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Vizzotti anunció terceras dosis y vacunación para extranjeros

Vizzotti anunció terceras dosis y vacunación para extranjeros

La ministra de Salud, Carla Vizzotti, afirmó este martes que Argentina tiene “un alto nivel de inmunización por haber avanzado fuerte en la campaña de vacunación”, y adelantó que se comenzará a avanzar con las terceras dosis con mayores de 50 años y personas inmunocomprometidas, con un esquema que se analizará en la reunión del Consejo Federal de Salud.

“La evidencia muestra que se puede avanzar en las personas inmunocomprometidas, que tengan las defensas bajas por cualquier motivo, mayores de 3 años que hayan recibido cualquier esquema de vacunación. Se va a trabajar en la planificación y distribución con cada una de las provincias”, dijo Vizzotti.

Al anunciar nuevas aperturas sanitarias e informar sobre los avances de la inoculación contra el coronavirus durante una conferencia de prensa ofrecida en Casa Rosada junto a titular de la cartera de Turismo y Deportes, Matías Lammens, la ministra indicó también que el contrato con la empresa Pfazer “se está cumpliendo en tiempo y forma” y antició que la Argentina vacunará contra el coronavirus a los extranjeros que vengan a hacer turismo.

Por su parte, el ministro de Turismo y Deportes dijo que “la internacionalización de los aeropuertos en Argentina es un hecho porque cada vez son más las aerolíneas que llegan" al país.

NOTICIA EN DESARROLLO

AB

Tras la sesión frustrada, el proyecto de etiquetado frontal de alimentos se debatirá mañana en el Congreso

Tras la sesión frustrada, el proyecto de etiquetado frontal de alimentos se debatirá mañana en el Congreso

A un año de la media sanción en el Senado, y cuando le quedan apenas semanas para pierda estado parlamentario, el proyecto de Promoción de la Alimentación Saludable —más conocido como de "etiquetado frontal"— llegará este martes a Diputados, en lo que podría ser el último paso para convertirse en ley. La iniciativa había sido introducida en el temario de la sesión pautada para el 5 de octubre pasado, que finalmente no tuvo quórum por la ausencia de la oposición.

En esta ocasión, el orden del día fue acordado por las distintas fuerzas políticas e incluye iniciativas vinculadas a derechos de los trabajadores y trabajadoras vitícolas, la Ley Nacional de Oncopediatría, un proyecto de recuperación ovina y de protección a personas en situación de calle. Será el retorno a la presencialidad plena del cuerpo luego de las restricciones por la pandemia de coronavirus y se estima que la sesión comience a las 12 del mediodía y dure alrededor de 20 horas.

Todo indica que el proyecto de etiquetado frontal, que busca identificar con sellos de advertencia octogonales los alimentos procesados que tengan exceso de azúcar, grasas y sal, se convertirá en ley. El oficialismo anticipó que votará a favor —aún cuando uno de sus oponentes más acérrimos es el jefe de Gabinete, el tucumano Juan Manzur— y también lo harán algunos legisladores opositores. 

Organizaciones de la sociedad civil, que fueron clave en el avance de la discusión, organizaron un "twittazo" para las 18 de este lunes con el hashtag #EtiquetadoClaroYa.

Se trata de una ley que recoge apoyos transversales. El texto es el resultado de la unificación de 15 iniciativas presentadas sobre el tema y lleva la firma de senadores de distintos bloques, de Anabel Fernández Sagasti (muy cercana a Cristina Fernández de Kirchner) al radical Julio Cobos. En La votación en el Senado, el 30 de octubre de 2020, fue aprobada casi por unanimidad y los tres votos en contra se explicaron más por las provincias de origen de los senadores, Tucumán y La Rioja, que por posiciones partidarias. 

En el debate de comisiones en Diputados la iniciativa obtuvo 91 acompañamientos y superó ampliamente las tres propuestas alternativas que presentaron el presidente de la Comisión de Salud, Pablo Yedlin (Frente de Todos), Carmen Polledo (PRO) y Alejandro García (PRO). 

La discusión del proyecto de etiquetado (que es similar al que ya rige en Chile, Perú, Uruguay y México) agrega otro punto de conflicto con las grandes empresas fabricantes de alimentos, que en los últimos días acentuaron sus roces con el Gobierno a partir del congelamiento de una canasta de 1.400 productos. Tras haber batallado todo lo posible, son días que los ejecutivos de las grandes compañías esperan que, al menos, pasen rápido. 

De sancionarse la ley, uno de los principales derrotados será el presidente de la Unión Industrial Argentina (UIA) y de la Coordinadora de las Industrias de Productos Alimenticios (Copal), Daniel Funes de Rioja. "Todo este proceso deja en evidencia la dificultad de mantener un debate con coherencia cuando hay un prejuicio ideológico por encima de la necesidad de informar certeramente al consumidor, lo que llevaría a una ley apresurada sin reales beneficios al propio consumidor”, declaró a principios de mes el titular de Copal, que representa a 35 cámaras sectoriales y a más de 14.500 empresas de alimentos y bebidas en la Argentina.

El proyecto prevé que los alimentos procesados incorporen (luego de un plazo de gracia de 6 meses, con la posibilidad de prorrogarse a 12 para pymes) un sello de advertencia con forma octogonal y color negro en los casos que tengan "exceso" de azúcares, grasas o sal, de acuerdo con los parámetros de la Organización Panamericana de la Salud (OPS). Estos productos son el motor de una epidemia silenciosa: la malnutrición por exceso, que comprende el sobrepeso, la obesidad, y las enfermedades crónicas no transmisibles relacionadas con la alimentación, como la hipertensión arterial o la diabetes. 

Actualmente Argentina tiene la tasa más alta de exceso de peso en menores de 5 años de América Latina: un 13,6%. Por eso el proyecto busca cuidar especialmente a las infancias y a los sellos suma la prohibición del uso de personajes y promociones que atraigan a los niños, los anuncios en segmentos infantiles y el expendio de productos etiquetados en escuelas y entornos educativos. 

"La Ley de Promoción de la Alimentación Saludable beneficia a toda la sociedad argentina y especialmente a las familias más vulnerables que, según la Segunda Encuesta Nacional de Nutrición y Salud (ENNyS 2) evidencian un 21% más de obesidad que las familias de ingresos altos", señaló UNICEF en un comunicado oficial publicado la semana pasada, en el que buscó "derribar" los argumentos que señalan que no se trata de una medida prioritaria dada la situación económica y social de la Argentina. 

DTF

Etiquetado frontal: la ley para saber qué comemos se empantana entre el lobby y los tiempos legislativos

Etiquetado frontal: la ley para saber qué comemos se empantana entre el lobby y los tiempos legislativos

—A nosotros nos interesa que vos te vayas de acá con la información más clara posible, hacer docencia —dice la mujer que está sentada del otro lado de la pantalla, en lo que parece el balcón de una torre muy alta. Son las 12, el encuentro es virtual, y se suman desde sus casas otros dos ejecutivos de la misma empresa alimentaria, una de las más grandes del mundo. Tienen lista una presentación en power point, la misma que, también en estricto off the record, mostraron a otros periodistas que buscan conocer la posición de la marca sobre el tema del momento: la ley de rotulado frontal que se debate en Argentina. 

La empresa se dedica a producir alimentos que a priori uno pensaría saludables. Sin embargo, admiten su principal preocupación: los sellos de advertencia alcanzarán al 100% de los productos que ofrecen, incluso aquellos que se autoproclaman light o repletos de nutrientes. 

Usan gráficos armados con flechas de colores, cuadros comparativos y ejemplos que buscan demostrar lo que ellos llaman las “incongruencias” del proyecto. Es un material amable y didáctico. Pero, al igual que sus nombres, solicitan no difundirlo: se trata de un documento interno que utilizan, dicen, para “sensibilizar” a sus empleados. 

En otros temas vinculados a la economía y la política no existe tanto secretismo. Pero al realizar este reportaje nos encontramos con que el pedido de confidencialidad alcanza a otras empresas y también a funcionarios acostumbrados a plantear sus posiciones y discutir públicamente sobre cualquier otro tema. 

No es algo exclusivo de la Argentina. El debate del etiquetado generó resistencias virulentas en todos los países de Latinoamérica en los que fue planteado. “Fue un combate de guerrilla difícil de ganar”, resumió en una nota del New York Times Guido Girardi, el senador chileno que lideró la aplicación de la ley que finalmente entró en vigencia en ese país en 2016. 

En el power point local para empleados y periodistas hay ejemplos como este: una bebida de Starbucks que se alza en copos de crema batida y jarabe, acompañada de dos medialunas que brillan grasosas sobre una bandeja de plástico. “Esto, como no está envasado, no tendrá octógonos”, dice la mujer mientras pasa los slides. “En cambio un yogur en la góndola va a tener tres sellos negros. Entonces, ¿estamos educando al consumidor? La verdad, para tener esa ley es preferible no tener ley”, dice la ejecutiva. En sus palabras, la iniciativa que recibió el respaldo masivo del Senado es un gran malentendido que es necesario revertir. 

Otras compañías opinan igual. Dan los mismos argumentos, aunque antes de hacerlo piden apagar el grabador. 

A las empresas les preocupa la ley. ¿Quiénes la apoyan? Unicef, La Sociedad Argentina de Pediatría, la Organización Panamericana de la Salud y la Fundación Interamericana del Corazón, por nombrar solo algunas entidades. 

Ley de Promoción de la Alimentación Saludable: así se llama el proyecto que espera ahora en la Cámara de Diputados. Establece la obligación de aplicar sellos de advertencia con forma octogonal y color negro a los alimentos elaborados con exceso de azúcares, grasas saturadas, grasas totales y sodio, denominados nutrientes críticos. 

El texto, que obtuvo media sanción del Senado el 30 de octubre de 2020 casi por unanimidad, es resultado de la unificación de 15 iniciativas presentadas sobre el tema y ajustadas durante largas jornadas de debate en comisiones. 

La obligación de imprimir sellos de advertencia en los productos que tengan “exceso” de “nutrientes críticos” se fundamenta en su relación con hipertensión, hiperglucemia y obesidad. Es decir, los factores de riesgo asociados al 40% de las muertes del continente según la Organización Panamericana de la Salud (OPS).

El proyecto busca generar una advertencia y, a la vez, cuidar al segmento más vulnerable de la población: las infancias. Por eso a los sellos se suma la prohibición del uso de personajes y promociones que atraigan a los niños, los anuncios en segmentos infantiles y el expendio de productos etiquetados en escuelas y entornos educativos. 

La situación es alarmante. Un informe reciente de Unicef, OPS, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y el Programa Mundial de Alimentos señala que la Argentina tiene el primer puesto de la región en sobrepeso en menores de 5 años. El dato alcanza al 13,6% de esa población y escala al 41% en chicos y chicas de entre 5 y 17 años. Desde los kioscos de las escuelas hasta cualquier espacio para su entretenimiento, todo el universo infantil está rodeado de comestibles cargados de azúcar, edulcorantes, grasas y sal envueltos en paquetes coloridos que, además, inundan con publicidad las redes sociales que más navegan, como YouTube, Instagram y Tik Tok. 

Tres años después de aplicarse el etiquetado frontal de advertencias Chile redujo un 25% el consumo de bebidas azucaradas. Y un estudio reciente de de las universidades de Berkeley y Stanford, encontró que cinco años más tarde había cambiado la demanda de productos que las personas creían eran saludables pero en realidad no lo eran, como muchos cereales y lácteos destinados a niños y niñas. 

Perú fue el segundo país en implementarla, en junio de 2019, y una investigación de hábitos indica que el 37% de los habitantes de Lima dejaron de consumir casi por completo productos con octógonos

Pocos meses después lo siguió Uruguay, que debió sortear la resistencia que la Argentina impuso a su propuesta dentro del Mercosur. Un informe de Unicef comprobó que el 58% de los consumidores uruguayos cambió su decisión de compra al ver los octógonos. 

Finalmente, en noviembre de 2019 la ley se aprobó en México, el principal consumidor de gaseosas del mundo. Comenzó a regir en octubre de 2020 e investigadores del Instituto Nacional de Salud Pública (INSP) proyectaron una reducción diaria del consumo de calorías que podría evitar 1,3 millones de casos de obesidad en los próximos cinco años. 

En el tiempo que pasó desde la implementación de la ley pionera hasta la más reciente, la norma se fue perfeccionando. Cuando las personas en Chile cambiaron sus hábitos y varias marcas sus fórmulas se disparó el consumo de edulcorantes, algo que — según evidencia científica— puede no ser bueno para la salud, particularmente en la infancia. Por eso México agregó el sello “Contiene edulcorantes. No recomendable en niños”. A su vez los paquetes que contengan cafeína, como las gaseosas, también quedan marcados: “Contiene cafeína. Evitar en niños”. La Argentina inspiró su proyecto de ley en esa última versión.

—Es un cambalache. Yo me peleo todos los días con mi hijo para no darle galletitas y darle yogurt y un día él se me va a rebelar y me va a decir “papá, esto es lo mismo”, mirá los sellos —dice, visiblemente crispado, uno de los ejecutivos de la empresa alimenticia que no quiere dar a conocer públicamente su opinión en esta reunión de secretos y presentaciones coloridas. 

“Sin conservantes”, “sin JMAF”, “sin colorantes artificiales”. Aunque se resistan a los sellos, basta recorrer las góndolas del supermercado para darse cuenta de que las marcas buscan tentar con rótulos más limpios. Pero al momento de intentar obtener información completa es imposible. En Argentina los fabricantes de comestibles no están obligados a comunicar cuánta azúcar agregan a los preparados y hay datos prácticamente encriptados en siglas y números solo comprensibles para expertos. Comer sin saber qué son estos productos —por otro lado, cada vez más sabrosos— resultó en un aumento exponencial de su consumo: en los últimos años solo en Argentina creció 180 por ciento.

“Ultraprocesados”, ese es su nombre técnico. La denominación surgió en Brasil con la publicación en 2009 del sistema NOVA, y cobró fuerza en con la Guía Alimentaria para la Población Brasileña del Ministerio de Salud en 2014. Allí se categorizó por primera vez a los alimentos según su grado procesamiento. Existen los alimentos sin procesar o mínimamente procesados, los procesados con agregados de azúcar, aceite o sal y los ultraprocesados: productos cuya matriz está diseñada con ingredientes refinados carentes de los nutrientes con los que cuentan los alimentos en su estado natural; y maquillados con aditivos que emulan frutas, verduras, granos. Desde entonces la calificación ha sido tomada por investigadores dedicados a probar que el consumo de ultraprocesados aumenta las posibilidades de sufrir diabetes, distintos tipos de cáncer, enfermedades cardíacas y nefrológicas, entre otras. 

—Hay algo erróneo en llamar alimentos a los ultraprocesados porque en realidad son diseños comestibles. La industria elige los ingredientes más baratos para hacerlos y a la vez usa recetas que no tienen sólo exceso de nutrientes críticos sino también combinaciones que nos resultan adictivas y que nos quitan autonomía porque inhiben nuestra autorregulación, como puede ser el jarabe de maíz de alta fructosa (JMAF) o el glutamato monosódico —dice el nutricionista Ignacio Porras, miembro de la organización Sanar y parte de una nueva camada de profesionales de la salud tomaron esta causa como lucha propia.

Cuatro horas y 24 expositores: así fue la jornada que dio el 29 octubre media sanción a la ley en Senadores. Hablaron a favor y en contra. Esta vez tampoco se escuchó a las marcas, solo a sus representantes institucionales. ¿Quiénes son? La Cámara Argentina de la Industria de Bebidas sin alcohol (Cadibsa) —donde llevan la batuta Coca Cola y su embotelladora Femsa— y el Centro de la Industria Lechera (CIL) —que incluye a  Danone, La Serenísima, Nestlé, Milkaut, entre otras, y pide un "tratamiento especial" para los lácteos—. También el Centro Azucarero Argentino (CAA), que tiene ingenios asociados de Salta, Jujuy, Tucumán, Santa Fe y Misiones. Todas estructuras inmensas cobijadas por un gigante: la Coordinadora de las Industrias de Productos Alimenticios (Copal), que representa a 35 cámaras sectoriales y a más de 14.500 empresas de alimentos y bebidas en la Argentina.

“Así como en las góndolas nos matamos por temas comerciales, en esto estuvimos trabajando muy juntos”, resume en otra declaración confidencial un ejecutivo de otra de las compañías alimentarias cuyos productos quedarán expuestos con la ley. 

El titular de Copal es Daniel Funes de Rioja, que cada vez que puede dice que el proyecto “demoniza los alimentos” y genera “confusión” en los consumidores al pintar de negro más del 90% de la góndola. “Nosotros no creemos en los octógonos negros y en las políticas disuasorias sino en la información y que sea el consumidor el que elige”, dice este hombre poderoso que el mes que viene lo será aún más: asumirá la presidencia de la Unión Industrial Argentina (UIA), interlocutora clave del Gobierno nacional. 

Entre los legisladores en el Senado la ley tuvo un consenso arrasador. Sin embargo, el mismo día de la votación Fernández Sagasti admitió públicamente que horas antes había recibido un mail de Coca Cola con una serie de correcciones al proyecto de ley —con los artículos redactados a su criterio, para cortar y pegar—, que por entonces ya estaba listo para ser votado. Consultados por el episodio, responsables de Coca Cola aseguraron: “Eso no ocurrió de ninguna manera”.

En Diputados el ritmo que traía el debate se interrumpió. Una semana más tarde del ingreso a la Cámara Baja su presidente, Sergio Massa, viajó a Tucumán y se fotografió en la pista de aterrizaje con políticos vinculados a la industria del azúcar como Juan Luis Manzur: gobernador de esa provincia, ex ministro de Salud, médico, y uno de los detractores máximos del impuesto a las bebidas azucaradas que se intentó implementar en la gestión Macri. Foto después, Sergio Massa giró el proyecto a seis comisiones, en una maniobra que los defensores de la ley consideraron dilatoria. El hecho fue trending topic en Twitter con el hashtag #ExcesoDeLobby y terminó forzando a Massa a volver sobre sus pasos y descartar dos. Sin embargo, nadie logró apresurar el tratamiento: la ley lleva seis meses en un limbo. 

Un tiempo que las marcas están sabiendo aprovechar. El objetivo que persiguen es sortear la instancia legislativa y saldar el debate por la vía de una resolución gubernamental. Es decir, una norma consensuada al interior del Ejecutivo y publicada en el Boletín Oficial. El lugar elegido para hacer avanzar esa estrategia es la Comisión Nacional de Alimentos (Conal), que está integrada por representantes de las carteras de Salud, Agricultura y Desarrollo Productivo de todo el país y que ya tiene su propio proyecto. Esta resolución contemplaría solo el rotulado y dejaría fuera el tratamiento de la publicidad y el márketing dirigido a niños. Además, propone límites más laxos para determinar si hay -o no- exceso de nutrientes críticos en los productos. 

El peso político de esa iniciativa es enorme. Ya fue llevada de manera oficial al Mercosur, el ámbito que las corporaciones y muchos funcionarios consideran el más adecuado para dirimir la cuestión. Sin embargo hay una tensión de fondo: si bien lo que se quiere normar es una política de salud pública, el Mercosur es, estructuralmente, un organismo comercial. Un mercado común del sur donde esta ley viene siendo debatida sin consenso hace al menos 10 años. “Representantes de la industria participan sistemáticamente como oradores, mientras que a los voceros de la salud se les concede poca o nula participación. De hecho, salud tiene mucha menos voz en los grupos de trabajo que la Copal y las distintas cámaras del sector alimenticio", explica Ignacio Drake, de Consumidores Argentinos, una ONG especializada en “la defensa, educación e información del consumidor”. 

“Creemos que la norma debe fijarse a nivel de Mercosur porque si cada país tiene un etiquetado distinto nos estamos creando barreras paraarancelarias nosotros mismos”, dice el director de Copal Funes de Rioja. Según su argumento, una legislación “no armonizada” con el resto de los países miembro generaría sobrecostos para las empresas, que en caso de que produzcan en un solo lugar para vender a toda la región deberían hacer paquetes distintos para su distribución al interior de cada frontera. Sin embargo, el argumento no da cuenta de que otros países del Mercosur ya han generado modificaciones en sus normas sobre el tema. Uruguay tiene un etiquetado frontal de advertencias y Brasil rotula productos que contienen organismos genéticamente modificados con la “T” de transgénico. 

Jorge Neme es el secretario de Relaciones Económicas Internacionales de la Cancillería argentina y quien llevó la propuesta oficial de etiquetado al Mercosur. El hoy funcionario es además ex director de una empresa azucarera. Tampoco resultó fácil concretar esta entrevista. Su vocero insistió en mediar el intercambio para evitar que se lo malinterprete y se lo acuse, como ya ha ocurrido, de “hacer lobby en contra de la ley”. Pero finalmente, accedió a conceder a una entrevista telefónica breve. 

—A mí me parece que uno tiene que definir prioridades en función de cuál es la situación del país —dice. —Hoy me parece que es mucho más serio, mucho más importante, que las empresas conserven la posibilidad de crear empleo, de exportar, que de pronto alguien se sienta molesto porque un dulce de leche tiene mucha azúcar o algún chorizo tenga exceso de grasa. No son cosas que van a cambiarle la vida a la sociedad.

Neme ha sido señalado públicamente como un funcionario con conflictos de interés por su responsabilidad directiva en la filial argentina de la empresa mexicana Sucriloq, dedicada a la producción de azúcar líquida para la industria alimenticia. Aunque la firma nunca estuvo en actividad en el país, en 2014 anunció una inversión de US$15 millones para instalar una planta en Chascomús. 

—Sucroliq nunca operó en la Argentina, la planta no se hizo. Es simplemente una empresa que está esperando para, si en algún momento se liberan una serie de cuestiones, aplicar una tecnología absolutamente innovadora para la producción de jarabe de azúcar, pero no tiene nada que ver con esto. Su pregunta, en este caso, le diría que me ofende —dice Neme. 

En Argentina, su respuesta es válida. En otros países como Estados Unidos hay mecanismos tendientes a evitar las “puertas giratorias” (“revolving doors”), como se denomina cuando ex empleados de las corporaciones se ubican en posiciones de decisión vinculadas a los temas en los que fueron o son parte interesada. 

De aplicarse, ese filtro dejaría sin posibilidad de participar en la discusión no sólo a Neme sino a otros funcionarios como la directora nacional de Alimentos y Bebidas del Ministerio de Agricultura, Mercedes Nimo, que previamente fue directora ejecutiva de Copal. Complicaría a los funcionarios que llegan de provincias cuya principal actividad productiva es el azúcar como Pablo Yedlin, médico tucumano, ex ministro de esa provincia y actual presidente de la comisión de Salud del Diputados, o Sandra Tirado, médica tucumana a cargo de la Secretaría de Acceso a la Salud. Y, sin dudas, obligaría a hacer aclaraciones a investigadores que expusieron como profesionales independientes en el Congreso, como Susana Socolovsky, financiada por Coca Cola para la participación en simposios y congresos, y Sergio Britos, director del Centro de Estudios sobre Políticas y Economía de la Alimentación (Cepea), cuya posición llegó a este medio a través de la agencia de prensa de Danone.

Melissa Mialon es ingeniera en alimentos dedicada a la investigación científica desde hace una década. Tiene más de 45 papers publicados sobre la inferencia corporativa en las políticas públicas y asegura que “muchas veces las personas que tienen conflicto de interés lo toman como un ataque personal, no entienden todos los problemas de ética y los daños que hacen esos conflictos en la salud (pública), que va mucho más allá de su imagen”. 

Según Mialon, las estrategias que utilizan las empresas para torcer políticas públicas que los afectan son las mismas en todo el mundo y se repiten en la industria del tabaco, el alcohol, el juego y los alimentos: lobby, influencia en las comunidades, donaciones, financiamiento de eventos y de organizaciones académicas, “captura” de científicos y profesionales. Sin embargo, aparecen particularidades por región. 

En países de ingreso medio o bajo como la Argentina suele haber menos transparencia y es más difícil conocer qué es lo que hace la industria puertas adentro. “Además, en Latinoamérica la industria es especialmente agresiva”, dice la investigadora, quien vivió un tiempo en Colombia y pudo registrar el asedio al que fueron sometidos los integrantes de un grupo de defensa a los consumidores de ese país que buscaron promover un impuesto a las bebidas azucaradas. 

“Incentivos negativos”. Así llaman las marcas a los octógonos negros en sus declaraciones en off y amables presentaciones. Sin embargo, hay evidencia de que la norma de etiquetado frontal llevó a la industria a ofrecer opciones más saludables y que el consumo no se perdió sino que se reorientó. De acuerdo con la investigación de los académicos de Berkeley y Stanford, muchos fabricantes en Chile reformularon sus productos para estar justo debajo de los límites y así evitar los sellos, mientras que las personas no sustituyeron categorías (no cambiaron, por ejemplo, los cereales por frutas), pero sí reemplazaron productos dentro las mismas categorías, priorizando aquellos sin sellos. 

“Nosotros hace años que venimos trabajando en bajar la cantidad de azúcar en las bebidas y, si ves en nuestras redes sociales, creo que de 100 comentarios 99 son: ‘Devolvé el azúcar’”, dice el vocero de una compañía líder de gaseosas. Algo similar plantea el Centro de la Industria Lechera, para quien la ley implicaría yogures con nivel de azúcar “ tan bajo que afectaría la palatabilidad y aceptación por parte del consumidor”. “Incluso podría llevar al consumidor a agregarle azúcar al momento de su consumo”, aseguran.

Desde el anonimato, las expresiones de la industria son crudas: “Desarrollar y cambiar una fórmula implica dinero. Si yo ese dinero lo gasto y el sello lo sigo teniendo porque el umbral es bajísimo, no lo voy a hacer. Así, los que peor se portan o los que peor producto venden son los más beneficiados por el proyecto de ley, porque a la larga estamos todos en el lodo, como diría el tango”.

Adolfo Rubinstein es médico y fue Ministro de Salud entre 2017 y 2019, durante el gobierno de Mauricio Macri. En sus primeros meses de mandato incluyó en la reforma fiscal un capítulo de impuestos a las bebidas azucaradas para desalentar su consumo frecuente, propuesta que naufragó en la negociación con las provincias azucareras. Luego, intentó avanzar con una ley de etiquetado frontal.

—Comenzamos las negociaciones con la Secretaría de Comercio y tuvimos ahí muchísimos obstáculos, sobre todo por parte de la Copal, que le puso palos en la rueda de manera permanente. Lo mismo que está haciendo ahora en Diputados —dice Rubinstein. —El Ministerio de Producción siempre jugó del lado de la industria alimentaria porque privilegia los intereses de la producción, el empleo. La Copal siempre amenazó con que una medida como esa podría afectar la rentabilidad llevando a la quiebra a cientos de miles de pymes y a mayor desempleo, reducción de las exportaciones y del ingreso de divisas. Todas cosas que se ha visto que no ocurren, que son mentira. Pero en 2019 la cosa venía lo suficientemente mal como para que el Gobierno estuviera muy sensible a estos temas —recuerda el exministro, e insiste: “Igual que lo que está pasando ahora".

Según datos del Ministerio de Salud, en 2019 se estima que la obesidad generó un costo de entre $140.000.000 y $570.000.000 millones.

No hay margen para rechazar abiertamente la ley en este contexto. Ninguno de los entrevistados se manifestó en contra. La estrategia de aquellos a quienes perjudica está, entonces, centrada en imponer una regulación más laxa o el modelo de etiquetado que menos afecte su negocio.

Así, aunque la evidencia científica —incluso la que recoge el Ministerio de Salud de la Nación en un estudio que presentó dentro de la Conal— arroja que el sistema de alertas es el más efectivo para el fin que se propone, Copal hizo su propuesta de etiquetado en octubre de 2017 con un modelo distinto. Sugiere incorporar una tabla nutricional y el modelo de sellos con color que se utiliza en el Reino Unido, una especie de "semáforo" que en todos los estudios se ha mostrado menos efectivo que los sellos negros. Además, incluye "tratamientos especiales" para lácteos (para "no desalentar su consumo" y cumplir con la sugerencia de ingerir "tres lácteos por día") y para los productos de "consumo indulgente u ocasional" (golosinas) a los que se le asigna un "rol gratificante en una dieta equilibrada y balanceada". 

La lista de pedidos de la industria incluye ampliar los plazos de adecuación que establece el proyecto de ley (6 meses, con la posibilidad de prorrogarse a 12 para Pymes y cooperativas) para ajustar fórmulas y rediseñar paquetes. El primer argumento tiene más sentido que el segundo a la luz de la rapidez que han mostrado las grandes firmas alimenticias para modificar su packaging en otras circunstancias. Según denunció la Secretaría de Comercio Interior en los últimos meses, Mondelez, Arcor, Pepsico y Nestlé hicieron alteraciones en sus presentaciones para que el sistema las registre como productos nuevos y evadir así los programas de control de precios. 

También buscan hacerle espacio al argumento de la pobreza. “Hay algunos nutrientes que se penalizan pero ayudan porque le suman calorías a los chicos. Nosotros en este contexto de la Argentina hemos donado toneladas y toneladas de alimentos; somos casi un brazo ejecutor del Ministerio de Desarrollo Social”, justifican en una empresa láctea.  “La canasta básica y Precios Cuidados también van a estar teñidos de sellos”, agrega el ejecutivo, sin atender al punto que se revela: los alimentos que llegan al sector más vulnerable de la población están repletos de nutrientes críticos.

Y, mientras tanto, en los supermercados reina el caos. En las heladeras los yogures se despliegan por miles. Metros y metros de productos que prometen sumar su aporte a las causas más diversas: dar energía, ayudar a los niños a crecer, bajar el colesterol, reforzar las defensas, beneficiar la flora intestinal. Un cartel de Precios Cuidados resalta envases color verde vibrante con la palabra “Vida”, un globo de “0% grasas totales”, la leyenda "sin azúcares agregados" y el sello del médico Alberto Cormillot. Y ahí, en medio, un asterisco bien pequeño lleva a una inscripción mínima en el dorso: "Este no es un alimento bajo en valor energético. Contiene azúcares. Edulcorantes no nutritivos". La ley de etiquetado frontal busca poner a la vista esos datos invisibles. Información que hoy, cuando está, puede demandar hasta tres movimientos: encontrar el asterisco, dar vuelta el paquete, ponerse los anteojos. 

DTC

El informe se realizó en alianza con Bocado, la red de investigación periodística sobre alimentación de América latina.

“Mamá, soy gorda”, la infancia estigmatizada

“Mamá, soy gorda”, la infancia estigmatizada

"Mamá, soy gorda. Soy gorda, mamá. No, mi amor, no lo sos. Sí, lo soy. No, mi amor, sos hermosa. No mamá, soy gorda, soy gorda. No llores, no, sos hermosa.  Sos hermosa. No, es que soy gorda. Soy gorda, mamá. Mamá, mamá, soy gorda, gorda, mamá. Soy gorda”.

En el video una madre abraza a su hija. Están en un sillón, la niña vestida con su uniforme escolar, su guardapolvo blanco, y las lágrimas humedeciendo sus mejillas. Ambas lloran, balbucean y repiten las mismas palabras cambiando apenas el orden con visible desesperación.

El video circuló hace un par de años por redes sociales. Lo subió a internet la abuela de la niña, con esa torpeza que da el enojo y, tal vez, sin pensar que exhibía a su nieta al mundo, que desnudaba su intimidad. Lo hizo enfurecida con ese mismo mundo exterior, con los chicos que en la escuela burlaban a su nieta por ser gorda.

Entonces la niña tenía siete años. Una edad en que la mayoría de los chicos ve dibujitos animados en la tele o en YouTube. Que empiezan a leer libros cada vez con menos ilustraciones y aprenden a multiplicar cifras simples. Cinco por dos es igual a diez, cuatro por tres es igual a doce. Una edad en la que -lo sabemos todos- nadie debería estar llorando desconsolada porque sus compañeros le dicen gorda o su versión más edulcorada, rellenita. Pero la niña del video llora de manera ininterrumpida durante más de un minuto, con mocos y angustia. Llora hasta que la filmación termina. Aún así el sonido persiste: es fácil adivinar que su llanto continuó por minutos, tal vez días, semanas, meses, años. Tal vez esa chica sigue llorando hoy.

“Gorda”, el gran insulto moderno de la Argentina y también de buena parte del mundo. El más perverso y también el más perfecto porque se camufla bajo un manto de preocupación, de salud pública, de mensajes de meritocracia y de superación. “Si sos gordo, te vas a morir más joven”. “Vos podés dejar de ser gordo, tan solo tenés que comer menos y ejercitar más”. “Vos podés, confío en tu fuerza de voluntad”. Ser gordo parece ser una -mala- decisión individual. Pero alcanza con escarbar apenas la superficie para que el insulto muestre todo lo que esconde: asco, racismo, odio y negocio.

“Mi primera dieta fue a los 9 años”, cuenta Alejandro Parrilla (“Parri” para sus amigos), editor de videos, ocasionalmente dj y actor. “La mía fue a los 9 meses”, retruca Brenda Mato, modelo plus size -como se nombra ahora a las modelos apenas dejan de ser flaquísimas- reconocida por su actividad y militancia de la diversidad corporal. 

Con estadísticas de la FAO que afirman que más de un 30% de los chicos en Latinoamérica tienen sobrepeso, cada día miles de ellos son sometidos a dietas diversas, incluso siendo aún lactantes. 

“Es conveniente empezar a tomar medidas cuando el niño comienza a mostrar sobrepeso, por poco que sea, ya que un niño con sobrepeso tiende a convertirse en un niño obeso, y esta obesidad puede ser un grave problema de salud en la edad adulta”, escribe -sin ruborizarse- una nutricionista en uno de esos tantos sitios web dedicados a enseñar cómo ser buenos padres y madres. “Por poco que sea”; un corset milimétrico en el que hay que encajar a la fuerza.

La mayoría de los niños gordos crecieron entre insultos, burlas, soledad, sentimientos de culpa, nutricionistas y dietas bajas en calorías. Sus vidas estuvieron llenas de yogures descremados, galletitas de agua, la prohibición de un chocolate. Obligados a faltar a las fiestas de cumpleaños de sus amigos para no tentarse con las papas fritas. En sus mentes resuenan voces que llegan desde el exterior como también de su propia conciencia: No comas ese alfajor; sos gorda y nadie te va a querer; cerrá la boca de una vez; este mundo de disfrutar la comida, de ir con tus amigos a la playa y usar  traje de baño que muestre la panza no está hecho para vos. 

Pensar en les niñes gordes suena muy bien, ¿cómo se puede uno oponer a algo así? Es un discurso conmovedor que se preocupa por la salud y el bienestar de los que no pueden defenderse por sí mismos. Pero en realidad son excusas para ocultar la verdad: que la gordura da asco.

“En distintos momentos de la historia se castigó al gordo pero a partir del siglo XX este odio se multiplicó de la mano de una clase social dominante con tiempo libre para dedicarlo al ocio, para broncearse o hacer ejercicio. Les gordes pasaron así a ser los pobres, las personas que no saben controlarse a sí mismas, que no se adaptan a la productividad capitalista, en especial en tiempos neoliberales cuando lo magro es el discurso dominante”, dice Laura Contrera, profesora de filosofía y abogada con años de reflexión, investigación, escritura y también vivencias en primera persona sobre lo que significa ser gordo en el mundo y en la Argentina. Su cuenta de Instagram (@laucontrerita) permite zambullirse en libros, películas, documentales y ensayos acerca de la gordofobia.

“Hay discursos contra la gordura, incluso algunos bienintencionados que aún así son gordofóbicos”, dice Contrera. Su tono, su cadencia al hablar, muestra que son palabras que viene recitando desde hace tiempo. Se define a sí misma como una power bifemme gorda punk, mantiene intacta su pasión rebelde y militante por los estudios de género y el derecho a la diversidad corporal, conocimientos que comparte en  talleres, en artículos. Pero su voz no esconde también cierto cansancio, como dejando en claro que la sociedad avanza más lento de lo deseable.

“A nadie le interesa la multiplicidad de factores por los cuales une puede ser gorde”, continúa. Si es por un medicamento, por lo que come, por su metabolismo, falta de ejercicio o el modo en que se vive como sociedad. Sobran los estudios científicos que hablan de todo esto pero los que hablan no discriminan causas, recurren a índices aplicados mecánicamente, usan a les gordes como excusa de distintas campañas de turno, sea para promover una dieta espantosa o militar en contra de la industria de la alimentación.

“Y no es que no lo entienda: la industria de los alimentos es una porquería, una industria que no alimenta, que maltrata la tierra, que abusa de los recursos y de la gente. Pero les gordes no tenemos por qué ser la imagen de esa lucha. El mundo está lleno de personas que no son gordas y que aún así comen pésimo y en los controles médicos les saltan muchos problemas. A ellos no los mira nadie: el mal personificado somos nosotros, les gordes”.

La industria al acecho

Según la Organización Mundial de la Salud, sobrepeso y obesidad equivalen a enfermedad. Esta idea viene siendo instalada desde hace más de 50 años pero terminó de condensar en el sistema médico y nutricional global a finales de los años 90, ganando el prestigioso estatus de la gran epidemia de la modernidad: “La obesidad infantil es uno de los problemas de salud pública más graves del siglo XXI. El problema es mundial y está afectando progresivamente a muchos países de bajos y medianos ingresos, sobre todo en el medio urbano. La prevalencia ha aumentado a un ritmo alarmante. Se calcula que en 2016, más de 41 millones de niños menores de cinco años en todo el mundo tenían sobrepeso o eran obesos. Cerca de la mitad de los niños menores de cinco años con sobrepeso u obesidad vivían en Asia y una cuarta parte vivían en África (...) El número de niños y adolescentes de edades comprendidas entre los cinco y los 19 años que presentan obesidad se ha multiplicado por 10 en el mundo en los cuatro últimos decenios”, afirman desde la página de la OMS.

Para la nutricionista Rocío Hernández (@nutriloca en las redes sociales), sobrepeso y obesidad no se pueden abarcar mirando tan sólo índices y promedios. Lo dice cuidando cada palabra que utiliza, tomándose una pausa antes de dar una respuesta. Como profesional, con estudios universitarios y trabajo en consultorio, ella se reconoce como parte del sistema oficial de salud. Y sabe que desde el activismo gordo se cuestiona justamente el modo en que  el sistema piensa y trata a sus pacientes. A ese grupo de personas que ha sido patologizado e invisibilizado por tener un peso que no se ajustaba a una determinada normatividad. “Desde determinados espacios científicos se establecieron relaciones causales sin pensar que correlatividad no siempre significa causalidad. Pareciera ser que a los profesionales de la salud el peso nos pusiera incómodos. Destilamos una superioridad de la salud que es una gran mentira. Y esa es una deuda zarpadísima que tenemos”.  

Más allá de la autocrítica, Rocío no pierde el entusiasmo que la caracteriza y que la convirtió en una figura pública y querida en Instagram, donde suma más de 140.000 seguidores. Es parte de una generación de nutricionistas que busca nuevos caminos en el modo de abordar la alimentación y se niega a medir a las personas solo por lo que dicta el IMC (el Índice de Masa Corporal). Menos aún admite que las culturas de las dietas se apoderen del tema. “Hay una sociedad que se cree moralmente superior y desde esa superioridad dice uy, pobre gordo o qué bien, qué flaco que estás, asumiendo que flaco es igual a sano y gordo es igual a enfermo. Pero hay mucha gente flaca que está enferma y mucha gente gorda que está sana. La deconstrucción que precisamos es gigante”.

Rocío tiene el pelo enrulado, lentes enormes de cristal amarillo y sonrisa contagiosa. Elige el camino de sus redes para entablar varias de sus luchas más personales, sea discutir contra la normatividad de los cuerpos, propiciar una alimentación a base de plantas o ir contra las grandes empresas de alimentos. En su red social abundan videos, entrevistas en vivo y reflexiones que alternan con recetas para preparar unas deliciosas cookies o unas trufas golosas. “La industria nos da alimentos por el traste, nos da mucho más de lo que necesitamos. Indudablemente los cuerpos se van a modificar según esas basura que nos dan. Pero no tiene sentido mirar al individuo desde un punto de vista pesocentrista, decir que si tiene sobrepeso significa que está enferma. No funciona así: existen muchos otros indicadores, las patologías son multidimensionales, es preciso evaluar, escuchar y respetar al otro, a su cuerpo, a lo que quiere ser. Y dejar de lado ese entorno que impone una belleza hegemónica”.

Esteban Larronde también es parte del sistema de salud. Cardiólogo, nació en La Plata, una ciudad grande y universitaria cercana a la capital argentina. En un momento de su vida decidió dar un giro profesional y se fue a vivir a más de mil kilómetros de distancia, a una localidad andina al norte de la provincia de Neuquén. “Tenía 40 años, trabajaba de cardiólogo y en lo personal hacía todo lo mismo que les decía que había que hacer a mis pacientes. Comía lo que les recomendaba, hacía el ejercicio que les indicaba. Y aún así empecé a tener panza, que es donde surge el síndrome metabólico, en la acumulación de grasa intraabdominal. Entendí algo que los médicos hacemos ya de manera natural, sin reflexionar sobre el tema: vemos a un paciente y le decimos que tiene que comer menos y moverse más. Como si fuese algo voluntario, una decisión que uno toma así nomás”.

Hoy Larronde tiene 50 años y un cuerpo ejercitado. Le gusta la discusión y no teme confrontar sus argumentos con quienes piensan distinto. Es un apasionado sobre los procesos químicos y biológicos que realiza el cuerpo; le interesa el camino de la mente a la hora de enfrentar su entorno, pero a su vez se esfuerza casi con desesperación por encontrar analogías, ejemplos simples que permitan entender todo esto sin necesidad de que su interlocutor posea conocimientos científicos. Desde su refugio patagónico, recuerda aquellos años en los él mismo les echaba la culpa a los pacientes por ser gordos: “Y de esa culpa surgen luego los fármacos y las cirugías. Detrás está la famosa hipótesis calórica, un concepto simple para entender el mundo. Pero claramente esa hipótesis y nuestro modo de tratarla no funcionan. Desde hace años venimos diciendo y haciendo lo mismo, y según las estadísticas hay cada vez más sobrepeso y obesidad. En un momento tenés que frenar, mirar hacia atrás, a los costados, y darte cuenta de que estás viendo el tema de una forma equivocada”.

La culpa da lugar a las cirugías, dice Larronde. Y en ese sentido Argentina es un paraíso con negocio incluido.  En 2018, según la encuesta anual de la Sociedad Internacional de Cirugía Plástica Estética, este país se ubicó en el séptimo puesto entre los países del mundo con más cantidad de procedimientos estéticos (la posición más alta entre los países latinoamericanos la tiene Brasil seguido de México). Además, según la Cámara Argentina de Turismo Médico, en 2019 -previo a la pandemia de Covid19- se recibieron a unas seis mil personas que vinieron para realizarse intervenciones estéticas. Las liposucciones abdominales ocuparon nada menos que el segundo puesto, apenas detrás de los implantes mamarios. Ahora, con aeropuertos cerrados o trabajando en su mínima expresión, el número de turistas extranjeros se derrumbó desde marzo de 2020 pero el negocio sigue vivo; subsiste con una creciente participación del público local. “Al estar más horas en sus hogares las personas están más expuestas al espejo, además se ven constantemente en las pantallas con Zoom o videollamadas, eso hace que recuerden más sus imperfecciones y quieran modificarlas”, explicó en un artículo publicado en el diario Ámbito el médico Gustavo Prezzavento, jefe del Servicio de Cirugía Plástica del Hospital Alemán de la Ciudad de Buenos Aires.

No estar flacos sería entonces una imperfección a corregir. Pero para Larronde la gordura, al menos la que puede atribuirse a la alimentación, está lejos de ser una imperfección o error; es una respuesta lógica y sana que el cuerpo le da al entorno en el que vive. “Si veo un chico desnutrido, no veo un enfermo; lo enfermo es la sociedad que lo contiene. Un chico está desnutrido porque apela a gastar su grasa para sobrevivir. Sin dudas va a terminar enfermo pero usar la grasa es una reacción sana, es el modo que encuentra el sistema para sobrevivir. Con un chico obeso sucede lo mismo: su organismo apeló a un recurso que es guardar como grasa esa sobrecarga de comida que le está llegando. Está sobreviviendo en una sociedad obesogénica. Si no engordara, algo estaría mal con él.

El concepto de sociedades obesogénicas comenzó a circular en círculos científicos hace más de 20 años pero cobró relevancia social cuando fue tomado por organismos como la OMS en su llamada lucha contra la epidemia de la obesidad. Refiere a sociedades organizadas de modo tal que la respuesta inevitable de la población es la de engordar. En las causas listadas destacan el modo de alimentarse, con omnipresencia de productos ultraprocesados, junto a estímulos permanentes que apuntan hacia una vida cada vez más sedentaria con los niños viendo el mundo a través de múltiples pantallas. Una noción que el activismo gordo discute por considerarla parte de interpretaciones lineales.

El cardiólogo Larronde se erige como enemigo público de los ultraprocesados, definiéndolos como estímulos supernormales que no permiten que nuestro instinto biológico responda poniendo los límites necesarios. “El premio Nobel de medicina Nico Tinbergen introdujo el concepto de “estímulo supernormal”, explica. “Es lo que usa la industria para venderte cosas. La pornografía es así un estímulo supernormal del sexo. Los likes en las redes sociales lo son para la sociabilización. Los casinos para el juego. En la comida estos estímulos supernormales están metidos dentro de los ultraprocesados, esa comida de diseño hecha por la industria que altera tu centro de placer, produciendo un desbalance entre hambre y saciedad. Te dicen que te venden la porción justa pero es una mentira: ellos saben que la porción justa es infinita. Por eso tratar al individuo como a un enfermo no tiene sentido, la solución es más que nada política. Desde las posibilidades de mi consultorio intento que no entremos en ese juego, que seamos “los locos” que comamos distinto, volviendo a una comida real, una comida sin ultraprocesados”.

En su introducción al libro Mala Leche, Soledad Barruti desnuda a los alimentos de diseño: “Con bebés y niños como clientes predilectos, las grandes marcas parecen decididas a hacer de la comida una experiencia perfecta: práctica, rica hasta lo adictivo y libre de cualquier sospecha. Para lograrlo, cuentan con un arsenal imbatible de aromatizantes, colorantes, texturizantes, vitaminas agregadas, packagings rutilantes y miles de millones de dólares invertidos en publicidad. Todo parece diseñado para nuestra comodidad. Pero el precio que pagamos por comer sin saber es muy alto: la dieta actual se convirtió en el obstáculo más grande que debe sortear un niño para llegar sano a la adultez y un adulto a la vejez”. Dice sano, que no es lo mismo que flaco.

II. Mi personalidad

Quiero hablar un poco en primera persona. Yo, Rodolfo Reich, soy periodista y me especializo en gastronomía. Mi Instagram abunda en fotos de alfajores golosos y locros potentes, recomiendo las mejores medialunas hechas con pura manteca o un pollo frito con ají picante. Gran parte de mi trabajo es vender placer. Me gusta comer y me gusta que a otros también les guste. Pienso la vida alrededor de una mesa, me interesan las recetas, la cultura, la historia de una comida. Investigo sobre materias primas, productores, herencias culinarias y la creatividad.

Bebo mucho alcohol y mi colesterol está alto, por eso cada día tomo una pastillita que lo baja a niveles aprobados. No hago ejercicio. Siempre fui el peor en gimnasia, nunca jugué al fútbol y me avergonzaba profundamente tener que hacer una malograda vertical frente a mis compañeros de clase. Nunca fui gordo. Al contrario, fui chiquito, flaco y débil. Tardé en desarrollar la pubertad y sufrí por eso. Por años odié mi cuerpo y me resultaba imposible relacionarme con chicas.

No soy ejemplo de nada. No soy ejemplo de salud. Amigos y conocidos que me ven comer y cocinar me preguntan cómo puede ser que no engorde. Me lo dicen como si yo hiciera algo bien, algo mejor que otros.

Ahora que casi llego a los 50 años de edad estoy empezando a engordar. Mido 1,73 metros, peso 78 kilos. Son 15 kilos más de lo que pesaba hace 15 años. En Internet, donde abundan las “calculadoras IMC” que explican de manera taxativa si nuestro peso es el correcto, encontré que según sus parámetros tengo sobrepeso. Es decir, según las normas explícitas e implícitas que rigen nuestro tiempo, estoy enfermo. O, como mínimo, en camino de enfermar.

“De chico era imposible no darme cuenta de que la gordura estaba mal. Es de las primeras cosas que te discriminan cuando estás en la primaria. Me hacía sentir como, ‘uy, qué cagada, ojalá fuera flaco’”, dice Parri, el editor de video. En su cuenta de Instagram @parritaduarte postea algunas fotos despampanantes, repletas de ironía y sensualidad. Está desnudo, recostado en la cama, un cigarrillo en la mano, el contorno de los ojos delineados. Es imposible negarlo: si a esas mismas fotos las hubiese subido un hombre o una mujer flacos, el resultado sería inevitablemente distinto. “Esas fotos son como una militancia doble, para los demás pero también para mí. Es mi manera de incorporar, interiorizar el gusto a mi propio cuerpo. No tengo certezas de nada, no soy un teórico de la gordura. Sé que siempre fui gordo, desde chiquito. Y que es parte de mi personalidad. Hay un punto donde es una cruz. Y hay otro punto donde aprendo a convivir con esto”, dice con soltura, como si ese equilibrio fuera fácil. Pero él sabe que no lo es.

Parri requirió muchos años -al menos 30- para ganar la autoestima necesaria que le permite hoy exhibir su cuerpo de esta manera. Su infancia transcurrió en los años 80, cuando el sobrepeso aún no era considerado el temido mal del siglo. En su casa cuidar a un nene era sinónimo de darle bien de comer. Y bien era mucho. Además, a él le gustaba comer, siempre fue un goce, un disfrute. A los 9 años su madre lo llevó a un nutricionista, comenzó su primera dieta. En un principio funcionó y bajó de peso; luego volvió a subir. Hizo dieta una vez más, bajó y subió. En ese subibaja estuvo por varios años.

“Cada vez se hacía todo más difícil. En la preadolescencia empecé a percibirme como una ficha defectuosa en las relaciones humanas, me sentía espantoso. Me veía horrible y actuaba en consecuencia. Me vestía con ropa fea, no le prestaba atención al pelo. Ya está, soy gordo, soy una causa perdida, un punto negro en la humanidad, descartado para lo que es el juego de seducción. Se acentuó cuando empecé a salir a bailar. Para colmo soy puto. Gordo y puto. Y en el colectivo gay el gordo no está bien visto, al menos no en esa época. Ahora parece que un poco está cambiando. En ese momento estaban los osos, el arquetipo del gordo barbudo y puto, pero eran grupos que se cerraban en sí mismos de manera hermética porque fueron rechazados primero por la comunidad y luego también por los propios”, dice con resignación. No hay enojo ni resentimiento en sus palabras. “Si pudiera darme un consejo a mi yo del pasado, al niño y adolescente, le diría que no se lo tome todo de manera tan tremenda. Que la sociedad exagera. Hay gente que todavía me dice que baje de peso por mi salud, luego se dan vuelta y se dan con un montón de merca”.

Parri tiene 39 años y está en tratamiento para someterse a una cirugía bariátrica, una intervención dolorosa y agresiva recomendada cuando las dietas no funcionan. A estas cirugías se las cataloga como restrictivas (cuando disminuyen la capacidad gástrica achicando el estómago); malabsortivas (cuando producen una disminución de la superficie de absorción intestinal) y de técnicas mixtas, combinando ambas. Cualquiera sea la opción elegida, las secuelas duran de por vida exigiendo dietas y suplementos específicos.

En adolescentes, los primeros procedimientos bariátricos se hicieron entre las décadas de los 70 y 80, pero a partir del cambio de siglo la práctica se extendió con fuertes publicidades de clínicas y cirujanos bariátricos especializados. “Es un camino difícil y bifurcado -dice Parri- porque estoy consciente de los movimientos que hay por cuerpos diversos y porque yo mismo me amigué mucho con mi cuerpo gordo. Me opero porque quiero estar más cómodo con mi cuerpo en el sentido pragmático de la palabra. Llegué a un punto donde ya tengo problemas por mi peso. No me interesa dejar de ser gordo pero sí quiero poder correr el colectivo o atarme los cordones. No me interesa que la sociedad me acepte. Ya logré quererme, ahora la sociedad me puede chupar el orto. Es por eso que hoy me animo a pensar en la cirugía; antes hubiera sido un error”.

En una de las imágenes Brenda sujeta una famosa botella de vodka sueco. En otra camina por la calle con un vestido de incandescente color rojo. También se la ve tomando sol junto a una piscina, usa malla enteriza celeste con lunares blancos. Ella es una de las más reconocidas modelos plus size actuales.

“Mi primera dieta la hice a los 9 meses de edad. Según la pediatra yo estaba gorda. Ella seguramente dijo sobrepeso pero prefiero decir gorda: sobrepeso y obesidad son palabras patologizantes. La pediatra tenía seguro una tabla con percentiles, que funciona como excusa perfecta para hacer negocios, para que venga Cormillot y te venda su dieta”, dice con indisimulado enojo. Su historia continuó como tantas otras con picos de descenso de peso y nuevos aumentos. “Aún cuando bajaba sentía que seguía siendo una gorda. Terminás aprendiendo que nunca vas a adelgazar lo suficiente, que hagas lo que hagas te van a quemar el cerebro, se van a meter con vos y con tu cuerpo. El mayor logro de una mujer es ser bella a la manera en que lo indican las revistas. Es una picadora de sesos que nos inculcan desde que nacemos, todo para mantener un gran negocio”.

Brenda ya no es esa niña ingenua e infeliz a la que se le podía vender cualquier cosa. Se convirtió en una activista por la diversidad corporal pero también en la chica de tapa, la que sale en las revistas, la que se maquilla y seduce. Y si bien podrían ser dos caminos paralelos que jamás se cruzan, para ella son uno mismo: su modo de pararse y enfrentar las injusticias con una voz que nunca calla.

A los cuatro años, cuenta, amaba la danza clásica pero le dejaron bien en claro que nunca iba a lograr bailar en un escenario como el del Teatro Colón. Porque más allá de su talento y esfuerzo, su físico no era el adecuado. “Cuando sos todavía una niña, esas informaciones las absorbés sin poder discernir. Por suerte con los años pude reflexionar sobre esto. Entender que no soy un cuerpo constantemente en transición, un cuerpo transicionando a ser flaco. No quiero avergonzarme por existir en la forma en que soy. Pero que yo diga esto molesta a muchos. Les jode que existamos y que además seamos felices con el cuerpo que tenemos. Por eso el insulto, la crítica, las advertencias disfrazadas de salud. Quieren agarrar todos tus sueños y tirarlos a la basura. Así terminás con chicas de 8 años que son anoréxicas o bulímicas, negándose a comer o vomitando después de hacerlo. Toda una paradoja en un país como Argentina, donde vive tanta gente pobre sin dinero siquiera para llevar un plato a la mesa”.

Las palabras de Brenda se verifican en estadísticas oficiales. Con la pandemia actual la pobreza en Argentina alcanzó en el segundo semestre de 2020 al 40.9% de la población, el número más alto de la última década. Si el análisis se circunscribe solo a niños de hasta 14 años, la cifra alcanza la escalofriante cifra de 56,3 %. En simultáneo, según proyecciones de la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP), uno de cada 25 adolescentes tiene algún tipo de trastorno de la conducta alimentaria, convirtiendo a este país en el segundo -después de Japón- con los índices más altos de casos de bulimia y anorexia en el mundo.

En su libro “Gorda Vanidosa”, la filósofa y activista Lux Moreno arranca narrando su propia infancia como una niña gorda a merced de un mundo que la invisibilizaba. “Tener 9 años y darte cuenta de que sos gorda: ¿qué significa esto? Es tomar conciencia de que algunos son mejores que vos. Nada tienen que ver la simpatía o las notas: la marca se lleva en el cuerpo”, escribe. “De repente tengo 11 años, ahí floreciendo entre tantas otras, pero con el prejuicio encima de mis jóvenes rollos. Me acuerdo de que empecé a hacer deportes, me acuerdo de cuánta vergüenza me daba no conseguir ropa deportiva para mi medida. Recuerdo bien mi constante sensación de no encajar corporalmente”.

Y en un relato que duele leer se describe como una preadolescente gorda y llena de granos que para defenderse de alguna manera se hizo retraída, extraña y lectora de novelas sin parar, una chica que soñaba con un amor juvenil y con ser vista como hermosa. Salir de su casa era -con esa palabra- una “tortura”.

Laura Contrera, la filósofa y abogada con una vida estudiando el tema, también marca el componente de poder: “Se usa a los gordos, en especial a les niñes, para avalar un intervencionismo en las clases populares. Una intervención sobre personas migrantes, sobre los pobres, que permite mostrar cómo están maltratando a sus hijos. Nos la pasamos reproduciendo modelos racistas, clasistas, gordofóbicos, incluso cuando los objetivos detrás sean razonables. Los gordos no somos un índice viviente de todo lo que funciona mal en el país o en la industria alimentaria. No somos la excusa para pedir una ley de etiquetado o para quejarse del gobierno de turno”.

A sus 11 años, Lux fue por primera vez a un centro de nutrición infantil donde, con un sistema de semáforos, le marcaron qué alimentos comer y cuáles evitar. Se combinaba con sesiones grupales con otros niños en las que cada uno debía contar qué había comido. Si algún alimento rojo había superado el límite, el escarnio público era total.

A fuerza de dietas y de una médica (“mi primera Hitler alimentaria, una profesional implacable, un villano de película en contra de la industria de la comida chatarra, heroína de la OMS”), Lux logró ser flaca. Pero más allá del límite: “Durante el período que va de los 13 a los 16 años, pasé de ser la gorda introvertida a convertirme en una anoréxica extrovertida. La “opinión pública”, constituida por mis amigos del colegio y del barrio, no paraba de halagar esa metamorfosis de la voluntad que me llevó de ser una adolescente gorda que no era mirada por sus pares a convertirme en una especie de sex symbol barrial. Quería ser modelo, famosa y amada; y para eso había prescindido de comer o, si lo hacía, en un acto ritual luego me provocaba el vómito”.

Los recorridos por la vergüenza, el escarnio, las dietas infantiles se multiplican en infinitos relatos, todos singularmente parecidos. Lejos de ser historias individuales, ser gordo, gorda o gorde en la infancia se parece a esas series policiales yanquis que son idénticas aunque cambien sus protagonistas. Una persona gorda pronto es rodeada de extraños y de conocidos reconvertidos en médicos especialistas urgidos por dar consejos que sostengan sus prejuicios y superioridad en lo alto.

Rafaela tiene 16 años y es gorda, dice. Los kilos le pesan. Tiene caderas anchas y le cuesta encontrar ropa para su talle. Le gusta bailar. Nunca besó a un chico en la boca. Es la protagonista ficcionada de una novela infantil escrita por Mariana Furiasse , en una colección de libros pensados para adolescentes.

La novela es como un diario íntimo. Un día Rafaela escribe: “No entiendo cómo siendo tan abundante paso tan inadvertida”. Y luego: “No voy a piletas porque me da vergüenza que me vean en malla”.

Así es la infancia de miles en Argentina y en el mundo. Entre la vergüenza y la compasión, el escarnio y el negocio. Ser demasiado visible, ser invisible.

RR

Los padres no existen

Los padres no existen

Una frase popular dice que “Los reyes no existen, son los padres”. Sin embargo, ¿qué reprime esta afirmación? Que los padres tampoco existen.

Al consultorio de un psicoanalista llegan diversas personas, a veces enloquecidas con la idea de que tienen padres. Es realmente un disparate. 

¿Por qué se convencen de algo semejante? Porque a partir de esta creencia es que pueden pensar que son de un modo u otro, que les pasó tal o cual cosa, porque tienen los padres que tienen. Dicho de otra manera, los padres son una excelente excusa.

Gracias a que creemos que tenemos padres es que explicamos muchas particularidades de nuestra vida, porque hacemos de su existencia un recurso determinista. Por suerte, en la escucha psicoanalítica cuando alguien nos habla de sus padres, antes que dar sentadas las diferentes cuestiones que narra, nos preguntamos qué reprime esa narración.

Por ejemplo, alguien dice que su padre nunca lo quiso y lo trató mal, pero lo que no cuenta es que quizá ese maltrato es una representación de la complicidad del niño con su madre, al servicio del desprecio de la figura paterna. O alguien cuenta que nunca vio entre sus padres ninguna señal de afecto, pero ¿si este relato fuera para eludir saber algo del erotismo que quien habla demuestra por su sola presencia (venido al mundo al cabo de un coito, seguramente no solo uno)? 

Esto no quiere decir que los psicoanalistas no creamos en lo que dicen nuestros pacientes. Al contrario, creemos mucho más que ellos en que dicen algo cuando dicen lo que dicen, aunque a veces no lo saben. O se las arreglan bien para no saberlo.

No tenemos padres. Somos hijos de deseos singulares. De ese hombre, esa mujer y quizá de alguien más. Esta es una forma de decir que las funciones parentales no son abstracciones ni ideales. Las encarnan personas concretas y aquí cabe una aclaración: el deseo de hijo tampoco existe. 

Alguien puede desear un embarazo. Alguien puede querer tener un hijo. Pero no hay deseo de hijo. Me explicaré mejor porque esto puede parecer difícil de entender. 

El deseo es una función sexual que une los cuerpos eróticamente. En todo caso un hijo puede ser el resultado de un deseo entre dos y lo importante es esto último: el deseo del que proviene un hijo es entre dos. Claro que esto no quiere decir que dos personas se pongan de acuerdo para tener un hijo; aquí no valen las decisiones conscientes. 

Me refiero a que el deseo sexual es lo que une un cuerpo con otro cuerpo y un hijo puede ser muchas cosas: desde un temor a una sorpresa, o bien el objeto en que el deseo se posa una vez que se realizó; pero un hijo no es un deseo. 

Esta idea repugna a los neuróticos, que cada tanto se olvidan de que sus padres no existen y les preguntan: “¿Vos me quisiste tener?” o “¿Fui yo un hijo deseado?”, en busca de una presencia previa al acto sexual que los engendró. Los neuróticos quisieran estar ahí antes de haber sido concebidos. De ahí nace su pasión por no querer perderse nada.

Aquí alguien puede decirme que no siempre un hijo se concibe en una pareja, que la ciencia hoy tiene sus propios medios. Yo responderé que el deseo sexual que une un cuerpo con otro cuerpo bien puede estar en la fantasía. Aún recuerdo a la mujer que me contó que, en la primera entrevista que tuvo con un médico especialista en fertilización, tuve el pensamiento repentino: “Qué hombre pintón” y no se refería precisamente a su pareja. 

Los hijos no se buscan, llegan. Que no haya deseo de hijo también quiere decir que un hijo no es la causa del deseo que lo trajo al mundo. Y aquí cabe otra distinción, con el parto nace un niño, pero ¿en qué medida se convierte en hijo?

Un niño será un hijo si hay un deseo que lo precede y excede, al que con los años se dedicará a investigar. Recuerdo todavía al pequeño que un día dijo, antes de irse a la cama: “Este oso se lo regaló mi papá a mi mamá cuando ella se casó”. 

El inconsciente es irrespetuoso con el castellano: el niño no dijo “cuando se casaron”, entonces la pregunta es con quién se casó la madre cuando “ella se casó”. Hermosa forma en la que también la figura del padre reprime la presencia del marido. Hermoso también el modo en que el niño expresa metafóricamente la llegada del niño como un don.

El inconsciente cabe en una frase, para quien quiera oír. Entonces, un hijo será tal si no solo es cuidado y sus necesidades son satisfechas. Será un hijo si es capaz de tener alguna inquietud respecto del deseo que lo trajo al mundo.

Ser hijo es estar fuera de una escena en la que ocurre algo y que se espía. Ser hijo es una posición de espectador. Por eso la masturbación es una práctica de hijo, que mira una escena en la que se juega un deseo (en la fantasía o en una pantalla). Por eso quien es impotente en la cama, no lo es para tocarse. Por eso para ir a la cama es preciso dejar de ser hijo, al menos por un ratito. Por más que se insista con el colecho, a la cama no se va como hijo.

De la misma manera, un síntoma típico de la posición de hijo son los celos. ¿Qué otra cosa es un celoso sino un espía profesional, alguien que quiere saber qué pasa en otra escena? El celoso es alguien que padece por la suposición de un deseo que lo precede y excede, del que solo puede ser espectador.

Además puede ocurrir que un hijo se neurotice. ¿Qué quiere decir ser neurótico? Es un modo de no querer saber del deseo sexual que nos trajo al mundo. El neurótico quisiera ser la causa de ese deseo. Así es que no se imagina que nada pueda hacer más feliz a su madre que visitarla. Un neurótico nunca se imagina interrumpiendo a aquel de quien se cree la causa de su deseo.

Recuerdo que hace un tiempo estaba en un programa de TV en el que se debatía sobre infidelidad y alguien dijo: “Mi madre nunca le fue infiel a mi papá, en cambio él…”. ¡He ahí un hijo! Neurótico, además. ¿Qué reprime su afirmación? Primero, no tendría sentido decir algo que cualquier psicoanalista sabe: las mujeres son tan infieles como los varones; el punto en la frase es otro: con la acusación indirecta de infidelidad al padre, encubre que la madre pudo haberle sido infiel con el hijo mismo. Así se declara inocente o, mejor dicho, confiesa la culpa por el acto parricida: con la fantasía del padre infiel, vela que lo sabe cornudo.

Los neuróticos quieren ser la causa del deseo del otro. Esta es su tontera de hijos. Así es que construyen esa creencia de que los padres existen y, encima, les atribuyen todo tipo de aspectos que consolidan una narración familiar.

¿Qué produce el análisis? Mejor dicho, ¿cómo se reconoce a un analizado? Quien sea está analizado si es capaz de haber atravesado las versiones deterministas del otro, es decir, si es capaz de dejar de explicarse a partir del otro (con el esquema lineal de la causa y el efecto) y, en particular, a partir del momento en que puede decir “No sé” ante ciertos detalles de la historia familiar. 

Por ejemplo, puede ser que con los años alguien pueda situar que ese padre infiel al que le atribuyó todo tipo de fechorías, en la medida en que regresaba a casa, estaba unido con esa mujer que le reprochaba sus deslices por algo más que la costumbre. Tal vez esa escena implicara algo entre ellos, tal vez la otra cara de los reproches maternos al padre fueran la antesala de reconciliaciones fogosas. Cada quien se las arregla como puede para ir a la cama. 

Poco sabemos de nuestros padres, a lo mejor podemos dejar de mirar y creer que vemos, porque con el tiempo de análisis las versiones macizas de los padres ceden a las contradicciones y ese padre de tal o cual forma homogénea se vuelve un hombre unido a su pareja de una manera extraña, indeterminable, más o menos sintomática. 

El día en que nos damos cuenta de esto no dejamos de ser hijos, quizá sí de sufrir de neurosis y, además, habremos dejado de ser hijos desde una posición infantil. 

También dejamos de ser hijos desde una posición infantil el día en que advertimos que, con nuestros hermanos, somos hijos de las mismas personas, no de los mismos padres –ya que cada uno se armó su propia versión para velar ese deseo que lo trajo al mundo, que no fue el mismo para cada hijo.

El día en que descubrimos que los padres no existen, es que podemos empezar a amarlos sin esperar que nos amen.

Estamos analizados el día en que descubrimos que no sabemos un montón de cosas y no sufrimos por eso. Entonces es el comienzo de nuestra vida.

LL