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La avanzada contra las personas con discapacidad expuso la descoordinación interna del Gobierno. La rebelión de los aliados y los tiros en el pie. El Plan Bullrich.
Pedro Lacour - Las vidas de Daniel Hadad: de periodista “más odiado” a empresario al que el poder le rinde honores
–Si avanzan con esto no les vamos a voltear el capítulo, les vamos a voltear todo el Presupuesto.
–Vamos a seguir trabajando como veníamos, no cambia nada.
La respuesta de la bullrichista Silvana Giudici al ex gobernador de Misiones, Oscar Herrera Ahuad, fue nerviosa, acelerada. Como Martín Menem y Patricia Bullrich, la diputada se enteró que el Gobierno había vuelto a declararle la guerra a las prestaciones por discapacidad cuando le empezaron a llover mensajes de periodistas en el teléfono. Los aliados se enfurecieron y el Gobierno quedó expuesto en una descoordinación interna que amenaza con volver invivibles los últimos meses antes de la campaña. Especialmente cuando un sector del círculo rojo todavía presiona por un insider que mantenga el rumbo económico de Milei sin Milei.
Como siempre, la primera en reaccionar fue Bullrich. Indignada porque Luis Caputo envió el Presupuesto 2027 sin avisarle nada a nadie, ni siquiera durante la reunión del martes de la mesa política –donde se consensuó que había que tener cuidado con el tema discapacidad–, la ex ministra salió a quemar las naves. Responsabilizó en público a Caputo, se quejó de que la habían dejado como una “tonta” y acusó a su propio Gobierno de tensionar la relación con los aliados. Y después hizo lo impensable: subió un video cantando un tema de Lali Espósito, una artista a quien el Presidente detesta.
La jefa del oficialismo en el Senado, que ha mutado de afiliaciones partidarias como de ropa, estaba exultante con las repercusiones. Bullrich hizo de los videoclips su forma predilecta para enviar mensajes políticos internos: cada vez que quería pelearse con Karina Milei, con Menem o con el propio Presidente, su equipo de comunicación le confeccionaba un video musicalizado con algún tema pop. Esta última vez, aprovechando el paso en falso de Caputo, Bullrich fue por Lali. La primera opción fue “La tonta”, de Jimena Barón, pero en su equipo pensaron que hubiese sido “demasiado fuerte”. El chiste se cuenta solo.
Lo del Presupuesto fue la excusa perfecta para volver a diferenciarse. Como lo fue el pliego de la cuñada del periodista Hugo Alconada Mon, Verónica Michelli. O sus declaraciones sobre los límites del modelo económico de Milei si este no derrama, en algún momento, sobre la economía real. La senadora se lo repite incluso al propio Presidente en público, delante de otros funcionarios. Lo hizo en la última reunión de Gabinete y Milei estuvo casi una hora explicando por qué los indicadores económicos eran todos positivos. Fue ese intercambio lo que lo llevó a advertirles a sus legisladores, unas horas más tarde, que no se dejaran “psicopatear”.
“Están en Alicia en el País de las Maravillas”, se quejó, irritada, la senadora cuando salió de la reunión. Apenas se quedó media hora.
Algunos dirigentes libertarios hablan de mala fe, la mayoría lo atribuye a una falta de inteligencia interna. “No hubo maldad, pasa que somos un quilombo”, suspiró, resignado, un alfil menemista, que admitió que el riojano se enteró del contenido del Presupuesto como el resto: el martes a la noche, cuando ya todo el mundo lo tenía en sus manos. “Y si Menem no lo sabía, eso significa que Karina tampoco”, agrega, malicioso, un ex PRO devenido en libertario.
La decisión de enviar un Presupuesto que barre contra todos los derechos adquiridos de las personas con discapacidad, luego de haber perdido seis votaciones en el Congreso, expuso como pocas cosas el nivel de desarticulación interna del Gobierno. Un desorden originario en LLA que Karina intentó resolver con el desembarco de Diego Santilli en la Jefatura de Gabinete. Los problemas, sin embargo, continúan allí.
En la misma semana que Santilli encadenó reuniones con seis gobernadores distintos para avanzar con la aprobación del Presupuesto y la eliminación de las PASO, los legisladores que responden a esos mandatarios discutían a los gritos con Menem, Giudici y el jefe del oficialismo en Diputados, Gabriel Bornoroni. “No cuidan ni a los propios, viejo”, se quejó, furioso, un legislador de una provincia del Norte que había acompañado la sesión opositora y negociaba, hace una semana, dar un gesto al oficialismo y acompañar sus propuestas para discapacidad y endeudamiento familiar.
Tras una semana de negociaciones con radicales, PRO y provinciales, el propio Gobierno terminó arruinando los intentos de Menem para evitar una nueva derrota en el Congreso. Se organizaron reuniones de emergencia. El riojano se reunió, primero, con los radicales y les prometió que nada de lo que decía el Presupuesto se aprobaría. Luego, Menem llamó a los legisladores libertarios más cercanos y les ordenó que volvieran de sus provincias para hacer control de daños. “Solo los que leemos de corrido”, ironizó, con maldad, uno de los presentes.
El bloque libertario no se caracteriza por el orden interno, pero hicieron lo posible para bajar el perfil durante las dos reuniones de comisión emplazadas por la oposición. La línea del riojano, que pretende aprovechar los últimos tres meses que quedan antes de que arranque la campaña, era sencilla: nadie dice nada, nadie reacciona, quietos. Similar a la que planteó Karina durante la última reunión con legisladores libertarios.
“No le peguen a los gobernadores aliados, portense bien hasta febrero”, les exigió la secretaria de la Presidencia, quien está a cargo, junto a los Menem, de cerrar las alianzas provinciales. A unos metros estaba la senadora salteña María Emilia Orozco, que quiere ser gobernadora de la provincia y aprovecha cada oportunidad que puede para cuestionar a Gustavo Sáenz, uno de los peronistas que se volvieron aliados clave del Gobierno.
El traspié del Presupuesto desarmó la estrategia en solo 48 horas. La conducción libertaria asegura que los aliados fueron apaciguados, que todo marcha de acuerdo a lo planeado, pero el malestar se extiende al interior del propio oficialismo. “Hay un eslabón intermedio que está fallando. Y algunos están empezando a ver si hay algo en el medio”, desliza un dirigente del centro del país que se sumó hace tres años a LLA.
Ese “algo en el medio” tiene nombre y apellido y es Patricia Bullrich. Es un secreto a voces que la senadora libertaria no quiere que el Gobierno elimine las PASO porque fantasea con la posibilidad de ir a una interna con Milei. Es ella, denuncian en el menemismo, quien está boicoteando la aprobación de la reforma electoral en el Senado.
La senadora se mueve con cautela. Las encuestas que le llegan todas las semanas le muestran escenarios parejos: en sondeos sobre un futuro ballotage, a veces gana el peronismo, a veces gana Milei. No observa, de momento, que la crisis política del presidente sea terminal y está convencida de que Milei todavía tiene herramientas para mejorar su situación. No saca los pies del plato. No todavía.
“Solo le falta decir el que gana conduce, el que pierde acompaña”, comentó un senador peronista que fantasea con la posibilidad de que Bullrich se presente como candidata en 2027. Está convencido de que es la única que le puede ganar a Milei.
MCM/MG

La pelea por el liderazgo cambia la lógica del peronismo y achica el margen de error. El significado del plenario en Avellaneda. Se avecina un crescendo de definiciones programáticas y fronteras políticas. La foto con Cúneo cuesta cada vez más caro.
“Que lo diga, que lo diga”, le cantaban ayer por la tarde a Axel Kicillof desde las primeras filas del acto en Villa Domínico, Avellaneda, en el cierre del plenario federal del Movimiento Derecho al Futuro. Sus partidarios le pedían que anunciara la candidatura presidencial que se viene cocinando hace años. Ante la insistencia, Kicillof se rio varias veces, pero no concedió. La metódica estrategia diseñada en La Plata estableció que la postulación será lanzada oficialmente en marzo. “Que lo postule todo el mundo, es lo mejor que nos puede pasar”, razonan en la gobernación bonaerense.
Si bien no lo dijo, pegó en el palo. “Cuenten conmigo para que el año que viene la Argentina tenga una alternativa que nos deje terminar con este modelo, pero, sobre todo, que nos permita empezar una etapa distinta”, propuso ante unos 20.000 partidarios. En el escenario, acompañaron ministros, legisladores, sindicalistas e intendentes bonaerenses y porteños, y representantes de provincias en las que Kicillof viene tejiendo hace tiempo, muchas veces con anuencia no explicitada de sus gobernadores, algunos impensables.
Hubo espacio en el predio de la Universidad Tecnológica Nacional para abordar cuestiones cruciales que suelen quedar eclipsadas en la doble pelea ante Javier Milei y Cristina. Kicillof mencionó “el indicador más doloroso de todos”, porque “están creciendo los suicidios”, que atribuyó a “tanta privación, tanta angustia, tanta incertidumbre y desprotección”. En 2025, se registraron 11,8 suicidios cada 100.000 habitantes, casi 60% más que en 2017 y el cuádruple de la tasa de homicidios.
Renuente a anunciar medidas concretas de un eventual gobierno nacional —el método elegido lo impide—, Kicillof fue por la negativa: “Seguro, no dejaría que el futuro de nuestros hijos quede en manos de cuatro empresas tecnológicas internacionales; no dejaría a nuestros pibes entregados a las aplicaciones de apuestas… No entraría en guerras que no son nuestras; no apoyaría ni genocidios, ni invasiones”. El gobernador bonaerense subsanó al menos elípticamente una respuesta confusa y descomprometida, impropia de lo que piensa, que había dado hace un mes en Uruguay, al ser consultado por los crímenes de guerra cometidos por Israel.
La hoja de ruta trazada por la mesa chica de Kicillof supone un crescendo de definiciones y fronteras políticas. Ayer también insistió en sellar acuerdos con otros opositores a Milei, varios de los cuales han hecho un culto en décadas recientes de pactar con cualquiera menos el kirchnerismo. No hay escenario que Kicillof imagine que lo haga desistir de la postulación: ni una muy poco probable candidatura de Cristina, ni un pacto entre San José 1111, Sergio Massa y gobernadores peronistas.
No entraría en guerras que no son nuestras; no apoyaría ni genocidios, ni invasiones
En la oficina de Kicillof manifiestan una voluntad de no llegar a ningún acuerdo con los Kirchner que implique reestablecer la jefatura política de la expresidenta. La única posibilidad de pacto que barajan es que, de cara a unas primarias presidenciales obligatorias, los hipotéticos rivales desistan de competir, lo que daría a Kicillof una posición de negociación de mucha mayor fortaleza.
La disputa entre Kicillof y Cristina lleva dos años en la superficie, pero había empezado bastante antes. La composición del primer gabinete de Kicillof en la provincia de Buenos Aires (2019-2023) dio lugar a forcejeos, que quedaron eclipsados por la pelea mayor de los Kirchner con Alberto Fernández. Ahí se fue toda la energía del Frente de Todos.
Aquella instancia de 2023 en la que el eje Instituto Patria-La Cámpora intentó digitar la candidatura presidencial de Kicillof y la posterior fallida imposición del impoluto Martín Insaurralde como compañero de fórmula para la gobernación terminaron de encender el conflicto. Lo que se manifestaba en sordina pasó a la luz pública.
La relatada prescindencia de Cristina entre su hijo Máximo Kirchner y su “hijo político” Kicillof se esfumó hace rato. Hoy impera el desplante y la crítica mordaz como manifestaciones cabales de lo que piensa la exmandataria. En el último encuentro entre Cristina y Kicillof, el 1 de octubre pasado, en el living de San José 1111, ella intentó recomponer la cadena de mando, sin éxito. Desde entonces, para el mundo Kirchner, el gobernador pasó a ser un “desleal”, si la descripción cuida las formas, o directamente un “traidor”. Para Kicillof, los Kirchner y La Cámpora están inmiscuidos en un espiral personalista con el fin de preservar el “legado” y las cajas, por encima del objetivo de derrotar al gobierno ultraderechista.
La rivalidad conduce a la formulación de una pregunta frecuente en círculos políticos y periodísticos sobre qué es lo que realmente diferencia a los Kirchner y Kicillof. “Que se dejen de joder”, reclaman los streamings peronistas, si tienen una tarde en la que no imitan las groserías del Soez. Otros manifiestan incredulidad. “No encuentro ninguna diferencia económica de fondo”, se quejan. En general, reducen la disputa a una cuestión psicologista o infantil. “Nadie entiende nada”, braman.
La pregunta sobre “qué diferencia realmente” a la expresidenta y el gobernador elude la pugna por la conducción del poder en sí misma, base normal de los choques en un mismo grupo político. Entre quienes se supone que están de acuerdo en trazos generales —por eso comparten partido—, más que programas, se dirime el liderazgo y los modos para llevarlo a cabo, y la trama de relaciones.
Por citar algunas de las internas más importantes de la democracia, Carlos Menem y Antonio Cafiero fueron protagonistas de la Renovación Peronista. En 1988, saltaban a la vista las diferencias de estilo, de terminales con las tribus del peronismo y los poderes fácticos, o de representatividad del AMBA versus el interior profundo, pero no había mayores distancias entre la vaga e inexplicada “revolución productiva” de Menem y los postulados de Cafiero.
¿Por qué Cristina subió y bajó candidatos, mandó al freezer a unos y consagró a otros? Porque pudo
En las internas antimenemistas entre José Bordón y Chacho Álvarez (1995), y Fernando de la Rúa y Graciela Fernández Meijide (1998), hubo perfiles más conservadores (Bordón y De la Rúa) y otros más progresistas (Chacho y Graciela), pero los segundos estaban tan o más convencidos que sus rivales de prolongar la convertibilidad sin el capítulo de la impudicia menemista. Al final, De la Rúa ganó la primaria, y lo de la impudicia no pudo ser.
Similar abordaje cabe para la derecha actual. Patricia Bullrich le hizo bullying de mil maneras a Horacio Rodríguez Larreta en la carrera de 2023, pero los equipos económicos eran casi compartidos. ¿Qué diferencia “programática” existe en la interna en ciernes entre Bullrich y Milei?
La disputa por el liderazgo no deslegitima la interna del peronismo. Cristina durante décadas obturó la disidencia en lo que se podría llamar peronismo de centroizquierda, puesto bajo el branding “kirchnerismo”. Se podrá cuestionar la amplitud de la expresidenta, pero la potestad de definir los límites de lo desafiable y de designar binomios presidenciales con un dedo paralizante no hizo más que confirmar su liderazgo.
¿Por qué Cristina subió y bajó candidatos, mandó al freezer a unos y consagró a otros? Porque pudo. Esa lógica llegó a su fin con el despertar de Kicillof, más allá de cómo salga la aventura.
La expresidenta está recluida en su departamento de Constitución, con años de prisión domiciliaria por delante. Le esperan juicios inminentes, todos redundantes en el turbio vínculo económico con el constructor Lázaro Báez. Cristina está impedida de ser candidata y, aunque podría tener voz en alguna red social, decide callar, con motivo, porque alguno de los jueces que la condenaron con saña podría privarla de la palabra si no le gusta algún mensaje. La paradoja es que Milei y Mauricio Macri, ambos autoproclamados autores intelectuales de la condena, tienen hoy menos popularidad que su enemiga presa.
Kicillof avanza por un camino que saque al peronismo de la trampa autorreferencial de los Kirchner, volcados a narrar la infalibilidad y grandeza de Cristina como razón primordial desde hace años. La pretensión se hace todavía más inverosímil con el recuerdo reciente del papel de la vicepresidenta del gobierno del Frente de Todos.
Los desafíos del gobernador bonaerense son muy agudos, tanto por arriba como por abajo. Debe trascender las fronteras de su provincia y llegar con igual fuerza a los barrios populares de Córdoba, Rosario, Comodoro Rivadavia y Salta, así como superar los límites que impone su condición de kirchnerista ante sectores medios y dirigenciales. No puede en ese tránsito perder su identidad, porque se licuaría y pasaría al olvido, como tantos otros que lo intentaron.
Más allá de cuánto deba diferenciar su propuesta económica de la de San José 1111, sobre unos y otros pesa una demanda de certezas programáticas. Al menos desde 2011, con dos mandatos peronistas transcurridos (Cristina II y Alberto), el peronismo no acierta un camino de crecimiento sustentable, sin desequilibrios que deriven en crisis inflacionarias.
Desde hace semanas, el gobernador bonaerense y sus ministros resaltan el concepto “orden fiscal” como uno de los requisitos del crecimiento. Para una estrategia tan pensada y orgánica como la de Kicillof, la alusión tiene un significado político y económico, que explicitará, por ejemplo, en la reunión con bonistas e inversores que mantendrá el martes en Manhattan, en el marco de una visita que podría incluir una foto con el alcalde Zohran Mamdani.
Apenas menciona el “orden fiscal”, el casi candidato presidencial enfatiza que no está dispuesto a extender el ajuste de Milei. “Si sigue cuatro años, no hay ciencia, no hay desarrollo, no hay más país”, advirtió ayer.
Kicillof establece que la reactivación del consumo es un primer paso indispensable para salir del cono recesivo al que empujó el dogma de Milei y Luis Caputo, en su tercer año de motosierra, camino al cuarto. ¿El precandidato peronista está dispuesto a devaluar algo y reestablecer barreras a las importaciones para cortar la dinámica de cierre de empresas y destrucción de empleo? ¿En qué medida? ¿Baraja aumentar impuestos a los ricos y retenciones al agronegocio y el petróleo para financiar medidas de impulso al consumo vía aumentos de jubilaciones y restablecimiento de la obra pública? ¿Se plantará ante el FMI para reformular la montaña de préstamos electorales concedidos a Macri y Milei en 2018 y 2025? Un mar de incógnitas que, por ahora, Kicillof no aclara.
Aun en horas bajas, Cristina hace y deshace. ¿Por qué, después de años de denuncias del lawfare, mientras lleva a cabo una demanda ante instancias internacionales, la expresidenta ordena al bloque de senadores votar el pliego de uno de los pasajeros del viaje que organizó Clarín a Lago Escondido y facilita varios ascensos de jueces por el estilo? Una vez más, porque puede.
Kicillof, en cambio, no tiene ese crédito. Un líder tiene un margen para incurrir en contradicciones y hacer tragar sapos a sus seguidores, como el voto a los jueces de Lago Escondido, dándose el lujo de decir que es un tema “aburrido y técnico”, o soslayar la responsabilidad por el persistente impulso político a Insaurralde, como hizo días atrás la senadora cristinista Juliana di Tullio. El desafiante tiene menos espacio para esas maniobras.
Hasta ahora, Kicillof salió indemne de casos de corrupción en su propio gobierno, porque una gran mayoría entendió que afectaron a funcionarios impuestos por Cristina o Sergio Massa. A la cabeza de su propio proyecto, ese margen lógicamente se esfumará.
Entre los kicillofistas, hay cultores convencidos de aquella máxima de Perón sobre los ladrillos que se hacen con bosta y barro. Puede ser, pero hay que tener cuidado, porque si reina el pragmatismo irreflexivo, sale mal.
“Sos una mierda Bergman (Myriam Bregman), sos una basura… sos una mierda prostituta. Te vendés, sos empleada de (Héctor) Magnetto, chupapija de (George) Soros (Bregman es judía). Por qué no te vas a la puta que te parió, Bergman. Llévense toda la escoria feminista de pañuelos verdes, toda la mierda cloacal del progresismo, hay que echarlas a patadas en el culo del peronismo. Sos el enemigo, sos basura”.
El autor de esa diatriba difundida en redes sociales es Santiago Cúneo, incorporado recientemente al PJ Bonaerense con honores por Andrés “El Cuervo” Larroque, uno de los principales armadores políticos de Kicillof.
Se trata de un conocido antisemita televisivo, con paso por Crónica TV, que fue sucesivamente macrista, kirchnerista y morenista en años recientes, y ahora encontró espacio en el peronismo de Kicillof, bajo la inteligencia de que era mejor subirlo al barco para evitar la fuga de un puñado de votos.
Bregman está obviamente afectada por el ataque, uno de los mayores que recibió en público en su vida. Con todo derecho, el Frente de Izquierda usará el caso como arma electoral. Feministas del gobierno de Kicillof manifiestan estupor, sin alzar la voz como colectivo. La ministra de Mujeres y Diversidad, Estela Díaz, ayer repudió los dichos de Cúneo en el plenario de Diversidades del encuentro en Villa Domínico.
No alcanza. Entre los kicillofistas que se atreven a hablar del tema, prima la idea de que se trató de simple una foto que no sella una adhesión, y que el gobierno bonaerense tiene para exhibir la acción del Ministerio de Mujeres, único en su tipo que quedó en pie entre los gobiernos provinciales tras la oleada antifeminista que llegó con Milei.
Como si fuera una cuestión de equilibrio y un proyecto político pudiera albergar una dosis de progresismo y otra de fascismo.
SL

La función presupuestaria donde aparece el organismo castrense tiene un aumento real del 60% comparado al 2026. El área de Karina Milei, que tiene a cargo el mantenimiento edilicio de la residencial presidencial, se ajustó con respecto a este año.
Javier Milei despidió el jueves al personal civil de la Quinta de Olivos y le dio más responsabilidades a la Casa Militar del Ejército para custodiarlo y atenderlo. La movida coincidió con la llegada del Presupuesto 2027 al Congreso, donde el organismo encargado de cuidar la espalda del Presidente recibe muchos más fondos que este año, mientras la partida que en teoría paga el mantenimiento y la seguridad de las residencias directamente pierde contra la inflación.
La cúpula del Gobierno decidió desplazar a todos los trabajadores civiles de la residencia. Trascendió que serían una docena, desde jardineros a cocineros. Hace poco ya había sido desplazado Osvaldo Sosa al frente de la Administración General de la Residencia Presidencial de Olivos. La medida reciente fue argumentada para “reducir la estructura formal y la cantidad de personal que allí permanece”. La jugada tiene como contrapartida el ascenso cada vez más de Mario Suli, la “sombra” de Milei y quien se encarga del cuidado de los perros del mandatario.
Casa Militar ahora asumirá “la responsabilidad integral de las funciones de seguridad de la Residencia Presidencial de Olivos”, además de las “residencias transitorias del Presidente de la Nación y de su familia”, rezó el comunicado oficial. El organismo está a cargo del coronel Sebastián Ignacio Ibáñez, que reporta a la hermanísima.
El documento oficial del Presupuesto 2027 no tiene partidas referidas puntualmente a funciones como “Quinta de Olivos” o “Casa Militar”. Pero sí tiene dos números que, aunque mezclan varias cosas a la vez, son lo más cerca que se puede llegar para entender –al menos en parte– cuánto le costará a los argentinos la vida cotidiana del jefe de Estado el año que viene: $84.190 millones del lado de la Presidencia, y $362.541 millones del lado del Ejército.
Vale aclarar: ninguno de los dos es un gasto “puro”. Son partidas más grandes, compartidas con otros edificios y otras áreas, y el propio texto oficial explica por qué no se pueden desagregar. Pero son los únicos números concretos que existen.
En la página 259 –de 1443– del Anexo por Jurisdicciones del Presupuesto se afirma que la Secretaría General de la Presidencia de la Nación, es decir Karina Milei, tiene dos funciones clave al respecto. Por un lado, “entender en el resguardo y preservación del patrimonio edilicio, cultural e histórico de la Casa de Gobierno, la Residencia Presidencial de la Quinta de Olivos, la Residencia Presidencial de Chapadmalal con el fin de preservar la memoria histórica y cultural de la investidura presidencial”. Y por otro, “proveer la seguridad del señor Presidente de la Nación, como así también de la Casa de Gobierno, Residencia Presidencial de Olivos y otros lugares de residencia transitoria del señor Presidente”.
Los $84.190 millones son la suma de dos actividades del Programa 16 “Conducción del Poder Ejecutivo Nacional”, a cargo de la Secretaría General de la Presidencia: $79.771 millones para “Coordinación Técnica Administrativa” –el mantenimiento y funcionamiento general de los edificios presidenciales– y $4.419 millones para “Seguridad, Logística y Comunicaciones” –la custodia del Presidente–. El propio anexo dice que esas dos actividades cubren, sin separar cuánto es de cada uno, la Casa de Gobierno, la Quinta de Olivos y la residencia de Chapadmalal.
En 2026, la misma suma –verificada contra la Ley 27.798, la ley votada– fue de $82.125 millones. La diferencia son apenas 2.222 millones de pesos más para 2027, un aumento que no le gana a la inflación proyectada por el propio Gobierno (18% para el año que viene): en poder de compra, es una caída del 12,9%.
A su vez, en la Jurisdicción 45-21, Estado Mayor General del Ejército Argentino, dentro de la Categoría 01 “Actividades Centrales”, aparecen los $362.541 millones. Ahí, la Actividad 01 “Conducción y Coordinación” es la única partida de todo el Presupuesto que menciona a la Casa Militar por su nombre: el anexo dice literalmente que esa actividad financia “áreas tales como la Casa Militar de la Presidencia de la Nación, la Inspectoría General del Ejército, la Secretaría General del Ejército y la Secretaría de Coordinación SUBJEMGE, entre otras”. Las cuatro áreas comparten ese único número, sin que el Presupuesto diga cuánto corresponde a cada una. En 2026 esa misma partida fue de $190.486 millones: la diferencia con 2027 son 172.055 millones de pesos más, un salto del 90,3% nominal que equivale a un 61,3% en términos reales.
MC

Fue símbolo mediático de los noventa, sobrevivió al desprestigio del menemismo y construyó con Infobae una segunda vida que lo llevó al centro del establishment. A los 65 años, su condición zigzagueante hace que todavía no descarte una candidatura presidencial.
María Cafferata - Bullrich se despega, los aliados se rebelan y el Gobierno se pisa solo con el Presupuesto
El velocímetro ya había pasado los 180 cuando Daniel Hadad volvió a acelerar. A pocos metros, sobre otras motos, Rodolfo Galimberti y Jorge “Corcho” Rodríguez hacían lo mismo. Recorrían una de las rectas del autódromo de la ciudad de Buenos Aires hasta rozar los 280 kilómetros por hora. Durante un rato, dieron vueltas al circuito como tres amigos que habían ido hasta allí solamente para correr. Desde los costados, la escena atraía algunas miradas. Ninguno de los tres parecía registrarlas. Habían ido a divertirse.
“Galimba”, uno de los nombres más conocidos de Montoneros, había dejado muy atrás la militancia revolucionaria y el exilio para reinventarse en el mundo de los negocios. El “Corcho” Rodríguez era otro personaje perfectamente adaptado a la fauna de la década: adorador del dinero, habitué de la noche porteña y amigo de famosos y políticos, su noviazgo con Susana Giménez terminaría de convertirlo en una celebridad por derecho propio. Hadad, de la misma generación que Rodríguez, estaba en pleno ascenso y empezaba a convertirse en uno de los periodistas con mayor llegada al poder. Los tres eran, cada uno a su manera, criaturas de una Argentina en la que mundos que parecían incompatibles habían empezado a mezclarse con sorprendente facilidad.
Hadad mostró desde joven una habilidad que con los años convertiría casi en un método: moverse entre mundos distintos y acercarse a personajes que rara vez aparecían juntos en una misma fotografía. La escena del autódromo era casi una miniatura de la vida que terminaría construyendo, entre otros colegas periodistas, empresarios y banqueros. Hadad aprendería a circular entre todos ellos como pez en el agua.
Su propia trayectoria también tendría algo de ese nado permanente. Quienes lo conocen desde hace décadas describen una manera particular de moverse. Hadad rara vez avanza en línea recta. Prefiere la diagonal: tantear el terreno, conservar interlocutores en lugares enfrentados y evitar, siempre que pueda, quedar encerrado demasiado pronto en una posición. Esa condición zigzagueante lo acompañó tanto en los negocios como en su relación con la política y ayuda a explicar una trayectoria que hoy lo posiciona en la carrera por una candidatura presidencial en 2027.
Mucho antes de convertirse en el zar de los medios, Hadad aprendió a rebuscárselas. Nació en Buenos Aires en 1961 y creció lejos de los círculos que frecuentaría de adulto: su padre era vendedor y su madre, maestra. Esa distancia entre el origen y el empresario que décadas después recibiría presidentes y magnates en sus oficinas forma parte de la historia que él mismo cultivó sobre su vida: la del hombre que llegó desde afuera y aprendió rápido cómo entrar.
Estudió Derecho en la Universidad Católica Argentina (UCA), pero los tribunales nunca parecieron ofrecerle lo que encontró en el periodismo. Un micrófono servía para hacer preguntas, aunque también podía cumplir una función bastante más interesante: abrir puertas. Hadad entendió temprano que la profesión permitía acceder a personas y lugares que de otra manera quedaban reservadas para unos pocos. Y empezó a aprovecharlo.
La política apareció casi enseguida. En los primeros años de la democracia se acercó a la Fundación Universitaria del Río de la Plata, la FURP, una institución dedicada a la formación de jóvenes dirigentes que durante décadas reunió, y continúa haciéndolo, a figuras provenientes de la política, el empresariado, la diplomacia y el periodismo. Uno de sus rasgos distintivos fue siempre su vínculo directo con el establishment norteamericano, a través de programas e intercambios que permitían a sus integrantes entrar en contacto con centros de poder de los Estados Unidos. En 1984, con 23 años, Hadad viajó allí y tuvo una primera aproximación a ese mundo al que volvería una y otra vez. Aquel país terminaría ocupando un lugar persistente en su imaginario, primero como referencia para pensar los medios y los negocios y, muchos años después, como plataforma para la expansión de Infobae.
Pero la principal escuela estaba en Buenos Aires. Hadad comprendió que en el periodismo argentino una buena agenda podía valer tanto como una buena primicia y se dedicó a construir la suya con paciencia. Conseguir números de teléfono era apenas el comienzo. Después había que llamar, sostener el vínculo, saber escuchar y, sobre todo, evitar cerrar puertas. Era una época, además, en la que la frontera entre entrevistar al poder y frecuentarlo podía ser bastante tenue.
Antes de instalarse en ese mundo, Hadad también hizo calle. En enero de 1989 era cronista de exteriores de Teledós Informa, el noticiero conducido por Pinky, cuando le tocó cubrir uno de los episodios más violentos de aquellos años: el copamiento del Regimiento de Infantería Mecanizada 3 de La Tablada por parte del Movimiento Todos por la Patria (MTP). Hadad transmitió desde el lugar mientras el Ejército intentaba recuperar sangrientamente el cuartel, en una cobertura extensa y caótica que se convirtió en una de sus primeras apariciones televisivas.
Al poco tiempo, Hadad descubrió que había otra alternativa, menos expuesta y acaso más decisiva, para la carrera que terminaría construyendo: la cercanía con quienes tomaban las decisiones. Bernardo Neustadt encarnaba por entonces ese modelo mejor que nadie. Acercarse a su mundo significaba empezar a circular por otros ambientes, en los que aprendió una lección que después llevaría mucho más lejos: para influir no alcanzaba con conseguir la entrevista. Era mucho mejor ser dueño del micrófono.
El momento histórico ayudó. La llegada de Carlos Menem a la presidencia abrió una década en la que, al calor de las privatizaciones, se reordenaron fortunas, aparecieron nuevos empresarios y cambió de manos buena parte del poder. Los medios formaron parte de esa transformación. Periodistas que hasta entonces cobraban un sueldo descubrieron la vocación empresarial, mientras banqueros y contratistas descubrían, por su lado, las ventajas de tener cerca una radio, un canal o un diario. Las fronteras entre unos y otros se volvieron convenientemente borrosas.
Para comienzos de los 2000, Hadad ya había conseguido poder, dinero y audiencia. Lo que todavía no había conseguido era respetabilidad. En buena parte del periodismo argentino seguía siendo un apellido incómodo, demasiado pegado al menemismo, a sus negocios y a algunos de los personajes que habían prosperado alrededor del poder a fines del siglo pasado. Hadad podía llegar hasta los despachos más importantes del país, pero eso no significaba necesariamente que le abrieran con la misma facilidad las puertas del prestigio.
El cambio de época terminó de dejarlo del lado equivocado de la fotografía. El 2001 modificó el clima cultural de una parte del periodismo. Con la llegada de Néstor Kirchner al poder, una sensibilidad progresista que durante los noventa había ocupado un lugar más contestatario ganó centralidad en redacciones, radios y canales. Hadad reunía demasiados atributos del mundo que empezaba a quedar bajo examen.
Pocas piezas retratan mejor aquella distancia que Vale todo, la biografía no autorizada que Romina Manguel y Javier Romero publicaron en 2004. El libro reconstruía el ascenso de Hadad, sus negocios y sus relaciones políticas, empresariales y financieras. Pero quizás el documento más revelador del clima de época esté antes de que empiece la investigación: en el prólogo que escribió Jorge Lanata.
Lanata no se anduvo con sutilezas. Presentó a Hadad como “uno de los personajes públicos más odiados de la Argentina” y lo ubicó entre las personas acusadas por hechos de corrupción vinculados con su trabajo. Pero fue bastante más lejos. Para él, Hadad era una metáfora de un sector del país que había quedado “fascinado con el ejercicio del poder desnudo” y había colaborado con la construcción de la cultura menemista. En una de las comparaciones más brutales del texto, colocó a Hadad junto a nombres como Raúl Moneta, Gerardo Sofovich o Jorge Asís, a quienes describió como los “Astiz del menemismo”. Una suerte de “grupo de tareas” que habría hecho el “trabajo sucio” desde los medios.
El tono del prólogo hoy resulta llamativo no sólo por lo que dice sobre Hadad, sino por lo que revela del periodismo que lo juzgaba. Lanata describía los años de Menem como “los años de la cocaína” y asociaba aquella década con el éxito rápido, el cinismo y la indiferencia frente a sus consecuencias sociales. En ese relato, Hadad dejaba de ser simplemente un empresario periodístico que había crecido cerca de un gobierno para convertirse en la encarnación mediática de todo aquello que una parte del nuevo mainstream periodístico quería dejar atrás.
Hadad era la oveja negra.
Veinte años después, la fotografía sería casi exactamente la inversa.
Una tarde de abril de 2026, Hadad recibió un doctorado honoris causa en la Universidad Nacional de La Matanza. Bastaba mirar las butacas para entender cuánto habían cambiado las cosas. Había jueces, ministros, empresarios y dirigentes peronistas, macristas y libertarios, muchos de ellos acostumbrados a enfrentarse entre sí. Esa tarde habían encontrado algo en lo que ponerse de acuerdo: homenajear a Hadad.
La universidad celebró su aporte al periodismo y la expansión internacional de Infobae. Hadad escuchó los elogios y agradeció emocionado. “Esto es un mimo al alma”, dijo. El empresario cuya biografía no autorizada había servido para hurgar en las zonas más turbias de la relación entre medios, dinero y política recibía ahora la máxima distinción de una universidad pública rodeado por una muestra bastante representativa del poder argentino. La oveja negra se había convertido en vaca sagrada.
Infobae fue decisivo en esa metamorfosis, aunque el camino hasta allí tuvo bastante menos de epopeya de lo que después podría sugerir el resultado. Hadad apostó temprano por internet, pero terminó concentrándose por completo en el portal después de desprenderse, bajo presión durante el segundo gobierno de Cristina Kirchner, de C5N y de sus radios, que quedaron en manos del empresario Cristóbal López. Él siempre presentó aquella salida como traumática. “Tuve que vender”, le dijo entonces a Oscar González Oro. En una de las entrevistas de su reciente raid mediático volvió sobre aquel momento: recordó que el 12 de octubre de 2012 entregó los medios y que al día siguiente salió a la calle y sintió que no tenía “a dónde ir”.
La salida forzada terminó empujándolo hacia el activo que había conservado y que por entonces ocupaba un lugar bastante más lateral en su imperio. Infobae pasó de ser aquel hermano menor a convertirse en el centro de todo. Con redacciones y audiencias en distintos países, el portal alcanzó una dimensión internacional que ninguno de sus medios anteriores había tenido. Y el éxito hizo algo más: le dio a Hadad una legitimidad que el viejo dueño de Radio 10 nunca había terminado de conseguir.
Después llegaron los reconocimientos. La UBA premió su trayectoria, recibió el Konex de Platino, la Legislatura porteña lo declaró Ciudadano Ilustre. Este año, el Congreso Judío Latinoamericano volvió a distinguirlo en Montevideo, en un encuentro al que asistió el presidente Yamandú Orsi. Para entonces, Hadad ya no buscaba ingresar al establishment. Era parte de él.
En ese sentido, quizás la posibilidad presidencial sea menos extravagante si se la mira como el último movimiento de una trayectoria construida precisamente a fuerza de correr un poco más lejos cada vez que alcanzaba una meta. Manguel y Romero cuentan una anécdota que parece escrita para este momento. Una tarde de primavera, cuando Hadad todavía no había comprado Radio 10, almorzaba con Galimberti en la vereda del restaurante Lola, en Recoleta. Hadad estaba cansado y le confesó a su amigo que tenía un límite: “El día que tenga dos palos verdes me retiro”.
“El Loco”, como apodaban a Galimberti sus amigos, no le creyó. Le respondió que cuando tuviera dos millones iba a querer cuatro. Hadad aceptó el desafío: entonces se retiraría cuando llegara a cuatro. “No. Ahí vas a querer ocho. Cuando tengas ocho, dieciséis”, retrucó el ex montonero.
Más de dos décadas después, Hadad tuvo bastante más que Radio 10. Manguel y Romero encontraron en aquella conversación una definición que terminaría sobreviviendo al resto de su libro: “Hadad desde muy chico fue estirando el elástico de sus ambiciones de manera que, una vez alcanzadas, siempre hubiese un poquito más”.
PL/MG

"Estaría muy bien tener un ingreso fijo", "emprender es cada vez más difícil" y "tenés que terminar muriendo en la fábrica" son algunos de los testimonios que recoge el antropólogo y sociólogo Pablo Semán en encuestas. Los trabajadores que pasan de empleo privado formal al informal o al cuentapropismo ganan entre 14% y 28% menos.
Más de 31 mil empresas cerraron en Argentina desde que Javier Milei llegó al poder
Al antropólogo y sociólogo Pablo Semán no le sorprendió la victoria de Javier Milei en las primarias presidenciales de 2023. Ya venía investigando a los jóvenes varones que le dieron el triunfo desde la pandemia de 2020. Este investigador del Consejo de Investigaciones Cientíticas (Conicet) ahora está detectando en sus encuestas cualitativas, en sus paneles de conversación con muchachos del conurbano bonaerense, pero también del interior de esta provincia, como Chascomús, o de Rosario, que comienza a aparecer una cierta desilusión con el emprendedurismo que se incluía dentro de la ideología libertaria, aunque ello no implica que hayan dejado de apoyar el experimento de Milei.
No es extraña la desazón. El sector privado registrado emplea a 240.000 personas menos que en 2023, mientras ahora hay 164.000 monotributistas más, incluidos choferes y repartidores de aplicación, y 506.000 trabajadores informales más, según datos del Instituto de Estadística (Indec). Pero que los pasaron de ser empleados del sector privado “en blanco” a uno “en negro” -como se dice en la calle- bajaron sus ingresos en 13,9% y aquellos que se reconvirtieron en trabajadores por cuenta propia, un 27,8%, según advierte la consultora C-P, de los economistas Federico Pastrana y Pablo Moldovan, a partir de los testimonios de personas concretas con esa trayectoria laboral que aparecen en los paneles de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) del Indec.
“Solamente muestran el empleo formal, como si el empleo informal no fuera empleo. Suelen degradarlo diciendo que no es empleo de calidad”, sostuvo Milei hace pocas semanas en el congreso anual del Instituto Argentina de Ejecutivos de Finanzas (IAEF). Al menos las estadísticas muestran que en el informal se gana menos y se carece de cobertura médica y de aportes a la futura jubilación. Como monotributista se cobra una cifra inferior aún inferior, se puede acceder a un puñado de obras sociales con pocas prestaciones, se aporta poco para el retiro y se carece de licencias por vacaciones, enfermedad o maternidad.
Los jóvenes quizás no han experimentado ese tránsito de empleado formal de una empresa a la precariedad o el emprendedurismo. Pero su visión sobre ambos comienza a cambiar, según constata Semán. “Hacia 2023 se expresó en las urnas un sentido común que se había forjado en los lustros anteriores: desde el punto de vista económico cada uno se las arregla como puede y con lo que tiene”, recuerda el autor del libro Está entre nosotros. ¿De dónde sale y hasta dónde puede llegar la extrema derecha que no vimos venir? (Siglo XXI, 2023). “Cualquier expectativa de asignación de recursos mediada o determinada por él estaba deslegitimada por su costo colectivo y por la arbitrariedad que se suponía que originaba. Estos eran los conceptos duros de un electorado que independientemente de su variabilidad se había volcado a posiciones en las que la sociedad era igual al mercado y sus contingencias.”
“Últimamente en una parte de los electores surgen formas de resignificación y desvío de esa posición”, ha descubierto Semán en sus diálogos frecuentes con jóvenes. “No nos referimos aquí a los que rechazan desde siempre o pasaron a rechazar directamente a Milei sino a aquellos que discuten desde adentro, desde su experiencia, los supuestos sociales que llevaron al gobierno al actual presidente.”
“En discusiones grupales y en entrevistas surgen posicionamientos reveladores de los modos, no la del quantum, de erosión de consensos sociales”, apunta el investigador del Conicet. Aparecen algunos que “ven de distintas maneras la clausura del camino de la 'autonomía económica'”. “Cuando se discute, por ejemplo, sobre la crisis de ingresos y la imposibilidad de llegar a fin de mes nuestros interlocutores señalan que 'estaría muy bien tener un ingreso fijo'. Este señalamiento es muy significativo porque en contextos semejantes a los que hicimos este relevamiento pero hace cuatro años un posicionamiento como este hubiera significado recibir la crítica de parásito o de ser una persona poco valiente e incapaz de asumir el riesgo cotidiano. La simple afirmación de la preferencia por un ingreso fijo implica una discusión en uno de los supuestos básicos de aquel consenso que hoy está mostrando en este punto rajaduras más importantes que la variabilidad del voto.”
“En ese mismo contexto de interlocuciones grupales vemos emerger referencias a la dificultad de emprender”, continúa Semán. “'Emprender es cada vez más difícil', nos decía un interlocutor que también era consciente del carácter polémico de esa afirmación que se confrontaba a lo que antes aparecía como la solución a la mano de cualquiera que tuviera un mínimo de voluntad y no estuviese esperando que le solucionen los problemas, como se decía tan fácilmente en el mismo tipo de conversaciones y grupos sociales hace unos pocos años.”
“La decepción con el agotamiento de esa posibilidad aparece en otro de nuestros entrevistados: 'Yo todavía puedo emprender –se refería a un conjunto de actividades que iban desde lo que llamaríamos changas hasta la venta de productos por internet–, pero mi hermano ya no puede. Al final, como él, tenés que terminar muriendo en una fábrica'. El empleo fijo, objeto del repudio previo, es en este caso, aúnque denostado, visto como un destino inevitable”, continúa observando el sociólogo formado en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y doctor en antropología de la Universidad de Río Grande do Sul, Brasil. “En la misma senda de la promesa imposible está el caso de una de nuestras entrevistadas que en los últimos tres años pasó de un pequeño emprendimiento textil del cual tuvo que vender las máquinas para pagar las deudas a la venta de perfumes consignados y de allí a la tentativa frustrada rápidamente de comprar y vender productos de Temu. Al final de ese recorrido nos decía: 'Siento que me muevo en arenas movedizas, finalmente mejor quedarse quieto'.”
“Esa decepción tiene grados más avanzados en una circularidad que no sabemos qué pronóstico tiene: la parálisis de los que no encuentran que más hacer, que han visto todos su proyecto fracasar y caen en accesos de ira como el que registramos en una plaza en que un repartidor de Rappi que intentaba cargar un mueble para reciclar y, al no poder hacerlo, gritó: '¡Mierda, qué vida de negro, hermano!'”, continúa Semán. “El trecho breve pero pleno de ribetes interpretables revela el enojo con el fracaso en términos de los parametros laborales y sociales que, incluso en la lona, se defienden. Sin embargo, a este grado de tensión le sucede una reacción más recurrente en muchos de nuestros interlocutores jóvenes. En muchos de ellos ya no hay palabras, sino, sobre todo inmovilidad y depresión: todo lo que aparece como problemas de salud mental es en realidad una sensación, esta sí ampliamente presente, de desazón que se expresa en retracción de todo tipo de proyecto. De un grupo de seis jovenes mileístas que entrevisté en 2023 dos estaban desocupados, dos deprimidos y dos con ingresos menores a los que tenían en 2023”, apunta.
Pero atención: la desesperanza no se traslada en voto opositor. :La distancia con los puntos propios del mileísmo social emergente en 2022/2023 surge, se manifiesta, pero no se redistribuye exclusivamente hacia la oposición a los valores mileístas o contra el Gobierno“, aclara Semán. ”A veces sedimenta como escepticismo, otras como renovación en un nivel menor de esperanza, pero como reaseguro de que el pasado no vuelve. Finamente, no faltan los que en el camino desarrollan nuevos argumentos para renovar esa misma esperanza y promueven la capacidad de adaptación“, concluye.
Eso se explica en parte por una reflexión posterior de Semán: “¿Pero qué otra cosa les queda a las personas? Una cosa es el emprendedurismo esperanzado y otra cosa es el emprendedurismo obligado y con pesimismo. Es el punto previo al decir 'yo ya no sé más qué hacer', 'no hay más salidas'”. Habrá que ver cómo evoluciona la economía y la situación social de aquí a un año, de un presente con riesgo de recesión, a las elecciones presidenciales para dilucidar si Milei logra reelegirse.
“Si bien el fenómeno de la informalidad trasciende a las políticas de este gobierno y está relacionado con la incapacidad de la economía de generar un crecimiento sostenido, desde 2024 se observa un crecimiento importante en el empleo asalariado privado no registrado y el cuentapropismo, que compensa parte de la caída en el empleo formal”, observa un informe de la consultora C-P. “Esto explica por qué la tasa de desempleo no crece a una velocidad mayor. El empleo informal opera como empleo refugio de parte de la destrucción de puestos de trabajo registrados, tanto en el sector privado como el público”, señala, aunque la desocupación aumentó en un año del 7,6% al 7,9%.
“El crecimiento de la informalidad –en un año subió del 43,2% al 45%– no solo está asociada a la caída del empleo registrado sino a la reproducción de la crisis de ingresos que atraviesa la economía argentina en la actualidad”, explican Pastrana y Moldovan. :La informalidad retroalimenta una economía de bajos ingresos y baja productividad, dado que no sólo deprime los ingresos familiares sino también la demanda interna.“
Los datos de los paneles de la EPH demuestran que “dentro de los trabajadores que tenían un empleo en el sector privado registrado y migraron a otro al año siguiente, el 26% consiguió un trabajo en el sector público, el 47% uno no registrado y el 27% en el cuentapropismo”, cuenta C-P. Sí, el Estado contrata: no el nacional, salvo los funcionarios libertarios, pero sí el provincial o el municipal. “Ahora bien, todos los trabajadores asalariados privados registrados que perdieron su trabajo y consiguieron otro como refugio sufrieron una caída importante de su ingreso real. Aquellos que consiguieron un empleo en el sector público, perdieron 5% de su poder adquisitivo. Solo lograron sostener sus ingresos quienes pudieron seguir teniendo un empleo registrado en el sector privado.”
“Los cambios regulatorios introducidos por la reforma laboral podrían estar afectando la dinámica del empleo formal, en un contexto donde estas tendencias se intensifican debido a que la economía real atraviesa un proceso de ajuste estructural”, advierten Pastrana y Moldovan. “Uno de los pilares de la reforma fue la flexibilización laboral, junto con la reducción de los costos de contratación y la facilitación de los despidos. Lejos de fomentar la creación de empleo privado registrado, esta agenda de flexibilización y reducción de costos laborales tiene un impacto limitado sobre la generación de empleo formal, mientras que sí favorece una mayor rotación e inestabilidad laboral, al abaratar las contrataciones y facilitar las desvinculaciones. Esto ayuda a explicar la reducción de personal en las empresas: en un escenario de alta capacidad ociosa y bajas ventas y producción, donde sobra personal, la mayor facilidad para despedir acelera las bajas y repercute de forma más directa e inmediata en la pérdida de empleo formal”, agregan.
AR