguez, periodista especializada en la relación entre tecnología, medios y sociedad. “De entrada me parece muy bueno que el término 'red flag' sea hoy parte de nuestro vocabulario”, continúa para señalar que, con una clara economía de lenguaje, se puso nombre y se señalaron cosas que antes se pasaban por alto en el terreno de las relaciones, como la luz de gas (gaslighting) o los comportamientos narcisistas, entre otros. “Me parece muy bien que esto sea una cosa que las chicas jóvenes tienen en la cabeza porque te puede ahorrar muchos disgustos de cara al futuro”, comenta Rodríguez.

La pregunta ahora es qué ocurre, cuando los reels de TikTok e Instagram se llenan de consejos sobre cómo indentificar red flags y se produce, desde las pantallas, una tipificación muy veloz de los comportamientos humanos de un primer vistazo, llegando al uso común de términos médicos y terapéuticos en conversaciones de a pie, como la calificación de los tipos de apego en ansioso y evitativo, entre otros.

De entrada me parece muy bueno que el término 'red flag' sea hoy parte de nuestro vocabulario (...) y que sea una cosa que las chicas jóvenes tienen en la cabeza porque te puede ahorrar muchos disgustos de cara al futuro

Delia Rodríguez periodista y ensayista

“Esto es algo que pasa cuando se convierte en contenido, cuando la dinámica de las redes convierte algo en contenido”, dice Delia Rodríguez, y añade que es algo que se viraliza porque nos interesa a todos mucho, porque es chisme puro. “Y el chisme se demostró que, evolutivamente, tiene muchas ventajas sociales”, apunta.

Sin embargo, precisamente por eso, porque es contenido, la periodista señala la importancia de tener en cuenta los incentivos económicos que hay detrás de los relatos de las pantallas. “Si la historia de tu TikTok consigue muchísimo éxito es posible que la exageres, que la vuelvas a contar o te hacés una serie, precisamente animado por el impacto conseguido. Y esas historias tenemos que tomarlas un poco con pinzas porque, quizás, no está pasando tanto como creemos, sino que está dentro de las lógicas del contenido”, desarrolla para señalar que, no obstante, la etiqueta del otro en un primer vistazo no deja de ser una de las primeras fases del coqueteo. “Puede resultar cruel, sí, pero todos desechamos a gente por intuiciones, por cosas absurdísimas”, apunta Rodríguez.

Como hizo Irene, que no se llama Irene pero prefiere no dar su verdadero nombre: “Una vez fui a la casa de un tipo que creía que me gustaba y con el que llevaba ya varias citas de horas de conversación intensa, y al abrirme la puerta decidí que no porque se había puesto una musculosa y un pantalón blanco. Lo siento, pero no puedo”. Irene cuenta que, en otra ocasión, no se fue a casa de otro porque se dio cuenta de que llevaba puesto un colgante como de El señor de los anillos. Y eso a ella no le va. 

Dos universos cada vez más alejados 

Tampoco hay que olvidar otro fenómeno, que va de la mano del uso de las red flags; la vuelta con fuerza de la idealización de la familia tradicional frente a otros modelos relacionales y cómo estos chocan en el 'mercado del ligue'.

Según datos de Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), que pregunta mensualmente a los ciudadanos españoles por su orientación política, pidiéndoles que se ubiquen dentro de una escala del uno al diez, siendo el uno la “extrema izquierda” y el diez la “extrema derecha”, desde hace dos años los caminos entre las mujeres y los hombres jóvenes (de 18 a 24 años en su estudio) se separan; ellos hacia la derecha y ellas hacia la izquierda, una tendencia internacional.

Así, tal y como señala el análisis, en 2025, de los datos electorales de los 27 países europeos, un 21% de los hombres menores de treinta años había apoyado a partidos de ultraderecha, cuando solo el 14% de mujeres lo hizo. “Hay una brecha enorme sentimental entre chicos y chicas jóvenes, que es política y de forma de ver la vida, que está pasando en muchos países. Ellas se fueron hacia la izquierda y ellos son de derecha. Ellas son más abiertas sexualmente y ellos no. Entonces, en cuanto a las red flags aplicadas al amor, es normal que, en esta coyuntura que vivimos, tanto ellos como ellas estén viendo red flags constantemente en el otro porque ven la vida de manera muy distinta”, interpreta Rodríguez.

Hay una brecha enorme sentimental entre chicos y chicas jóvenes, que es política y de forma de ver la vida. Ellas se fueron hacia la izquierda y ellos son de derecha. Ellas son más abiertas sexualmente y ellos no. Es normal que, en esta coyuntura, tanto ellos como ellas estén viendo 'red flags' constantemente

Delia Rodríguez periodista y ensayista

“Esta diferencia ideológica entre hombres y mujeres está alimentando lo que se denominó bajo el nombre de ‘heteropesimismo’. Un término que se acuñó en 2019, pero que está cada vez más presente en la manera en la que chocan las expectativas de unas y otros”, apunta, por su parte, Erausquin, quien opina que, en la actualidad, aunque suene paradójico, se está virando hacia un “esencialismo de género”, como ilustran la popularización de memes como el de “monogamia o bala”.

Para el sociólogo, todo ello está fundamentado en la precariedad en la que están sumidas las generaciones más jóvenes. “Paradójicamente, las dinámicas del capitalismo que nos hiperindividualizan son las mismas que blindan la familia como unidad básica de la reproducción de la vida”, apunta el sociólogo para zanjar con que “la vuelta con fuerza entre los más jóvenes de los discursos románticos y monógamos y de la idealización de la familia tradicional, no puede separarse de este contexto económico marcado por la precariedad e inestabilidad”.

“Eso sí que es una red flag, que venga un tipo y te diga que quiere una familia tradicional, así, de la nada, cuando ni siquiera lo viste en persona”, apunta Ángela, de 25 años, que se queja de que es un discurso que ve cada vez más. “Supongo que es una idea vieja que, a muchos, les sirve como un clavo ardiendo al que aferrarse porque está claro que, hoy, si a los 40 estás soltero muy difícil lo vas a tener para no vivir compartiendo departamento”, argumenta la entrevistada, que vive con otras tres amigas.

En ese contexto, quizá, las red flags no son solo un lenguaje heredado de las redes sociales, una herramienta para detectar comportamientos problemáticos, o una cuestión de exigencia e intolerancia. Sino que hablan, también, de cómo las condiciones materiales están redefiniendo la manera en que nos vinculamos.

¿Por qué nos conformamos con menos?

¿Por qué nos conformamos con menos?

Elizabeth Duval es filósofa, tiene 25 años, publicó cuatro libros y es una de las voces más influyentes y polémicas de la intelectualidad española. En este ensayo aborda en primera persona el dilema político de la época: si vale opinar sin militar, desear la autorrealización o la felicidad colectiva, lamentar el sufrimiento ajeno pero que lo arreglen los otros. ¿Por qué nos conformamos con menos? ¿Qué poder tiene la palabra para intuir el mundo que deseamos? “La misma palabra dicha por muchos tiene el poder de los dioses.” Elizabeth Duval es una de las invitadas al Festival Futuro Imperfecto Vol 3.

Me siento una impostora cuando llega el momento de hablar de lo que se ha de hacer. Prefiero, de hecho, no prescribir nada; y nada tiene que ver el rechazo de la prescripción con la voluntad de quien no querría mancharse las manos. He pensado mucho en algo que dejó por escrito Jorge Semprún al rememorar su paso por el Consejo de Ministros; decía, sobre la política, que esta, “a fin de cuentas, sólo es un trabajo sobre el lenguaje, sobre el discurso, el sentido y el contrasentido del texto histórico, de su textualidad. Desde las asambleas ciudadanas de la democracia esclavista en la Grecia antigua hasta los mítines masivos y las intervenciones televisivas de hoy en día, todo gira en torno al lenguaje. El verbo estuvo en el comienzo y estará en el fin de la política. Sólo los medios han cambiado, no el mensaje. Basta con volver a leer a Platón o a Tocqueville para darse cuenta de ello. ¿Cómo podría un escritor desinteresarse del poder?”.

Es una idea bella. Mi primer tatuaje, al cumplir los dieciséis, realizado en la muñeca derecha, fue la palabra griega poiesis, escrita como ποίησις en letras griegas; si escogí ese brazo y no el otro es porque soy diestra, con él escribo, vivo, gesticulo, y quería remarcar esa diferencia, saber que la tinta había de inscribirse en el lugar apropiado. En El banquete, Diotima pronuncia ante Sócrates un discurso sobre el amor, sí, pero también sobre la inmortalidad y lo que permanece de nosotros más allá de nuestra muerte terrenal. La poiesis nos da la poética y los poetas, pero es fundamentalmente creación, cualquier paso del no-ser al ser, un cierto proceso de realización; para Heidegger, por su parte, en la poiesis en tanto que desvelamiento del ser, compartida como instrumento para nombrar el mundo por filósofos y por poetas, hay una cierta forma específica del decir, una manera de hacer. Recuerdo pensar, cuando leí El banquete por primera vez, que en la vocación de inmortalidad se inscribían todas las cosas que me obsesionaban. Hay distintas cosas que podemos traer al mundo para que nos sobrevivan y es difícil decirlas con tanta belleza como Diotima. Pero hay tres posibilidades para esa vida posterior a la muerte, actos de afectación al mundo que llegan incluso a procurar templos a sus hacedores. Una dimensión de la poiesis está en la creación literaria, en la labor de las bellas palabras y en los discursos, en las obras que nos sobreviven, como escribí en otra ocasión, en tanto que hijos de otros árboles menores; Diotima habla también de la inmortalidad que confiere la estirpe, los hijos carnales, y así aparece otro paso del no-ser al ser, una forma de engendrar, en algo vinculado con el deseo y los demás, con el amor; pero también en la forma en la que uno se relaciona con su comunidad política, en cómo transforma los asuntos de su ciudad —o de su país—, puede alcanzarse lo mismo. Todos estos ámbitos me obsesionaban, daba igual desde qué ángulo: me llamaban desde la creación, me llamaban desde lo que hay en ellos de deseo y lo que hay en ellos de palabra y discurso, pulsaban algo en mí, y algo suficiente para considerar que una palabra tan poderosa podía inscribirse en mi piel para siempre.

No tendría que sentirme impostora cuando llega el momento de hablar de lo que se ha de hacer

No estoy de acuerdo con que la política sólo sea un trabajo sobre el lenguaje. Sí creo que lo es. Pero, cuando veo la pobreza y la angustia o la desigualdad, en esos cuerpos al borde del morir y de la extenuación que mencionaba al abrir este ensayo, nunca hay sólo palabras y la intervención sobre ellos no puede reducirse a discursos. Nunca puede reducirse la tarea que una sociedad necesita acometer al trabajo con las palabras, aunque las palabras sean para ello necesarias. La escritora (y amiga) Sara Barquinero dio a finales de 2022 una magnífica conferencia sobre creación artística y compromiso que partía de unas reflexiones de Elias Canetti, cuando este encontró una nota anónima que databa de una semana antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial. La nota decía: “Ya no hay nada que hacer. Pero, si de verdad fuera escritor, debería poder impedir la guerra”.

Cuando le planteé a Sara mi plan inicial para esta sección breve del ensayo, casi a modo de epílogo, tuve que hacer frente a un grandísimo escepticismo. A ella le parecía que todos los filósofos tendían a derrapar cuando se trataba de hacer prescripciones de acción política, precisamente porque la decisión de intervenir no es la tarea del filósofo. Y las reflexiones que yo le sugería podían producirle cierta pereza: no tendría que sentirme impostora cuando llega el momento de hablar de lo que se ha de hacer, precisamente porque no tendría que ocuparme exactamente de qué es lo que hay que hacer, como si me estuviera extralimitando al plantear los conflictos entre pensamiento y militancia. Tiene, hasta cierto punto, razón: el más primordial de mis compromisos ha sido el compromiso con la palabra y con el pensamiento. Es por eso por lo que siempre he rehuido de la categoría de activista, prefiriendo las veces que se me ha denominado referente: no por el ego que se esconde tras las vitrinas o la acristalada torre de marfil, sino por considerar que yo, más allá de pensar, no actúo de esa manera, o si acaso sólo me muestro partisana de ciertas causas, pero sin ejercer la militancia que considero necesaria para ellas. Hay un conflicto fundamental entre la forma de vida que he escogido y la militancia, entre mi trabajo y la militancia: saber que sería profundamente feliz, por ejemplo, dedicándome a la escritura juguetona de las novelas, por encima de cualquier intervención política, por más que en esos textos narrativos tratara también de cogerle el pulso a obsesiones que son políticas, sociales y comprometidas. Saber, por ejemplo, que una siempre ha de preguntarse a qué está dispuesta a renunciar y qué desea más: si la autorrealización o la realización colectiva. Comprender la tensión imposible entre las vidas que deseamos comunitariamente y las vidas distintas que desplegamos cada una. Creo que uno de los motivos por los que he retrasado la escritura de esta parte ha sido por esa conciencia: nunca he tenido del todo claro si, en relación con lo que aquí digo, debía realmente decir algo o si decir cualquier cosa era exagerado, banal, un exceso.

Cuando veo que los demás no militan o que no pueden militar —porque carecen de tiempo y energías, porque la vida les agota demasiado—, me entristezco y sueño con otra cosa

Hay una tristeza profunda que me asalta cuando veo fotografías de muchos actos de la militancia política de izquierdas. Veo en ellas la imagen de la vejez y me entristece: la militancia, hasta de partidos nuevos, es, de algún modo, militancia antigua; la juventud no ha tomado para sí la tarea de hacerse cargo de su país y ha renunciado a transformarlo. No puedo creerme con la autoridad suficiente para conducir ninguno de estos reproches. Mi historial como militante es exiguo, se cuenta pronto y resulta pobre: estuve muy brevemente en un grupúsculo de extrema izquierda en mi adolescencia, del cual marché muy desencantada; organicé como pude a los estudiantes de mi instituto, pero sin objetivo claro ni destreza real, y la asamblea de postín que yo dirigía se derrumbó como un castillo de naipes; en la facultad, aunque participara en manifestaciones, asambleas, comités y huelgas, por más que orbitara alrededor del sindicato estudiantil, siempre estaba demasiado centrada en mis propios asuntos como para implicarme con fervor militante en esas tareas colectivas. Nunca he tenido un carnet de nada y este hecho, en mi biografía, no me produce tristeza; sin embargo, cuando veo que los demás no militan, o que no pueden militar —porque carecen de tiempo y energías, porque la vida les agota demasiado, porque sus trabajos, simple y llanamente, impiden que se consagren a algo que no sea trabajar—, cuando percibo una juventud desmovilizada, me entristezco irremediablemente y sueño con otra cosa. No podría reprocharles a los demás una falta de compromiso que yo también he poseído; soy, sin embargo, plenamente consciente de que dos verdades pueden sostenerse a la vez y seguir siendo contradictorias.

Qué tendríamos que hacer, me digo, y qué tipo de compromiso he esbozado en este libro, qué ideas se intuyen, cómo pulsan, qué clase de ecos podrían encontrar. Antes, cuando hablaba de la poiesis, trataba toda una serie de conceptos vinculados a la inmortalidad, a la trascendencia: aquello que perdurará de nosotros cuando ya no estemos. Es una dimensión que no tengo tan presente como a los dieciséis años; es una dimensión que ya no me preocupa tanto, o no me preocupa en absoluto. Pensar obsesivamente en lo que perdurará de nosotros cuando ya no estemos me parece tan ridículo y vanidoso como gozar de la vida por fantasmas o proyecciones del narcisismo propio en lugar de necesitar la presencia de interlocutores, tener a otras personas que den réplica a nuestra conversación, que vean la vida junto con nosotros, que nos asistan, que disfruten en el tiempo presente. En poco tiempo han dejado de interesarme la trascendencia de los libros de Historia, la soledad que impera injustamente en el cielo de los nombres, el monstruo de amor insaciable que vive en muchos corazones. Mis exigencias ahora son un poco más prosaicas y me conformo con menos, aunque en el fondo no me conforme con nada: prefiero lo que pueda insinuar un solo rostro a todo lo que se escriba en las páginas de la Historia, por más que disfrute leyéndolo; quiero, y lo hago de corazón, un presente mejor para cuantos habitamos este mundo, y confieso que lo ansío con un poco más de intensidad para mis personas más allegadas, sobre todo cuando las veo sufrir; aspiro a la felicidad, como lo hacemos todos, y me embarco persiguiéndola y persiguiendo sus fantasmas, espero que sin cansarme. Me mueven muchas cosas. Pero creo que ahora, cuando por fin he aprendido a disfrutar de la vida, aunque sólo sea a ratos, ya no me interesa tanto la inmortalidad. Demasiadas cosas buenas habitan entre los vivos como para interesarse sobremanera por lo que quedará de nosotros cuando empecemos a formar parte de los muertos.

La felicidad no sólo tiene que ver con el ejercicio de la soberanía. Está íntimamente ligada a la justicia

La felicidad no es sólo algo que tenga que ver con el ejercicio de la soberanía. Nada es sólo una cosa. La felicidad está íntimamente ligada a la justicia. Que haya gente miserable es injusto, que la gente muera en la calle es injusto, que los trabajadores se esfumen en condiciones modernas de esclavitud sin nunca intuir los contornos de la vida más allá de sus jornadas es injusto, que el mundo sea el tablero de juego de unos pocos y la tortura cotidiana de otros tantos es injusto, que sepamos intuir la felicidad y la aprendamos sin llegar a conocerla es injusto, y así eternamente podría esbozarse una lista inagotable de dolencias. En estas líneas ya no hablo como escritora o filósofa, sino como humana —a la cual nada de lo humano le es ajeno—: me parece que una parte del compromiso exigido y exigible es ese, está ahí. Por más que disfrute leyendo y escribiendo, por más que esas actividades a mí me procuren cierta plenitud, no puedo abandonar el compromiso con el mundo y la indignación que brotan de la misericordia, de sentir lo propio en el dolor de los demás.

Parece, cuando planteamos el qué hacer, que el ánimo prescriptivo de los filósofos implicaría que quienes tienen que hacer siempre son los demás. Ese es el problema. La potencia es potencia de una multitud de la cual formamos parte y de la cual tenemos que responsabilizarnos. Las cosas pueden ser de otra manera. Y los aparatos que tenemos —o podemos tener— a nuestra disposición han de encargarse de hacer posible que las cosas sean de otra manera. No estamos condenados a un urbanismo que nos aleje más y más en nuestros hogares como islas, a las vidas solitarias, independientes y tristes; en ningún lugar está escrito que la miseria no pueda corregirse, o que su corrección no constituya una necesidad; pero tenemos que tener la voluntad de imaginárnoslo. Lo que un individuo puede hacer con las palabras, si acaso, es fomentar esa imaginación, pensar en lo posible, palpar brevemente el mundo intuyéndolo, acercarse, mirarlo. Lo que colectivamente se puede hacer con las palabras es bien distinto: el poder que guarda la misma palabra dicha por muchos es parecido al poder de los dioses.

Si buscamos colectivamente las palabras adecuadas, las palabras justas, las palabras bellas, las palabras buenas, las palabras convincentes y felices, quizá algún día las cosas sean como insistimos en nombrarlas.

Este texto fue tomado del capítulo Cólera, del libro Melancolía, metamorfosis de una ilusión política (2023, editorial Planeta).

Elizabeth Duval es parte de Futuro Imperfecto Vol 3. En alianza con Fundación Medifé y el Centro Cultural de España en Buenos Aires, participará del cierre del festival anfibio que organiza la revista Anfibia, en conversación con la periodista Danila Saiegh. ¡Reservá tu lugar! Viernes 15 de mayo, 17.15 hs, Teatro Picadero.