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La ceremonia comenzará a las 11 en el Parque Domínico, luego de una despedida privada realizada por familiares y allegados. Se espera una convocatoria masiva de seguidores de todo el país.
Carlos “El Indio” Solari, fallecido este viernes a los 77 años, será despedido este domingo desde las 11 en el Parque Domínico de Avellaneda, donde se realizará un homenaje público acompañado por un operativo de seguridad de al menos 1.500 efectivos.
La confirmación llegó después de varias horas de especulaciones sobre el lugar elegido para el último adiós al exlíder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. La ceremonia se desarrollará en el predio conocido como Parque de los Derechos del Trabajador, ubicado sobre la avenida Bartolomé Mitre al 5000.
Según había informado la familia, el homenaje público fue programado para este domingo 7 de junio, luego de una despedida privada realizada durante la noche del viernes. El cambio de fecha respondió a la intención de facilitar la llegada de seguidores que viajarán desde distintos puntos del país.
La despedida de Solari se espera multitudinaria y convocará a miles de personas que buscarán rendir homenaje a una de las figuras más influyentes de la historia del rock argentino.
En las últimas horas se analizaron distintas opciones para organizar el velatorio. Legisladores de varios bloques impulsaron gestiones para que se realizara en el Congreso Nacional, aunque la propuesta fue descartada. El presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem, señaló que, tras consultas con el Ministerio de Seguridad, se concluyó que el edificio no reunía las condiciones necesarias de infraestructura, logística y seguridad para un evento de esa magnitud.
También trascendió que el entorno del músico mantuvo conversaciones con Boca Juniors y Racing Club para evaluar la posibilidad de utilizar instalaciones de esas instituciones, aunque finalmente ambas opciones quedaron descartadas.
Por su parte, el secretario de Cultura de la Nación, Leonardo Cifelli, confirmó que el Gobierno ofreció el predio de Tecnópolis para la despedida pública. “Tenemos Tecnópolis para ofrecer, pero no pudimos comunicarnos con el abogado de la familia”, indicó el funcionario, quien además precisó que la seguridad del evento hubiera estado a cargo de la Policía Federal.

El Presidente evitó pronunciarse sobre la muerte del músico y apenas replicó un mensaje de Martín Menem. En 2017 lo había cuestionado duramente en redes sociales. La magnitud de la movilización obligó al Gobierno a involucrarse en la organización de la despedida.
Javier Milei eligió el silencio. O, más precisamente, eligió hablar de otra cosa. Mientras millones de argentinos despedían a Carlos “el Indio” Solari y las convocatorias espontáneas se multiplicaban en plazas, parques y calles de todo el país, el Presidente no emitió ningún mensaje de condolencia ni reconocimiento público a la figura del músico. Por el contrario, durante toda la jornada del viernes mantuvo una actividad habitual en sus redes sociales, dedicada casi exclusivamente a replicar mensajes vinculados a la marcha de la economía, elogios a la gestión oficial y videos del ministro de Desregulación y Transformación del Estado, Federico Sturzenegger.
La muerte de Solari colocó al Gobierno frente a una incomodidad difícil de administrar. No porque existieran dudas sobre la dimensión cultural del personaje, sino precisamente por lo contrario. El Indio representa uno de los fenómenos populares más masivos y perdurables de la Argentina democrática, pero también encarna un universo simbólico que históricamente estuvo en las antípodas de la narrativa libertaria. Entre aquellos tuits de confrontación y el silencio institucional de estas horas se despliega un dilema que atraviesa a toda la administración Milei: cómo reaccionar frente a símbolos colectivos que desbordan la lógica de la batalla cultural y conservan una capacidad de movilización que ni la política ni las redes sociales consiguen explicar del todo.
Durante buena parte del día, en la Casa Rosada pareció imponerse una reacción de cautela que rozó la indiferencia. Distintas versiones provenientes de despachos oficiales señalaban que no estaba previsto decretar duelo nacional ni habilitar el Congreso para una despedida pública. La explicación formal apuntaba a cuestiones de seguridad y logística. Hubo un único reconocimiento oficial. La Secretaría de Cultura, a cargo de Leonardo Cifelli, emitió un comunicado en el que expresó su “profundo pesar” y definió al Indio Solari como “un gran ícono de la música argentina”.
La distancia entre el ecosistema libertario y la sensibilidad ricotera no es solamente conceptual. Milei se expresó públicamente sobre Solari en al menos una oportunidad. Fue el 5 mayo de 2017, apenas dos meses después del multitudinario recital de Olavarría que terminó con dos personas fallecidas y marcó el final de la carrera en vivo del músico. “Si al Indio Solari le gusta tanto el paraíso comunista que viva en Cuba o Corea del Norte. También tiene Venezuela que adhiere a ese lujo!!!”, escribió entonces en su cuenta de X. Ante las respuestas de otros usuarios, redobló la apuesta: “En principio el comunista Indio Solari pasa parte de sus días en NY al margen de moverse en un avión privado (ej cuando rajó del desastre)”, agregó en referencia al polémico cierre de aquel recital.
El líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota encarnó durante años una sensibilidad cultural que el Gobierno suele asociar con tradiciones políticas y estéticas ajenas a su propia identidad. Sin ir más lejos, en el último tiempo, Solari se expresó como un abierto simpatizante “kirchnerista”. Sin embargo, cualquier intento de reducirlo a una etiqueta ideológica siempre resultó insuficiente. El Indio logró trascender las fronteras de la política partidaria para convertirse en uno de los pocos fenómenos culturales capaces de movilizar multitudes y ocupar un lugar singular dentro del imaginario colectivo argentino.
Quizás por eso las primeras horas posteriores a su fallecimiento encontraron al oficialismo sin una respuesta clara. En los pasillos de Balcarce 50 no parecían comprender que una cosa era confrontar con dirigentes opositores, periodistas o artistas desde el terreno de la pelea tuitera y otra muy distinta administrar la muerte de una figura cuya influencia desborda, mal que les pese, cualquier frontera ideológica y moviliza a sectores sociales tan diversos como difíciles de encasillar.
La situación comenzó a cambiar cuando las convocatorias espontáneas para homenajear al músico empezaron a multiplicarse en distintos puntos del país y cuando desde el entorno familiar se confirmó la intención de realizar una despedida pública. Recién entonces el Gobierno tomó verdadera dimensión de la magnitud del acontecimiento. En paralelo, se reforzó la seguridad en los alrededores de la Casa Rosada y se activaron contactos entre distintas áreas del Estado para monitorear posibles concentraciones de fanáticos.
Fue en ese contexto que Martín Menem debió salir a fijar una posición oficial. A través de un mensaje publicado en sus redes sociales, el presidente de la Cámara de Diputados descartó la posibilidad de realizar la despedida en el Congreso de la Nación. Según explicó, tras consultas con el Ministerio de Seguridad y las áreas técnicas correspondientes, “se concluyó que el Palacio Legislativo no reúne las condiciones de infraestructura, logística y seguridad necesarias para un evento de esta magnitud”.
Al mismo tiempo, Menem buscó despejar la idea de un desinterés estatal frente al fallecimiento del músico. “Con la mayor y absoluta predisposición, el Gobierno nacional se encuentra a disposición de la familia para trabajar conjuntamente en la elección de un lugar que esté a la altura de lo que el Indio Solari representa para la sociedad argentina”, afirmó. La frase no fue casual. Funcionó como un intento de amortiguar las críticas que comenzaban a acumularse sobre la aparente frialdad oficial. El propio Milei acompañó esa postura limitándose a replicar el mensaje de Menem.
Sin embargo, el viernes por la tarde, puertas adentro del Gobierno comenzaba a imponerse otra preocupación: la dimensión que podía adquirir la despedida pública. En la Casa Rosada daban por hecho que la movilización sería masiva, con fanáticos llegando desde distintos puntos del país e incluso con consultas provenientes de varias provincias sobre la organización de los traslados. La posibilidad de que cientos de micros desembarcaran en la Ciudad de Buenos Aires durante el fin de semana obligó a las autoridades a involucrarse rápidamente en la búsqueda de una alternativa para el velatorio y a garantizar las condiciones de seguridad necesarias para una convocatoria de semejante magnitud.
La cuestión ocupó buena parte de la agenda oficial durante toda la jornada. En el Ministerio de Seguridad, encabezado por Alejandra Monteoliva, trabajaban en el diseño de un operativo para contener la afluencia de seguidores que pretenden darle el último adiós al músico, mientras distintas áreas de la Casa Rosada y de la Cámara de Diputados mantenían contactos permanentes para evaluar escenarios y coordinar definiciones. La discusión ya no giraba únicamente alrededor de la figura del Indio ni de la relación histórica del oficialismo con el universo ricotero. El desafío pasaba por administrar una manifestación popular de dimensiones imprevisibles.
Aun así, el episodio expuso una tensión más profunda. El Gobierno puede sentirse cómodo cuestionando determinados sectores del mundo cultural o polemizando con artistas desde las redes sociales. Pero la muerte del Indio lo obligó a enfrentarse con algo bastante menos sencillo: la persistencia de símbolos colectivos que atraviesan generaciones y siguen formando parte de la identidad emocional de millones de argentinos. Y frente a fenómenos de esa escala, las categorías habituales de la batalla cultural libertaria parecen ofrecer respuestas bastante más limitadas.
PL/MG

Pablo Perantuono, coautor de "Fuimos Reyes", biografía de los Redondos, recuerda aquí la figura del Indio Solari. Su antagonismo con Skay, el magnetismo de sus letras, la decisión de llevar la independencia como una cuestión ideológica. La muerte de un artista único.
“Un connoisseur musical”. Al igual que como describe a John Lydon el ensayista Simon Reynolds, así podríamos definir, entre otras muchas maneras, a Carlos “Indio” Solari, cuya muerte ocurrida hoy en Buenos Aires implica la desaparición física de uno de los artistas más populares, y por ende queridos, de la historia argentina.
El connoisseur musical es aquel que no necesariamente puede estar dotado de una técnica musical eximia, y hasta incluso puede ser alguien que no toca un solo instrumento –como era le caso de Solari, que apenas rasgaba la guitarra en algún fogón–, pero que es un sujeto que está “habitado” por la música, alguien cuya sensibilidad sonora es tal que, a través de su intuición y de su conocimiento omnímodo, puede ser capaz de producirla de forma incesante y con mayor fuerza que el resto. Ese rayo de energía musical es el que acaba de dejar de brillar.
Alguna vez, consultado por este cronista sobre su rol en Patricio Rey y sus redonditos de Ricota, su respuesta tuvo la misma potencia que ejerce su obra: “Soy el autor de todo. De las letras, de los eslóganes, de las armonías, de todo”. El padre soy yo, informaba. El monstruo ese que está dando vuelta salió de adentro mío. Podrá haber matices en esa apreciación, pero tampoco demasiados, porque, en todo caso, los derechos de autor del fenómeno solo los comparte con su socio compositivo, su antagonista Skay.
Antagonista aquí no tiene que ver con la presencia de hostilidades –que las hubo, aunque a la distancia fueron menores–, sino que tiene que ver con que ambos fueron el Yin y el Yan perfecto: uno altivo y locuaz, el otro taciturno y lacónico. Ambos, creadores de un animal mitológico que estallaba de audacia libidinal y de ambición rockera.
¿Qué tan grande fue la música? ¿Cómo llegó este artista a penetrar con tanta profundidad en la tierra blanda de los corazones colectivos? ¿De dónde viene esa sed popular por su obra? ¿Qué es su obra?
Los interrogantes se agolpan como los beats trepidantes y anfetamínicos de “Rock para el negro Atila”, una de sus cimas compositivas. Las respuestas todavía más. Algunas de ellas, de hecho, siguen en el aire, y resuenan o se resignifican conforme pasa el tiempo.
Solari es hijo de un tiempo irrepetible, pero a diferencia del rock, o a diferencia de cualquier género musical perenne, su obra abandonó los límites de su lugar de desarrollo para transformarse en una categoría autónoma, en una cultura en sí misma. Hubo un momento en el que el país Solari ya no dependía de su producción artística: el sermón de la montaña ya estaba escrito. La pregunta es: qué operó para que sucediera eso.
En principio, la banda levantó antes que nadie las banderas de la independencia musical. Y eso, que tal vez para ciertas audiencias –aquí incluimos público y medios– podía resultar un dato pueril, incluso irrelevante, lo que estaba haciendo era enviar un metamensaje inequívoco: la actitud rocker no solo se exhibe con un gesto agrio en el escenario o con una indumentaria que solo colabora a fetichizar el producto, no, la actitud rocker es sentirse libre para decir que no, es plantarse ante la TV y responderle “no, gracias”. O plantarse ante las multinacionales y no sucumbir ante la promesa del mercado latino. En una época en la que muchos rockeros parecían que querían ir corriendo a sentarse con Mirtha Legrand, los Redondos elegían la discreción. Ese fue el primer pacto firmado con sus seguidores, sobre todo con los más desfavorecidos del sistema. El mensaje podía ser este: “Afuera hay una fiesta –menemismo– pero nosotros no formamos parte de ese establishment. O, si formamos parte, porque no queda otra, es porque lo usamos, es decir utilizamos sus resortes para traficar nuestro arte”.
Luego hay otro elemento, y ese sí es artístico: el show en vivo. También Simon Rynolds es quien dice que en la década del 80 las actuaciones en vivo eran instantes decisivos para establecer el vínculo definitivo entre un artista y su audiencia. Ir a ver a los Redondos a fines de los años 80 –que es caldo donde se macera el primer vínculo con su público plebeyo– era formar parte de un acontecimiento, era un espectáculo sublime. Sublime en el sentido kantiano: algo único, algo que no está atravesado por las coordenadas del mercado, algo que, una vez que sucede, transforma a quiene forman parte de ese ritual.
Y luego está la música, la locomotora de todo esto. Y aquí hay varios elementos, porque estamos hablando de un artista singular. En primer lugar, el gemido punzante y lastimoso de su voz, un grano único, una forma de cantar tan particular como irresistible que, conjuntada con los riff de guitarra de Skay y el sonido siniestramente dulce del saxo –obra de Willy Crook al comienzo– provocaba –provoca– un tipo de conmoción distinta. Por que era un sonido alarmante el que emergía de los parlantes, el tipo de música que produce una mente hiperalerta –casi paraonoide– como la del Indio, un tipo capaz de con un ojo escrutar los bordes menos favorecidos del sistema y, con el otro, de estar leyendo las dinámicas geopolíticas de Occidente.
Y por último las letras. Alguna vez, consultado por un periodista de la revista TIME, cuando todavía el rock era visto como sospechoso, Bob Dylan se negó a explicar sus letras y desafió al cronista para que fuera a un recital suyo y así poder vivir la experiencia entera, para que no se quedara solo con la percepción burguesa de sus letras.
En ambos casos, tanto en el Dylan como en el de Solari –y aun con sus enormes diferencias– estamos hablando de la creación de un universo propio, con personajes ficticios y con una pasión por la metáfora hermética que ha sido, sobre todo en el caso del Indio, su marca de agua. Ahi apareció la primera gran contradicción que al sistema le costó digerir: ¿cómo diablos estas letras crípticas y esas metáforas oblicuas y sombrías podían convertirse en la prosa del nuevo testamento ricotero? El prejuicio de cierto sector de la opinión pública, ante las dimensiones del fenómeno, fue que había un público que no entendía a su ídolo, eran perros de Pavlov moviendo el hocico sin entenderlo del todo. Pasado el tiempo, pasados los años, la obra ha ido mutando. El significante, que quedó del lado de la gente, ha adquirido nuevos colores, nuevos sonidos. Eterna y contemporánea, su lírica no declina. ¿Quién podría negar, acaso, que la letra de “Sorpresa de Shangai”, (“Están contando chistes/Detrás de las paredes/Si de reír se trata, creo/Son verdaderos dramas”) tiene más vigencia que nunca?
Como decía Godard: “Quiero ser inmortal, y después morir”. Tarea fina para dos.
PP/MG

Los fans del Indio Solari chocaron con la policía ni bien se fueron juntando en Plaza de Mayo. Las autoridades decidieron impedir el ingreso para la "misa ricotera" que finalmente fue una fiesta.
Fanáticos del Indio Solari convocaron a una “misa ricotera” en la Plaza de Mayo para despedir al referente del rock nacional, quien falleció este viernes a los 77 años.
Sin embargo, desde los organismos de seguridad se decidió impedir el ingreso a los Ricoteros y esto generó disturbios. Incluso la policía echó gases a los fans que sólo querían homenajear a su ídolo.
La convocatoria comenzó a difundirse durante la mañana del viernes por medio de grupos de fans y distintas plataformas digitales y cientos de usuarios compartieron una invitación para reunirse en el tradicional espacio público ubicado frente a la Casa Rosada.
Bajo la consigna de homenajear al ex líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, los organizadores lograron una importante concurrencia de seguidores que comenzaron a acercarse desde horas antes con banderas, remeras y otros símbolos vinculados al universo “ricotero”, y se encontraron con el vallado policial.
Allí comenzaron los incidentes. Luego de un par de horas y ante la masividad de la “misa”, la Policía se replegó.
“Hoy Milei perdió la elección por no abrir el Congreso. Que quede grabado”, afirmó uno de los fans, tras la represión policial, a un canal de televisión.
“No puedo creer lo que vivimos recién en el medio de la despedida del Indio, del dolor... todos esos que estaban con el escudito, crecieron escuchando esto. Pobres tipos”, afirmó otra fan del Indio Solari.
“Es un duelo, ¿a vos te parece que puedan venir a romper las pelotas y pegarnos? ¿En qué país estamos viviendo? Vinieron en carpa, vinieron a reprimir, tanto miedo le tienen a un duelo nacional, es un duelo. Hay un muchacho con la cabeza rota ahí. Tienen miedo y vienen a reprimir”, disparó otro fan del Indio Solari.
Los fans comenzaron a recrear el clima de las históricas “misas ricoteras”, nombre con el que fueron conocidos durante décadas los recitales del artista debido a la masiva convocatoria y al fuerte sentido de pertenencia que caracterizó a sus seguidores.
La muerte de Solari generó una profunda conmoción en el ambiente artístico y entre miles de admiradores que, desde las primeras horas del día, multiplicaron mensajes de despedida y homenajes espontáneos en distintos puntos del país.
Considerado una de las figuras más influyentes de la historia del rock argentino, el músico construyó una relación singular con su público que trascendió generaciones y convirtió a sus conciertos en verdaderos fenómenos culturales de alcance masivo.
Con información de NA

El músico atravesaba desde hace años un cuadro de Parkinson, enfermedad que él mismo había hecho pública y que lo había alejado definitivamente de los escenarios en 2023. Tenía 77 años. Fue la banda sonora de la vida de varias generaciones de argentinos.
Todos los discos y el pogo más grande del mundo: el legado musical del Indio Solari
Carlos Alberto “Indio” Solari, uno de los artistas más influyentes de la historia del rock argentino, murió este viernes a los 77 años. El músico atravesaba desde hace años un cuadro de Parkinson, enfermedad que él mismo había hecho pública y que lo había alejado definitivamente de los escenarios en 2023. Su última aparición en vivo había sido en 2017, el último ritual ricotero, en Olavarría. Después, formó parte de recitales de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado a través de técnicas holográficas. Fue la banda sonora de la vida de varias generaciones de argentinos.
De acuerdo a las primeras informaciones, Solari fue hallado a las 8 de este viernes por su cuidadora, quien al llegar a su casa de Parque Leloir, en la calle Calixto Oyuela al 4000, lo vio tirado en en el suelo, a metros de la pileta en el jardín de la residencia. De inmediato, llamó al servicio de emergencias médicas que se trasladó al lugar para darle asistencia, pero no pudieron reanimarlo. A las 8:30, dieron el alerta a las autoridades y, por protocolo, se abrió una causa por averiguación de las causales de muerte, a cargo del fiscal Lucio Rivero, titular de la UFI Descentralizada N°2 de Ituzaingó, quien convocó a personal de la Policía Científica y adelantó se le realizará una autopsia al cuerpo del músico.
La autopsia sobre el cuerpo del Indio Solari inició pasadas las 15.45, por un equipo forense. El resultado preliminar indicó que el artista habría tenido un ACV no traumático. Las primeras informaciones indican que, si bien se encontraba en inmediaciones de la pileta, “no se habría ahogado, ni tragó agua”. Los profesionales de la salud no descartan futuros estudios complementarios con el fin de brindar detalles más certeros.
Cerca del mediodía, la familia se expresó en las redes sociales oficiales del Indio: “La noticia más triste, esa que hubiésemos querido no dar nunca, es cierta. Nuestro amado Indio -su cuerpo, su manifestación física- ya no está. No hay forma de expresar nuestro dolor, ni hace falta: es el mismo que sienten ustedes”, comienza el posteo.
“Contamos con su comprensión para atravesar estas primeras horas de desolación. Lo despedirá su familia ahora, en la intimidad que merece. Y en breve les informaremos dónde se realizará la despedida pública, para que todos y todas los que lo amaron puedan despedirse también. Mientras tanto, lloremos como corresponde, escuchemos sus canciones y, sobre todo, cuidémonos entre nosotros, como él nos enseñó”, pideron los familiares a los fans de Solari.
Solari fue mucho más que un cantante: fue un símbolo cultural. Su figura, envuelta en misterio, hermetismo y una poética única, moldeó la identidad de varias generaciones. Su voz —barítono áspero, inconfundible— y sus letras cargadas de metáforas lo convirtieron en un referente de la contracultura argentina. Sus recitales en vivo, convocaban multitudes irrepetibles.
Nacido en Paraná en 1949 y criado en La Plata, Solari fundó en 1975 junto a Skay Beilinson Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, la banda que redefinió la escena musical argentina con un modelo autogestivo, sin exposición mediática y con un culto que creció de boca en boca.
Los Redondos editaron nueve discos de estudio hasta su separación en 2001 y construyeron una de las comunidades de seguidores más intensas del país. Sus recitales, multitudinarios y rituales, se convirtieron en un fenómeno social sin precedentes.
Tras la disolución, Solari continuó su camino con Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, con quienes publicó cinco álbumes y mantuvo vivo el magnetismo de sus presentaciones. Su último show presencial fue en Olavarría en 2017, un concierto que reunió a cientos de miles de personas y que terminó marcado por una tragedia con dos muertos y decenas de heridos.
En 2023, el Indio confirmó públicamente su retiro de los escenarios debido al avance del Parkinson. Desde entonces se dedicó a trabajar en estudio, publicar libros y experimentar con formatos virtuales, como el concierto holográfico de 2020.
En mayo de 2026 recibió el título de Doctor Honoris Causa de la Universidad de Buenos Aires, un reconocimiento institucional inédito para una figura históricamente reacia a los homenajes.
Solari deja una obra que atraviesa generaciones y que se expandió más allá del rock: poesía, artes visuales, narrativa y una forma de entender la cultura popular argentina. Su figura pública —escasa, controlada, casi mítica— convivió con un impacto masivo que ningún otro artista del país logró replicar.
Su muerte cierra una era. Pero su obra, sus canciones y la comunidad que lo acompañó durante décadas seguirán alimentando un mito que ya forma parte del ADN cultural argentino.
Entre sus acercamientos más recientes al público, el artista recibió un homenaje por parte de la Universidad de Buenos Aires que le otorgó el doctorado Honoris Causa, con un acto en el Aula Magna de la Facultad de Medicina y el músico envío un mensaje en agradecimiento por la distinción.
En el mismo acto, el guitarrista e integrante de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, Gaspar Benegas, junto a un octeto de cuerdas, interpretaron diez canciones del Indio, que fueron ovacionados por el público presente.
El 6 de diciembre pasado, un show de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado en el Estadio Único Diego Armando Maradona de la ciudad de La Plata, dejó uno de los momentos más conmovedores del año: la aparición del Indio Solari a través de un video especialmente grabado para la ocasión.
El estadio quedó en silencio cuando el músico irrumpió en las pantallas gigantes con su tono inconfundible y visible emoción. De esa manera, el Indio le habló directamente a los “ricoteros”:
“Me acompañaron durante ese tiempo hasta que la providencia quiso que se cruzaran conmigo un par de cositas que me impiden… ya saben ustedes de qué hablo”, dijo, en referencia a la enfermedad de Parkinson que padecía.
“No quería dejar pasar este momento para jugar a que estoy con ustedes. Los quiero mucho, los respeto mucho como público. Son de los mejores del planeta”, expresó.
El mensaje, breve pero contundente, despertó una ovación unánime que recorrió todo el estadio. Esa aparición del Indio volvió a confirmar que su legado va mucho más allá del escenario y acompañará por siempre a los fans.