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La iniciativa busca “sacar de la oscuridad” armas irregulares, pero el contexto evidencia más permisos, más importaciones y mayor circulación. Entre 2023 y 2025 la cantidad de armas registradas creció un 41,9%. En paralelo, las importaciones se triplicaron en ese mismo período y las tenencias autorizadas aumentaron más de un 20%.
El Senado avanzó con el proyecto de regularización de armas de fuego impulsado por el oficialismo, una iniciativa que el Gobierno de Javier Milei presenta como un intento de “ordenar” un universo ya existente. Sin embargo, los propios datos oficiales y los relevamientos independientes abren una pregunta incómoda: ¿se trata de una política de control o de una expansión encubierta del acceso a armas?
El dictamen, firmado en plenario de comisiones con el respaldo de La Libertad Avanza, la UCR, el PRO y aliados provinciales, retoma un texto que ya cuenta con media sanción de Diputados desde octubre de 2024. La propuesta combina dos ejes: por un lado, un régimen de regularización para quienes poseen armas no registradas, con un plazo de 360 días para presentarse; y, por otro, la prórroga del programa de entrega voluntaria, anónima y con incentivo económico hasta fines de 2027.
La defensa del proyecto estuvo a cargo del director del Registro Nacional de Armas, Juan Pablo Allan, quien puso sobre la mesa una cifra contundente: cerca de 800 mil armas estarían en situación irregular. El funcionario detalló que hay más de 595 mil armas en manos de usuarios con credenciales vencidas y otras 355 mil en situación regular. Bajo esa lógica, el objetivo del oficialismo sería “sacar de la oscuridad” ese stock y llevarlo al circuito formal.
Pero el problema es que ese diagnóstico convive con otra realidad que el propio Estado reconoce (aunque de manera fragmentaria): el mercado legal de armas ya está en expansión.
Según datos oficiales procesados en un informe reciente del INECIP (Instituto de Estudios Comparados en Ciencias Penales y Sociales), entre 2023 y 2025 la cantidad de armas registradas creció un 41,9%. En paralelo, las importaciones se triplicaron en ese mismo período y las tenencias autorizadas aumentaron más de un 20%. Es decir, incluso antes de cualquier “blanqueo”, el acceso legal ya venía en alza.
El dato más inquietante, sin embargo, aparece en las autorizaciones de portación. De cifras marginales durante años (6 en 2022 y 7 en 2023), se pasó a 1.230 en 2024 y a 17.500 en 2025. El salto es tan abrupto que ni siquiera, según el informe al que accedió elDiarioAR, los propios registros oficiales logran explicarlo con claridad.
En ese contexto, la idea de que el proyecto se limita a regularizar lo existente pierde fuerza. Más aún cuando otro indicador clave, como lo es la cantidad de nuevos usuarios, se mantiene relativamente estable. No hay una explosión de demanda que justifique el crecimiento del resto de las variables.
La pregunta, entonces, se vuelve inevitable: si no hay muchos más usuarios, ¿por qué hay muchas más armas?
El oficialismo ensaya una respuesta apoyada en la modernización del sistema. Allan destacó la digitalización de trámites, la posibilidad de gestionar permisos en armerías y la eliminación de “barreras burocráticas innecesarias”. También mencionó mecanismos de control sobre compras masivas y desvíos hacia el delito. En paralelo, Patricia Bullrich vinculó la iniciativa con la necesidad de prevenir hechos de violencia, en particular en escuelas, en medio de una serie de amenazas recientes a lo largo y ancho del país y que tiene como triste antecedente lo sucedido en el colegio de San Cristóbal, Santa Fe, donde un alumno entró con una escopeta y asesinó a Ian Cabrera, de 13 años.
Sin embargo, el propio informe advierte sobre otro fenómeno que tensiona ese argumento: el desvío de armas legales hacia el mercado ilegal. En los últimos años, se registran en promedio ocho denuncias diarias por armas robadas o extraviadas. Y dentro de ese universo, los casos vinculados a usuarios individuales crecieron más de un 40% en 2025.
Cada una de esas armas representa una pérdida de control estatal. Y, potencialmente, un ingreso al circuito ilegal.
Así, el proyecto queda atrapado en una contradicción de base. Mientras promete ordenar, se despliega en un contexto donde la circulación ya se está ampliando. Mientras habla de control, convive con datos que muestran inconsistencias y vacíos de información. Y mientras plantea combatir la ilegalidad, reconoce de manera implícita que el propio sistema formal puede ser una de sus fuentes.
A eso se suma un problema estructural: desde 2023 el Estado dejó de publicar estadísticas completas sobre armas de fuego. Los datos disponibles surgen de pedidos de acceso a la información y, aun así, llegan incompletos. No hay cifras acumuladas de armas ni de usuarios al cierre de 2025, y algunos registros presentan inconsistencias metodológicas.
En ese marco, el Congreso se encamina a debatir una ley clave con información parcial y en un escenario que, lejos de estabilizarse, parece estar en movimiento.
JIB

El estancamiento económico, reflexiona Thiel, es el Anticristo y esto es, a su juicio, lo que hoy representa Europa. También le pone nombre de mujer: Greta Thunberg. El magnate se reúne este jueves con el presidente Javier Milei.
Milei recibe al magnate Peter Thiel en la Casa Rosada y refuerza su vínculo con el poder tecnológico global
Vamos a comenzar por el final. El fin del mundo para Peter Thiel es el estancamiento, algo que percibe aún más peligroso que el Armagedón. El estancamiento económico, reflexiona, es el Anticristo y esto es, a su juicio, lo que hoy representa Europa. También le pone nombre de mujer: Greta Thunberg.
Cuando Thiel argumenta ralentiza los conceptos como si midiera el peso de las palabras en la reacción de su interlocutor. No duda, otea. No arriesga, administra las frases pero el lenguaje de su cuerpo lo traiciona y refleja el movimiento de cada pensamiento. Cuando Ross Douthat, en su podcast del Times, le pregunta por el control que ejerce Dios sobre la historia, Thiel, un profundo religioso, se agita e incómodo, interroga a su vez a Douthat, interesado en saber si está convirtiendo a Dios en un chivo expiatorio. Esto lo aprendió con René Girard.
Hay que recordar que Thiel está considerado uno de los intelectuales más influyentes de la derecha de las últimas dos décadas. Alguien que observa que la historia vivió entre la Revolución Francesa y el Mayo del 68 una verdadera aceleración y que en los últimos cincuenta años está simplemente detenida: no pasa nada. Por supuesto que estas efemérides no son las que usa él, ya que los acontecimientos mencionados le producen irritación: prefiere señalar la llegada del hombre a la Luna como el final del crecimiento y la masacre de Charles Manson como el triunfo de los hippies y la madre de nuestra decadencia.
Joan Didion percibió en aquel momento que el centro cedía, según cuenta en una crónica de Arrastrarse a Belén y en El álbum blanco, donde vibran los ecos entonces recientes de la masacre del clan Manson. Quizás ha muerto sin saber que un cryptobro, vecino de Los Ángeles, vio también allí un quiebre, pero que, muy lejos de ella, propone disolver el mundo como plan de restauración.
¿Qué hace un magnate del Silicon Valley teorizando y liderando el supremacismo tecnológico desde la trastienda del gobierno de Donald Trump? Repetir lo que hacía en sus años de estudiante en el campus universitario cuando asumió el rol de intelectual hiperagresivo y fundó la revista conservadora The Stanford Review desde donde combatía, aun siendo gay, los planteos a favor de la diversidad. En aquellos años, señala Max Chafkin, autor de The Contrarian, una biografía no autorizada, que Thiel era también un defensor del apartheid porque, argumentaba, había permitido el alto desarrollo de Sudáfrica en comparación con los demás países africanos. Su padre fue ingeniero de minas en Namibia y el pequeño Peter crecía en una reserva de población blanca entre comodidades que contrastaban con las condiciones de vida esclavizantes de los trabajadores negros bajo las órdenes de su progenitor. Thiel nunca miró el mundo desde un costado.
En Stanford conoce al pensador francés Rene Girard e inmediatamente se integra a su grupo de estudio. Girard es autor de la teoría mimética que postula que los deseos humanos no son innatos, sino que se forman a partir de la imitación de los demás. Aquello que moviliza al sujeto, sostiene, es la competencia con otro para obtener el objeto que desea: deseamos lo que desea el otro, le imitamos, lo cual nos lleva al enfrentamiento. Cuando la disputa pasa de lo personal a lo colectivo, hace falta un chivo expiatorio para resolver el proceso. Cristo, quizás, sea el más célebre.
Cuando años después se cruza con Mark Zuckerberg, quien le pide apoyo económico para su plataforma, Thiel atiende el hecho de que Facebook comenzó como Facemash en Harvard, que permitía a los estudiantes comparar sus fotos y elegir, es decir, desear, y expresarlo con un «me gusta» entrando en una competición virtual. El modelo le pareció un ejercicio práctico de la teoría de Girard. Esa epifanía le ha permitido ser actualmente socio accionista de Meta.
Si bien Thiel se considera un discípulo de Girard, solo ha tomado de su sistema de pensamiento aquello que le permite proyectar el suyo.
En 2004 Thiel establece claramente su punto de mira al pronunciar una conferencia ampliamente difundida y que sigue siendo el eje de su narrativa, El Momento Straussiano, en la que sostiene que los ideales liberales de la Ilustración —tanto el racionalismo como los derechos individuales y una economía consecuente con esos valores– son insuficientes para hacer frente a los peligros que plantean los adversarios impulsados por ideologías como la ley musulmana.
Thiel sigue ahora al filósofo clasista Leo Strauss, quien sostenía que la modernidad y la Ilustración erosionaron los mitos fundacionales que unificaban las sociedades. Plantea, entonces, un encuadre político que funcione al margen de los controles y equilibrios de la democracia representativa; un marco excepcional controlado por una vanguardia elitista que opere en la sombra, sin el lastre de la supervisión democrática. La sociedad necesita riesgo y disrupción, sostiene Thiel. Trump es riesgo y disrupción; el movimiento MAGA representa esos valores.
¿Por dónde empezar? El peligro chino, el ambientalismo y la ley islámica son los obstáculos que hay que vencer. Thiel considera que en Europa el ambientalismo es una ideología que relativiza “la toma del poder comunista chino” y la ley islámica. El ambientalismo podría crear un estado totalitario mundial, afirma: “el poder verde es muy fuerte”. Esto configura el estancamiento total, según él, que llevaría al mundo a una especie de pueblos escandinavos en decrecimiento, que “tal vez serían como Corea del Norte; algo tremendamente opresivo”.
Hay que tener en cuenta que quien dice esto, además de intelectual es un escualo financiero capaz de desplazar a Elon Musk de la dirección de PayPal mientras el dueño de X estaba de luna de miel en Australia y fundar con ese gesto una leyenda en Silicon Valey: la “PayPal Mafia” un sistema de networking con enlace a todos los estamentos del Silicon Valley y el poder de Washington. En el número de noviembre de 2007 la revista Fortune dedicó un amplio reportaje a este grupo integrado por Thiel y una docena más de emprendedores que en su día formaron el equipo de PayPal y, luego, su carrera los llevó a fundar o formar parte de la dirección de LinkedIn, Palantir, Affrim, Slide, Kiva, YouTube, Yelp y Yammer, entre otras compañías. La imagen central del reportaje, a doble página, muestra al grupo sentado en varias mesas de un bar, en una escenografía reconocible en las películas de Scorsese o en cualquier capítulo de Los Soprano, en la que la docena de amigos mira a cámara y en un lugar central, el sitio reservado para el padrino, lo ocupa, obvio, Thiel.
Cuando vende PayPal, funda Palantir y comienza la cruzada. La compañía nace ante un impulso de Thiel tras el atentado del 11 de septiembre al sentirse, según apunta Mark Chafkin, “consumido por la amenaza del terrorismo islámico” y escéptico “respecto a la inmigración y todas las demás formas de globalización”. René Girard, después del ataque las torres gemelas, declara: “Lo que todavía necesitamos en la era posterior al 11-S es una ideología más razonable y renovada del liberalismo y el progreso”. Thiel estaba bailando un vals de Strauss.
Palantir es hoy una mega compañía de espionaje que trabaja con la CIA, los estados federales a quienes ayuda a vigilar a sus ciudadanos y durante todos estos años ha hecho contratos con la práctica mayoría de los estamentos de seguridad de los Estados Unidos, incluida la propia CIA, el FBI y la NSA. Palantir también está en Oriente Medio donde colabora con las fuerzas israelíes para identificar objetivos en Gaza. Es bueno ser cryptobro, pero mejor es ser el Gran Hermano.
El poder de Thiel en la administración Trump se extiende a través de J. D. Vance, nada menos que el vicepresidente y a todas luces, el hombre señalado a encabezar en un futuro el plan del supremacismo tecnológico.
Thiel conoció a Vance en Yale cuando fue a participar en un encuentro académico y Vance rápidamente se sintió atraído por el magnate tecnológico y su planteamiento filosófico: es a través del sistema de René Girard que Vance se convierte al catolicismo y, además, converge con la visión de Thiel en la que los jóvenes tienen que crear de manera vertical, disruptiva y no competir absurdamente por un lugar en la línea de montaje del Silicon Valley, tal como plantea en su libro De Cero a Uno. No está de más recordar que Thiel incentiva a los jóvenes con ayudas económicas para que abandonen la universidad y se sumerjan en su propio emprendimiento. Con su talento y la ayuda económica de Thiel, Vance fue elegido senador por Ohio y dos años después, es el número dos del Gobierno de los Estados Unidos.
Hubo un tiempo en el que Thiel estaba interesado en el seasteading, la construcción de ciudades artificiales en aguas internacionales, una suerte de estados portátiles en medio del océano. También ha comprado tierras en Nueva Zelanda y, según le dijo a Elon Musk, en el caso de que Trump hubiera perdido las elecciones ese hubiera sido su destino. Claro que, aunque el plan está en marcha, siempre hay imponderables que lo pueden hacer fallar. Si eso ocurre, además de una isla libertaria o la granja neozelandesa, también podrá contar algún día con una casa en Marte, zona liberada por Elon Musk, quien, a pesar de todo, no le guarda rencor. Quedan pocos así.

El magnate de Silicon Valley se reúne con el Presidente este jueves tras una semana de contactos reservados. Ya se vio con Santiago Caputo, que habló de un la necesidad de un “salto cuántico” en seguridad nacional.
Javier Milei recibirá este jueves a las 14 en la Casa Rosada al magnate tecnológico Peter Thiel, en el punto más visible de una visita que el CEO de Palantirdesarrolla desde hace más de una semana en la Argentina con perfil bajo y agenda reservada. El encuentro marcará el segundo cara a cara entre ambos, tras una reunión en mayo de 2024 también en el despacho presidencial, y se produce luego de una serie de contactos políticos y estratégicos que el Gobierno siguió de cerca durante toda su estadía.
Según reconstruyó elDiarioAR a partir de distintas fuentes, Thiel mantuvo reuniones con funcionarios del oficialismo y sostuvo intercambios institucionales en paralelo a actividades fuera del circuito estrictamente político. El lunes de la semana pasada, por caso, se habría reunido con el asesor presidencial Santiago Caputo. En ese encuentro, que no fue informado oficialmente, trascendió que dialogaron sobre el escenario internacional, la dinámica tecnológica y el lugar que la Argentina podría ocupar en ese nuevo mapa global atravesado por la inteligencia artificial y la disputa por los datos.
La dimensión política de ese intercambio quedó expuesta pocas horas después. Tras reunirse con Thiel, Caputo publicó un mensaje en su cuenta de X que funcionó como una suerte de marco interpretativo de la visita. “Nunca es triste la verdad. Lo que no tiene es remedio”, escribió, citando sin mencionarlo a Joan Manuel Serrat, y agregó: “Argentina necesita dar un salto cuántico en materia de seguridad nacional, aunque a los zurdos les dé taquicardia. El lugar de nuestro país en el nuevo orden mundial, gracias a la oportunidad que nos está dando nuestro Presidente, se definirá por su capacidad de proteger, defender y promover nuestros recursos estratégicos. Quien quiera oír que oiga”. Más que una reacción espontánea, en la Casa Rosada leyeron ese posteo como una señal del tipo de agenda que subyace a la visita.
La presencia de Thiel en la Argentina fue seguida de cerca tanto por la Casa Rosada como por la Cancillería, donde reconocen al magnate como un actor de peso dentro del ecosistema global de innovación y capital de riesgo. Durante su paso por el país, combinó agenda política con gestos de inmersión cultural, como su asistencia al Superclásico entre River y Boca en el estadio Monumental, donde también habría mantenido contactos informales con dirigentes del fútbol.
El vínculo entre Thiel y Milei tiene antecedentes recientes. En mayo de 2024, el empresario ya había visitado la Casa Rosada junto a Alec Oxenford, actual embajador argentino en los Estados Unidos. En aquella oportunidad, según relató el propio Oxenford, el millonario estadounidense se mostró “impresionado” con las ideas del Presidente y las consideró relevantes a escala global. Ese primer encuentro giró en torno al rumbo económico del Gobierno y a la inserción internacional de la Argentina. La reunión de este jueves aparece, en ese sentido, como una continuidad, pero también como una instancia de mayor densidad política.
Thiel no es un visitante cualquiera dentro del universo que busca seducir el mileísmo. Cofundador de PayPal junto a Elon Musk, primer inversor externo de Facebook y figura clave detrás de Palantir Technologies, su trayectoria combina capital de riesgo, pensamiento estratégico y vínculos con estructuras estatales. Palantir, en particular, se especializa en el procesamiento masivo de datos y trabaja con gobiernos, fuerzas armadas y agencias de inteligencia, lo que ubica a Thiel en un cruce sensible entre tecnología y poder político.
Ese rol quedó especialmente expuesto en uno de los contratos más sensibles de la compañía en Estados Unidos. El año pasado, el polémico Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) —que quedó en el centro de la escena en enero, tras una serie de operativos en la ciudad de Minneapolis que terminaron con la muerte de dos civiles estadounidenses durante intervenciones federales— firmó un acuerdo con Palantir para desarrollar ImmigrationOS, una plataforma basada en inteligencia artificial y minería de datos destinada a identificar, rastrear y deportar personas sospechadas de ser extranjeras en situación irregular. El contrato, por 30 millones de dólares y con vigencia hasta 2027, prevé la integración de grandes volúmenes de información para detectar patrones y activar alertas.
El proyecto, sin embargo, desató cuestionamientos por su impacto potencial en las libertades civiles, la precisión de los sistemas y los riesgos de sesgo. A eso se sumaron advertencias por posibles conflictos de interés, dado el vínculo de figuras políticas como Stephen Miller, exasesor clave en materia migratoria de Donald Trump y uno de los arquitectos de su política restrictiva en esa área, con la empresa. Palantir sostiene que solo desarrolla herramientas, pero el diseño mismo de estos sistemas supone, en los hechos, una forma de intervención sobre políticas públicas.
Ese trasfondo es el que le da otra dimensión a la reunión en Casa Rosada. En el Gobierno interpretan la visita de Thiel como una señal de validación internacional en un momento en el que buscan posicionar a la Argentina como un polo atractivo para inversiones tecnológicas y como un aliado dentro de las nuevas discusiones globales. No se trata solo de captar capital, sino de integrarse a redes de influencia que exceden lo económico y se proyectan sobre el diseño de políticas públicas, especialmente en áreas como seguridad, inteligencia y manejo de datos.
La visita, además, coincide con un momento de fuerte circulación de ideas dentro del universo que rodea a Thiel. En los últimos días, la difusión de un manifiesto vinculado a Palantir, que fue amplificado en la Argentina por Caputo, puso sobre la mesa una visión en la que el software, la inteligencia artificial y la defensa nacional aparecen como ejes centrales del poder en el siglo XXI. Ese marco conceptual dialoga con algunos de los movimientos que viene ensayando el Gobierno en materia de reorganización del sistema de inteligencia.
En ese contexto, el encuentro entre Milei y Thiel funciona menos como una reunión bilateral tradicional que como una escena de alineamiento. El Presidente no recibe solo a un inversor extranjero, sino a una figura que encarna una forma específica de entender la relación entre mercado, tecnología y Estado. La apuesta oficial es que esa interlocución se traduzca en oportunidades concretas. El interrogante, todavía abierto, es bajo qué condiciones y con qué implicancias políticas y sociales se dará ese vínculo.
PL/MC

El manifiesto de Palantir es claro en sus intenciones, ya que plantea que no deben ser los Estados quienes se ocupen de elementos cruciales de la guerra, sino las empresas tecnológicas. Hoy en día, la tecnología de la empresa ya se encuentra detrás de la decisión automatizada de identificar enemigos, enviar drones y asesinar a los objetivos.
El historiador económico Karl Polanyi explicó magistralmente en La Gran Transformación que el dilema mercado-Estado, según el cual hay que elegir entre alguno para asignar bien los recursos, es falso. En realidad, los mercados nunca existieron al margen del Estado y, de hecho, fueron creados deliberadamente por su mano; la mayor parte de las veces mediante una violencia sin cuartel contra las clases populares —como ocurrió con los cercamientos de tierras— y las poblaciones indigenas —ya que las instituciones occidentales se abrieron paso en el mundo empujadas por los sables y pólvora de los ejércitos imperiales—. El mercado no es, como dicen los liberales, una institución natural.
Tirando de ese hilo, el historiador Quinn Slobodian describió en Hayek's Bastards una historia muy distinta a la habitual respecto a los orígenes del neoliberalismo. Frente a la narrativa convencional que asegura que el neoliberalismo fue principalmente un proyecto ideológico que quería desregular el mercado —porque, supuestamente, era mejor opción a que el Estado dirigiera la economía—, Slobodian recuerda que los mercados siempre están regulados. El verdadero motivo del neoliberalismo era aislar las decisiones económicas de la voluntad popular, independizarlas a fin de que las pasiones propias de la democracia no interfirieran en la asignación óptima de recursos que facilitarían los mercados.
Palantir, de Peter Thiel, es una empresa tecnológica y una fábrica de armas para las guerras contemporáneas —drones, espionaje digital, inteligencia artificial, etc.— que lleva varios años obteniendo suculentos contratos, sobre todo por parte del gobierno de Estados Unidos
La Unión Europea actual es producto de ese tiempo histórico neoliberal, lo que se expresa con mayor claridad en el carácter antidemocrático del Banco Central Europeo. A pesar de que esta institución es la encargada de gestionar la política monetaria —y, por ejemplo, puede influir en el “precio” de nuestras hipotecas—, en el ejercicio de sus funciones es independiente del poder político y, de hecho, tiene prohibida por ley la financiación directa de los Estados —una opción que era habitual entre los bancos centrales anteriores—. La lógica de fondo es obvia: la gestión de la política monetaria es demasiado importante como para dejarla a merced de los deseos de la ciudadanía; mucho mejor que sean unos tecnócratas los que estén al mando. Esa idea de externalizar la responsabilidad hacia una entidad independiente, aunque pública, estaba en el corazón de las tesis neoliberales y del espíritu de Friedrich Hayek. El resultado no era un súper-Estado, sino, como afirmó Perry Anderson, un infra Estado: uno en el que las instituciones evitan la interferencia popular en los mercados.
Esta tensión entre los deseos de las mayorías y los límites impuestos desde arriba ha sido consustancial a la evolución misma de la democracia. Ya en la antigua Grecia, la disputa entre las facciones radicales —Solón, Efialtes, Pericles— y las conservadoras —Aristóteles, Platón— giraba en torno al alcance del “demos” y a los asuntos sobre los que podía legítimamente decidir; instituciones como el Senado nacieron precisamente del interés aristocrático por frenar las pulsiones populares. El Estado de Derecho moderno es heredero directo de esa tensión: un constructo histórico que canaliza mediante reglas —habitualmente constitucionales— lo que las mayorías pueden o no decidir. Pero no todos los Estados de Derecho son iguales. Autores progresistas como Luigi Ferrajoli defienden la existencia de una esfera de lo indecidible que blinde las libertades personales y los derechos sociales, entendidos como condición necesaria de la democracia misma. Los neoliberales, en cambio, prefieren sustraer del ámbito democrático las decisiones económicas. Lo indecidible, según quién lo defina, protege al ciudadano o lo desarma.
Sin embargo, el neoliberalismo tal y como lo conocimos desde los años ochenta del siglo pasado hasta la crisis financiera de 2008, ha muerto. Lo que le está sustituyendo es, como el propio Slobodian ha venido señalando en sus trabajos más recientes, un populismo autoritario con raíces neoliberales. Se trata de una formación política inédita que articula cuatro elementos: un ejecutivo fuerte dispuesto a intervenir en la economía, un proteccionismo selectivo de corte neomercantilista, una concepción muy restrictiva de los derechos humanos y una oligarquía tecnológica que aspira a fundirse con el aparato del Estado. Conserva el desprecio neoliberal por la soberanía popular, pero abandona su fachada liberal. Y ningún lugar mejor para verlo que en Estados Unidos, donde el neomercantilismo exterior de Donald Trump se ha casado con el liberalismo autoritario de los tecno-oligarcas.
Hace unos días la empresa Palantir, fundada por el multimillonario reaccionario Peter Thiel y ahora dirigida por su igual Alex Karp, publicó un manifiesto terrorífico, si bien meridiano, exponiendo su punto de vista. Palantir es una empresa tecnológica y una fábrica de armas para las guerras contemporáneas —drones, espionaje digital, inteligencia artificial, etc.— que lleva varios años obteniendo suculentos contratos, sobre todo por parte del gobierno de Estados Unidos. Amnistía Internacional ha acusado a la empresa de colaborar en los crímenes de guerra del ejército de Israel, mientras que está acreditada su participación en la guerra en Irán.
No obstante, no se trata de un fenómeno circunscrito a Estados Unidos. Palantir ha firmado contratos con los ministerios de defensa de Alemania, Francia y Reino Unido, opera incluso en la infraestructura de datos del servicio de salud británico (NHS) y aspira a integrarse en la infraestructura digital de la propia Unión Europea. A ello se suma una dependencia estructural respecto a un puñado más amplio de corporaciones estadounidenses cada vez más alineadas con el proyecto político de Trump y sus aliados tecno-oligárquicos —Peter Thiel, fundador de Palantir, financió con 15 millones de dólares la campaña de J.D. Vance al Senado—. La dependencia tecnológica se convierte así, inevitablemente, en dependencia política.
El manifiesto de Palantir es claro en sus intenciones, ya que plantea que no deben ser ya los Estados quienes se ocupen de elementos cruciales de la guerra, sino las empresas tecnológicas
El manifiesto de Palantir es claro en sus intenciones, ya que plantea que no deben ser ya los Estados quienes se ocupen de elementos cruciales de la guerra, sino las empresas tecnológicas. Hoy en día, la tecnología de la empresa ya se encuentra detrás de la decisión automatizada de identificar enemigos, enviar drones, asesinar a los objetivos y volver a la base. Pero lo que estos tecno-oligarcas quieren es ir más allá, pues su cosmovisión implica también un fuerte rechazo del pluralismo, de la diversidad cultural y de aquellos valores que amenacen el estilo de vida americano. En este sentido, los intereses de estas corporaciones gigantes están perfectamente alineados con los de Donald Trump y su gobierno. Y comparten, asimismo, la idea de que la democracia contemporánea no es compatible con tales aspiraciones; o, como ellos dicen, que la “democracia” solo puede salvarse si se transforma a partir de la integración de estas grandes empresas tecnológicas en el corazón del Estado, y se emplea una intervención militar más activa tanto en el exterior como en el interior —estas tecnologías también se están aplicando en la identificación de migrantes indocumentados en el contexto de la política anti-inmigración de Estados Unidos—.
El desafío es enorme, y sin embargo apenas forma parte de la conversación política cotidiana. Desde luego, podemos decir que está en juego la soberanía europea, debido a la dependencia tecnológica respecto a una élite tecno-oligárquica asentada al otro lado del Atlántico y cada vez más entrelazada con el aparato de poder estadounidense. Pero también está amenazada la democracia tal y como la hemos conocido. Si Europa no articula una respuesta estratégica que recupere capacidad soberana en los sectores críticos —energía, defensa, datos, infraestructura digital, inteligencia artificial— y que, al mismo tiempo, reafirme ese núcleo indecidible de derechos que Ferrajoli identificaba como condición de posibilidad de la democracia, el riesgo es evidente: una deriva sostenida hacia regímenes autoritarios de nuevo cuño, ya no basados en el terror en clave fascista sino en una vigilancia algorítmica omnipresente, en la identificación automatizada de disidentes y migrantes, y en una arquitectura de control ciudadano operada por corporaciones privadas cuyos dueños desprecian abiertamente el pluralismo.
Conviene insistir en una cosa central: esto no pertenece a una distopía lejana. En efecto, los sistemas ya están funcionando en Gaza, en Irán, en el Canal de la Mancha y en los hospitales británicos. La tensión que describieron Polanyi y Slobodian —entre mercado y democracia, entre soberanía popular y aislamiento tecnocrático— entra así en una fase nueva y cualitativamente más peligrosa. El neoliberalismo sustraía la economía al juicio de la ciudadanía. Lo que viene pretende sustraer al ciudadano mismo.
El autor es economista y fue ministro de Consumo del Gobierno de España desde enero de 2020 a noviembre de 2023.

Lleva más de una semana en el país con una agenda que mezcla política de alto nivel, turismo futbolero y contactos estratégicos. Se reunió con el asesor de Javier Milei.
Peter Thiel está en Argentina. El multimillonario de Silicon Valley, cofundador de PayPal y Palantir Technologies, lleva más de una semana en el país con una agenda que mezcla política de alto nivel, turismo futbolero (asistió al clásico River-Boca) y contactos estratégicos. Según trascendió en distintos medios, el lunes de la semana pasada se reunió con Santiago Caputo, asesor de Javier Milei.
Tanto la Cancillería —bajo la órbita de Pablo Quirno— como la Presidencia mantuvieron canales de contacto con el empresario durante su estadía, detalló Infobae sobre la visita del magnate que fue revelada por el periodista Alejandro Bercovich en C5N. El vínculo no es nuevo: Thiel ya había tenido un encuentro previo con Milei en el que compartieron diagnósticos sobre la economía argentina y las reformas estructurales impulsadas por la administración libertaria.
Nacido en Alemania en 1967 y criado en Estados Unidos, Thiel es una de las figuras más influyentes —y controversiales— del ecosistema tecnológico global. Fue el primer inversor externo de Facebook, cofundó PayPal junto a Elon Musk y construyó una carrera como referente del capital de riesgo con apuestas en compañías transformadoras. Pero su proyecto más significativo en términos de poder político es Palantir Technologies, empresa especializada en el procesamiento masivo de datos que trabaja para gobiernos, ejércitos y agencias de inteligencia de todo el mundo. La CIA fue su primera inversora, a través de su fondo In-Q-Tel, cuando Palantir se fundó en 2003.
Thiel es también uno de los ideólogos del movimiento neorreaccionario en Silicon Valley, crítico declarado de la democracia liberal —en 2009 escribió que ya no creía que “la libertad y la democracia fueran compatibles”— y financista clave de la carrera de J.D. Vance, actual vicepresidente de los Estados Unidos.
La visita de Thiel coincide con un momento de particular activismo ideológico de Palantir. El 18 de abril de 2026, la cuenta oficial de Palantir en X publicó un texto de 22 puntos que resume la visión tecnopolítica de su director ejecutivo Alex Karp, titulado “The Technological Republic, in brief”. El texto fue reposteado por Santiago Caputo desde su cuenta personal, amplificándolo ante su audiencia argentina.
El documento, analizado en profundidad por la revista El Grand Continent —que lo calificó como un texto que los ideólogos neorreaccionarios presentan como “el plan para forjar un Occidente tecnofascista”— contiene tesis que merecen leerse con atención. El manifiesto plantea que “Silicon Valley tiene una deuda moral con el país que hizo posible su ascenso” y que la élite de ingenieros tiene “la obligación positiva de participar en la defensa de la nación”. Sostiene que “el hard power de este siglo se basará en el software” y que la cuestión no es si se fabricarán armas basadas en IA sino quién las fabricará y con qué fin.
El análisis de El Grand Continent señala que Palantir opera con un método llamado “land and expand”: penetrar en una organización mediante un contrato inicial modesto para luego imponer su estructura de datos hasta hacer imposible cualquier salida, un mecanismo conocido como “vendor lock-in”. La empresa ya tiene contratos con el servicio de inmigración de EE.UU. (ICE), con la Bundeswehr alemana y con el sistema de salud del Reino Unido, entre otros.
La presencia de Thiel y el reposteo del manifiesto por parte de Caputo generaron reacciones inmediatas en el ámbito político y de derechos digitales. El abogado y especialista en privacidad Ariel Garbarz publicó una extensa hilo en X alertando sobre las implicancias para Argentina.
“Palantir no vende tornillos ni caramelos. Vende cruce masivo de datos, vigilancia, perfilado y poder. Te lo envuelven en palabritas como 'eficiencia', 'seguridad' e 'innovación', pero es control social sin precedentes con perfume de Silicon Valley”, escribió Garbarz. Y fue más lejos: “En un país saqueado, endeudado y entregado, una herramienta así puede terminar sirviendo para vigilar, clasificar y apretar ciudadanos, opositores, migrantes, pobres y cualquiera que moleste al poder de turno.”
Garbarz rechazó de antemano el argumento de “quien no tiene nada que ocultar, no tiene nada que temer” y señaló que “en democracia nadie tiene que someterse a un panóptico digital para demostrar inocencia”. Exigió que cualquier vínculo contractual con Palantir sea sometido a debate público, control parlamentario, auditorías técnicas externas y publicación de contratos: “Ya no puede hacerlo por la puerta de atrás con reuniones secretas entre empresarios, servicios y funcionarios.”
La advertencia más dura apuntó a la irreversibilidad del proceso: “Una vez que estos hijos de puta meten la mano en datos migratorios, financieros, policiales, sanitarios o de telecomunicaciones, después no la sacan más. Y cuando querés acordar, ya no sos ciudadano: sos un perfil, una alerta o un objetivo.”
MC