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Pasó desapercibido, pero el 28 de abril el Senado debatirá una iniciativa que endurece las penas para los delitos de denuncias falsas o falso testimonio cuando hubo una acusación por violencia de género o de abuso sexual. La iniciativa es impulsada por Carolina Losada y es respaldada por un lobby de organizaciones. No hay estadísticas que respalden el proyecto.
Advierten que las políticas económicas del Gobierno profundizan la brecha entre varones y mujeres
“¿Qué tengo que hacer para que jueguen bien? ¿Meterlas en la ducha y cogerlas?” “¿Tus papás saben que sos lesbiana?” “¿Por qué no me mandás fotos tuyas?” “Mirá cómo estoy. Nunca me había pasado. Vos me ponés así”.
En 2021, cinco jugadoras de la selección argentina de fútbol denunciaron al entrenador Diego Guacci por acoso y abuso sexual. Estas frases, adjudicadas a Guacci, formaron parte de la investigación que llevó a cabo la FIFA, pero el Comité de Ética terminó cerrando la causa por considerar que las pruebas eran insuficientes. Las jugadoras, que continuaron denunciando el hostigamiento y el abuso, terminaron abandonando la Selección. Guacci, en cambio, se convirtió, junto a su esposa, en un referente de la cruzada contra las “denuncias falsas”.
Andrea Guacci, quien tomó el apellido de su esposo, fundó el Frente de Mujeres Argentinas contra las Denuncias Falsas un año después. No fue la única: según un relevamiento que realizó de manera colaborativa la Federación Nacional Red de Medios Digitales (RMD), a partir de 2021, como un contramovimiento frente al avance de los feminismos, se multiplicaron los actores –organizaciones, fundaciones y grupos de abogados– que comenzaron a alertar sobre una supuesta emergencia de denuncias falsas en casos de violencia de género.
No hay estadísticas que respalden esta supuesta emergencia que, argumentan las organizaciones, está arruinando la vida a cientos de personas y niños. Pero, valiéndose de casos particulares, como el caso Guacci o el del obstetra Pablo Ghisoni, estos actores empezaron a hacer lobby en los medios de comunicación y a reunirse con legisladores y dirigentes políticos.
En 2022, Guacci conoció a Carolina Losada, quien desde entonces se convirtió en una abanderada de la causa. En 2023, luego de perder la interna contra Maximiliano Pullaro en Santa Fe y ser electa, en cambio, como senadora, Losada empezó a encabezar audiencias itinerantes sobre las supuestas denuncias falsas en todo el país. “Están utilizando el sistema como herramienta de extorsión, amenaza, castigo o venganza”, advirtió la senadora radical y presentó un proyecto de ley que, bajo el argumento de que la Justicia aplicaba sanciones sin prueba en casos de violencia de género, endurece las penas para dos delitos que ya existen en el Código Penal: el de denuncias falsas (artículo 245) y el de falso testimonio (275).
El proyecto de ley fue presentado dos veces y, la semana pasada consiguió dictamen favorable en la comisión de Justicia del Senado. La iniciativa no crea un nuevo tipo penal, sino que endurece las penas para dos delitos existentes –denuncias falsas y falso testimonio– en aquellas acusaciones vinculadas a la violencia de género, el abuso sexual o la violencia contra niños. Todos delitos que, advierten varias organizaciones de Justicia y de Derechos Humanos, se producen en ámbitos privados y, por lo tanto, suelen ser muy difíciles de probar.
En el caso de las denuncias falsas sobre violencia de género, el proyecto de Losada convierte el delito en no excarcelable, ya que lleva la pena de 3 a 6 años (hoy es de 2 meses a un año). En el caso del falso testimonio, que afecta a testigos y peritos, lo lleva de 3 a 8 años (hoy es de un mes a 4 años).
La iniciativa se debatirá en el Senado el próximo 28 de abril. La jefa del oficialismo, Patricia Bullrich, respalda el proyecto de Losada y está convencida de que tendrá el número para darle media sanción al proyecto. Las organizaciones de abogadas feministas están en estado de alerta: si la ley se sanciona, advierten, habrá un enorme retroceso en el acceso a la Justicia de las víctimas de violencia de género.
“El problema con el proyecto es que no aborda los problemas de acceso a la Justicia sino que por el contrario, los agrava. Si ya son muy pocas las personas que denuncian situaciones de violencia y de abuso, muchas menos habrá si enfrentan la posibilidad de ser perseguidas penalmente en el muy probable caso de que la denuncia de violencia y abuso no prospere en la Justicia”, advierte, en diálogo con elDiarioAR, la abogada Natalia Gherardi, directora del Equipo Latinoamericano de Justicia y Género.
El argumento de Losada y las organizaciones que impulsan el proyecto parte de la premisa de que existe un aumento significativo de las medidas judiciales en casos de violencia de género sin exigir prueba alguna. La Justicia condena hombres sin pruebas, argumentan, y les arruina la vida y los separa de sus familias. Y, si bien existen casos puntuales de denuncias falsas que derivaron en condenas, no existe en la Argentina ningún tipo de estadística que dé cuenta de un incremento de las denuncias falsas por violencia de género. Sino todo lo contrario.
Según datos recabados por INECIP (Instituto de Estudios Comparados en Ciencias Penales y Sociales), en el 2023 se dictaron 23.419 sentencias condenatorias. De ese total, que son datos proporcionados por la Dirección Nacional de Reincidencia, los casos de falsa denuncia y falso testimonio en todas las modalidades fueron 60. Es decir: el 0,25% del total de las sentencias dictadas en ese año fueron por falso testimonio y falsa denuncia.
“Los datos que existen demuestran la absoluta marginalidad y por lo tanto su irrelevancia político criminal”, advierte el INECIP, junto a decenas de organizaciones que publicaron un documento en contra del proyecto de Losada.
El problema, sin embargo, no es solo la marginalidad estadística de este tipo de delitos –que ya existen y están tipificados–, sino las consecuencias que una política criminal orientada a endurecer las denuncias falsas por violencia de género puede tener sobre las mujeres y diversidades que denuncian. Un tipo de delito que, a diferencia de las denuncias falsas, sí tienen estadísticas oficiales que muestran que existe un profundo subregistro sobre la violencia de género.
Según la Corte Suprema de Justicia, por ejemplo, solo el 18% de las víctimas de femicidio hizo una denuncia previa en 2023. Y, en el caso de los delitos contra la integridad sexual, la Encuesta Nacional de Victimización del INDEC registró que solo el 12,5% de los delitos sexuales se reportan.
“Lejos de fortalecer la respuesta del Estado frente a la violencia, desincentivan las demandas legítimas de justicia, protección y reparación por parte de mujeres y de sus hijas e hijos, víctimas frecuentes en estos casos y propician la impunidad y repetición de estos delitos”, advirtió, en 2024, el Comité de Expertas del Mecanismo de Seguimiento de la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer de la OEA.
Con otras palabras, Anna del Boca lo señaló así: “A mi me psicopatearon de todos lados, para convencerme de pedir perdón y retractarme por todo lo que me hicieron sufrir. Eso incentivan. Son parte del problema”. Hija de la actriz Andrea del Boca, Anna denunció en 2019 por abuso sexual a su padre, Ricardo Biasotti. El empresario, sin embargo, fue absuelto por la Justicia por falta de pruebas y se convirtió en un referente de las denuncias falsas, participando, incluso, del debate que organizó Losada en el Congreso.
Después de escucharlo exponiendo en el Senado, Anna concedió una entrevista y le advirtió a los que sostenían la bandera de las denuncias falsas: “Llámense a silencio porque es macabro lo que están haciendo”.
MCM/MG

Los mandatos estéticos se disfrazan ahora de salud y bienestar, y crean un nuevo canon, también imposible, que genera obsesión, problemas de autoestima e inseguridad: ¿es casualidad o es parte de un momento de reacción conservadora que busca en la belleza una manera de someter a las mujeres?
Parches para tapar la boca mientras duermes. Tiras de sujeción para contener la papada. Dietas anti inflamatorias para combatir la grasa o mejorar tu aspecto. Bebidas especiales, dietas y suplementos para contribuir a ese mismo objetivo. Rutinas de limpieza e hidratación de cara que incluyen decenas de pasos y productos, por la mañana y por la noche, para conseguir pieles perfectas.
Cualquier mujer que se encuentre entre la adolescencia y la vejez se habrá topado, y con frecuencia, con algunas de estas tendencias. La delgadez extrema de los 90 y primeros de los 2000 fue el canon de belleza en el que crecimos las jóvenes de entonces. Lejos de relajarse, el estándar de la delgadez se renueva: lo hace a través de conceptos que suenan a salud y medicina, y lo hace mezclado con nuevos ideales de belleza imposibles de alcanzar, como los que hablan de pieles 'de cristal', sin poros e imperfecciones, y para los que el mercado nos ofrece cientos de productos, rutinas y tratamientos.
“La persecución de la delgadez nunca desapareció. Lo que estamos viendo es una intensificación y una reformulación. Los estándares estéticos imposibles no son nuevos. Lo que ocurre es que se transforman constantemente. Cuando parece que estamos más cerca de alcanzar un ideal —en esa promesa de que ahora sí es posible—, ese ideal se redefine y se desplaza. Cambian las reglas del juego: ya no es solo estar delgada, sino estar delgada, tonificada, sin 'inflamación', con piel perfecta… No es que el canon desaparezca o se democratice, sino que se vuelve más complejo y, en cierto modo, más exigente”, resume la psicóloga experta en alimentación, imagen corporal y trauma Rocío Rodríguez.
Para muchas pensadoras feministas, el auge de estos nuevos cánones no es casual, sino que está relacionado con un momento de reacción conservadora contra la efervescencia feminista y los avances sociales empujados por las mujeres. Ya lo escribió la intelectual Naomi Wolf en El mito de la belleza hace 35 años: la obsesión por la delgadez y la belleza femenina no es una cuestión meramente estética, sino una manera de disciplinar y controlar a las mujeres, que quedan absorbidas y anestesiadas por estos mandatos. Es más complicado sentirse sujeto de derechos y tener tiempo y energía para pelearlos si te hacen sentir mal con vos misma constantemente. El culto a la delgadez y a un tipo concreto de belleza es una manera de conseguir la sumisión femenina.
Ahora, el discurso de seguir tal o cual dieta para adelgazar fue sustituido por el relato de la inflamación. “Te dicen 'hacé esto para desinflamarte', 'para regular tu cuerpo', 'para cuidar tu salud'. Pero en muchos casos, el objetivo de fondo sigue siendo el mismo: la pérdida de peso o el acercamiento a un ideal corporal concreto”, prosigue Rodríguez, que asiste a un auge de la palabra inflamación en su consulta, un concepto amplio y poco definido “que permite envolver de legitimidad médica prácticas que, en esencia, no son tan diferentes de las dietas de siempre”.
La nutricionista Azahara Nieto lleva tiempo advirtiendo de esta tendencia que encubre, dice, un culto a la delgadez. Kate Moss y Claudia Schiffer en revistas y pasarelas. Christina Aguilera o Britney Spears en la música. Nicole Kidman o Angelina Jolie en las pantallas. Ellas fueron las referentes de la belleza de los 90 y comienzos de los dos mil. Si ese canon pareció relajarse durante un tiempo, ahora vuelve disfrazado de preocupación por la salud y el bienestar.
“Ahora nos dicen que estamos gordas a través de la inflamación. Ese discurso se sitúa mucho en la época de perimenopasia y menopausia, que siempre fueron algo vergonzoso y en las que el cuerpo va cambiando, y desde ahí nos están vendiendo una dieta que restringe un montón de alimentos porque supuestamente inflaman, aunque no haya evidencia, y que se recomienden un montón de suplementos...”, apunta Nieto.
A la inflamación, se suma el énfasis en la microbiota o el cortisol. “Este uso de términos médicos fuera de contexto lo que genera es una hipervigilancia corporal tremenda y, por lo tanto, también muchísima ansiedad con el cuerpo. Porque en muchos casos lo que ocurre es que se patologizan sensaciones corporales que responden a la normalidad. Además, se está produciendo una medicalización de la vida cotidiana: procesos fisiológicos básicos como la digestión, los cambios hormonales a lo largo del ciclo menstrual, la retención de líquidos o incluso el cansancio dejan de percibirse como parte de la variabilidad normal del cuerpo y pasan a interpretarse como señales de que algo no funciona bien. Esto empuja a muchas mujeres a sentirse constantemente en falta, como si su cuerpo necesitara ser corregido o intervenido de manera permanente”, explica la psicóloga Rocío Rodríguez.
La locura por conseguir una 'glass skin' -una piel extremadamente luminosa e hidratada, sin manchas, granos ni marcas- lleva tiempo inundando las redes sociales y las publicaciones sobre tendencias y belleza. La psicóloga Rocío Rodríguez percibe en consulta la obsesión, incluso el desarrollo de trastornos “ligados al culto a la piel y al skincare routine”. La distancia entre la percepción propia y cómo creemos que debería ser nuestra piel o nuestro cuerpo, dice, abre una brecha en la que pueden verse afectadas la autoestima y el autoconcepto y llegar a provocar la aparición de síntomas ansioso-depresivos. Esos síntomas, sostenidos en el tiempo, pueden desembocar en trastornos de la conducta alimentaria o en trastorno dismórfico corporal.
“Claramente hay problemáticas psicológicas que se relacionan con este tipo de conductas. Por ejemplo, el trastorno dismórfico corporal, que implica una preocupación intensa por percibir alguna parte del cuerpo como defectuosa o incorrecta, o los trastornos de la conducta alimentaria, muy vinculados a la insatisfacción corporal. Al final, cuando aumenta la obsesión con una parte concreta del cuerpo —como la piel— o con el cuerpo en general, aparece esa necesidad constante de mejorar, optimizar y acercarse a determinados estándares de belleza. Y eso suele generar una insatisfacción creciente, sobre todo cuando comparamos nuestro cuerpo percibido con el ideal que creemos que deberíamos alcanzar”, afirma la experta.
La escritora Aida González Rossi acaba de publicar 'Gorda sinvergüenza. Usar el lenguaje para habitar el cuerpo' (Debate). Para la autora, la violencia estética toma nuevas formas, ahora bajo la apariencia “de cuidarnos, invertir en nosotras, ser mejores”. “Al final, esto no es más que obligarnos a tener una especie de canon de nosotras mismas (que es, por supuesto, la versión nuestra que más se acerque a los mandatos sociales y al canon general, que además siempre es blanco, cis, etc.), un poco como si fuéramos bloques que hay que picar para llegar a la escultura, el verdadero yo que nos daría todas las respuestas”, dice.
La historiadora feminista Tatiana Romero preparó un taller para repensar la belleza. Con Clean look y uñas acrílicas: la colonialidad de la belleza y la (im)posibilidad de desconolizar el deseo quiere reflexionar sobre cómo la idea de belleza está atravesada por una mirada de género y colonial: los estereotipos y mandatos están pensados desde esos parámetros y, por tanto, dejan necesariamente fuera a un montón de sujetos. Pone como ejemplo como desde el racismo científico había quien definía lo bello como “parecerse lo más posible a la cabeza de una escultura griega”.
Tener miles de rutinas de belleza, las skin routine interminables, las correas para sujetar papadas o la normalización de medicamentos como Ozempic le parece a Romero un paso más en la violencia estética, “un disciplinamiento de los cuerpos que, una vez más, es funcional al capitalismo que estamos viviendo ahora mismo”. La moda del 'clean look', una apariencia elegante pero discreta, que parece invitar a mostrar la clase y el estatus pero sin que se note mucho, que en su nombre en inglés se equipara a 'lo limpio', nos dice que eso es 'lo bello' y lo correcto frente a otras tendencias que convierten a muchas mujeres en sujetos que solo pueden ser exóticos, imperfectos, menos interesantes y deseables.
A González Rossi le llama la atención la moda de ponerse stickers sobre los granos (pequeños adhesivos para, por ejemplo, cicatrizar rápido o suavizar el aspecto). “¿Por qué priorizamos tanto que cicatricen lo más rápido posible? Esos parches también pueden ser transparentes. Al final es una forma de establecer un tabú, de colocar un símbolo de 'esto no debería estar aquí, así que no lo tomes como parte de mi rostro' cuando el skincare 'falla' y no nos lleva del todo hacia esa escultura que deberíamos ser. Es como si ya no fuera solamente el hecho de que no sea vea el grano, sino el gesto público de corregirlo, de ocultarlo. Lo mismo pasa cuando somos gordas y sentimos la necesidad de manifestar todo el tiempo que estamos haciendo dieta, o ejercicio”, concluye. Porque si no conseguís llegar al ideal, al menos tenés que demostrarle al mundo que lo estás intentando con todas tus fuerzas.

Hace 20 años que Martín trabaja con su padre en el programa de radio más exitoso y duradero de la historia: "La venganza será terrible". Pero hace dos que está en un proyecto propio y tiene otros en mente para este año. ¿Quién es Martín Dolina y por qué dice que llegó el momento de hacer su propio camino?
Portar apellidos no es para cualquiera. Hay apellidos que ennoblecen, que humillan, que son un karma, y hay apellidos que de tan grandes cuesta apropiárselos. Dolina es sinónimo de una erudición que conjuga música, literatura, reflexión filosófica y humor y que alcanzó a un público masivo sin perder un sello artístico.
Cara redonda, pálido, pelo lacio, si no tuviera el apellido Dolina, nadie diría que Martín es hijo de Alejandro. “De niño me parecía al Al Pacino de Carlito's way”, dice Martín, “ahora me parezco más a Porcel”, bromea. Tampoco se parece a su mamá ni a su hermano. “Tenemos unos genes que no agarran bien”, se ríe.
Más allá de la lejanía física no pueden negar el parentesco. “Existe un gen Dolina que tiene que ver con la curiosidad, con estar interesado en cómo funcionan las cosas, sobre todo en el arte”, dice Martín. Ese gen en común también se expresa cuando Martín y su hermano se ríen con su padre viendo La pistola desnuda, o cuando reconocen el código propio de chistes que les dejó Les Luthiers. Y no es lo único que tienen en común los tres. Juegan el mismo partido desde hace más de 20 años. Todos los martes a las siete de la tarde, se enfrentan blancos y azules. Martín juega junto a su padre para los azules. Todo un desafío, considerando lo calentón que es Dolina cuando juega a la pelota, pero lo cierto es que se entienden y después de verlos hay que decirlo: los Dolina son buenos jugadores de fútbol.
A los 6 años, Martín caminaba con su padre por la calle. Pararon a comprar unas revistas y el tipo del puesto de diarios se las dio gratis. “Cuando mi viejo me explicó, con mucho pudor, que me las habían regalado en agradecimiento porque el vendedor era oyente del programa, lo increpé: '¡Le hubieras pedido más cosas!'”. Ese gesto reveló para el niño que el apellido Dolina no era solo un nombre en casa. Aquel día entendió que para la gente su papá significaba algo distinto.
Martín era un niño youtuber al que sólo le faltó una cosa, YouTube. Filmaba películas de detectives en VHS con sus primos. Él se encargaba de las historias que incluían desde persecuciones en triciclo hasta un tipo que se escapaba tirándose por el inodoro –efecto que Martín logró sacando la tapa del inodoro de su casa y por la que el sospechoso fingía meterse– pasando por muertos con sangre artificial. “Tik tok llegó demasiado tarde”, concluye.
Colabora con su padre desde los once cuando cantó en la opereta Lo que me costó el amor de Laura. “Cuando era chico sentía que iba a ser una estrella del espectáculo”, dice Martín 29 años más tarde. “Quería ser actor y cantante”. A los 15 pisó su primer escenario por esa misma opereta. “Ahí pensé que aquello se iba a cumplir”.
El ingreso de Martín al programa de radio de Dolina fue fortuito. Colaboró, junto a su hermano con algunas canciones en vivo. Parecía cosa de verano y, sin embargo, desde entonces no pararon de cantar covers en el programa de su padre –en su repertorio ya tienen más de 200 canciones–.
Martín vivió la época de oro de su papá lo que también le dejó algunas anécdotas exóticas: A los diez años conoció a Diego Armando Maradona. “Todavía era jugador” dice Martín y agrega: “Hice un comentario gracioso hablando de fútbol, dije: ‘lo único que aprendí en las canchas de Marangoni es a rasparme”’. ¿Y se rió de tu chiste? pregunta este cronista. “No se rió, pero me miró con ternura”.
En 1998 Ernesto Sábato le pegó una piña. Fueron a ensayar la opereta Lo que me costó el amor de Laura a Santos Lugares, donde vivía Sábato. El escritor bajó la escalera corriendo y se jactó: “Estoy viejo, pero muy fuerte”. Mientras decía esto, excitado, le pegó una piña a Martín que tenía 11 años. “Me quedó doliendo el hombro”, recuerda.
Durante una gira, en Londres, con el programa de radio, corrió por las calles a Stephen Hawking. La cosa es así, vio a una señora elegante llevando a un señor en sillas de ruedas. Martín dudó, pero su hermano Alejandro insistió: “¡Es el físico, se nos escapa!”. Una escena dolinezca típica. Dos hermanos corriendo al cuadripléjico más famoso de la historia. “Al final le sacamos una foto de atrás” Martín se ríe hoy, “no se ve nada”.
Con su participación en La venganza será terrible como trabajo principal, Martín se animó a otros proyectos: desde guionar una serie llamada Chateros –donde cuatro amigos se enviaban videos por el chat de Facebook y cada video era un sketch– hasta una comedia musical que escribió junto a su hermano y su papá, pasando por la redacción de un guión que le llevó un año y medio y que no funcionó. Martín agrupó estos trabajos en una carpeta cuyo nombre lo dice todo: Proyectos que me metí en el culo. “Ninguno funcionó” se lamenta, “y tiene más archivos de los que me gustaría”.
Pero hay un proyecto audiovisual que eludió esa carpeta. Se trata de una propuesta que les acercó el director Juan José Campanela: que su padre hiciera un programa sobre charlas y canciones con la idea que quisiera. “¿Y qué tal si hacemos un falso documental sobre un show de televisión que no existió?” Martín les propuso a su padre y a su hermano que se engancharon al instante. El programa se hizo. Año: 2004. Canal: Encuentro. Allí Martín aplicó todo lo que había aprendido en sus años de estudiante de la licenciatura en Dirección Cinematográfica en la Universidad del Cine. “Fue como hacer la tesis de la carrera que no terminé”, dice Martín, quien hizo de todo en ese proyecto: cantó, escribió los guiones junto a su hermano Alejandro y a su papá y editó en la posproducción. Y entre tantas tareas hubo una especial. En una escena de desnudez en la que el actor principal tuvo pudor, Martín lo reemplazó y tuvo que dar algo más íntimo que su talento. “En el canal Encuentro debo ser el primer y único culo que salió al aire”.
Más allá de 40 años siendo una celebridad, Dolina desconoce la farándula. Por suerte Martín le aporta su creatividad para evitar papelones.
En eventos sociales, muchos se acercan a saludar a Dolina. Para que su padre no quede mal, Martín ideó una estrategia: “Si yo le decía 1, significaba que esa persona era apenas conocida y que mi viejo no iba a quedar mal si no lo saludaba por su nombre, en cambio si le decía 5, el saludo tenía que ser efusivo”. ¿El resultado de la puesta en práctica de esta escala? Un fracaso. “Se acercó un cantante de rock famoso y yo le dije 3. Mi viejo me miró y ahí me di cuenta de que se había olvidado del valor de cada número. Nos reímos los dos y, al famoso, apenas lo saludó”. Buscar la risa es algo que está muy presente en la vida de Martín. “El humor”, repite siempre, “es un clonazepan gratuito”.
A Martín no le pesa ser hijo de una celebridad. Le genera presión que su padre sea, precisamente, Alejandro Dolina. “Mi viejo es una especie de superhombre, un artista renacentista que hace todo”, Martín levanta las cejas, “eso es abrumador”. Esa magnitud personal, y la crueldad con que la gente mira “a los hijos de” y, además, la obsesión de su padre por la excelencia, también le generan un conflicto. “Si mi viejo fuera Arnaldo Arné”, Martín se ríe, “no sería lo mismo; es buen actor, pero nada más”.
Martín saca uno de sus gatos de arriba de la mesa y sirve otro vaso de Coca zero: “Trabajar con papá en la radio lo disfruto, pero en algún momento me satura”. A los 40 se cansó de las giras que hacen con La Venganza: “A los 20 me encantaban, pero ahora ya no”, reflexiona Martín: “Salvo que seas mi viejo, él no afloja”.
“Siento que se me está pasando el tiempo”, confiesa Martín, preocupado. Y en eso descubre otra característica del gen Dolina que siente no haber heredado por completo: a diferencia de su hermano y de su padre, a él el paso del tiempo le resulta un obstáculo. “Ojo, tampoco es que me junto con gente de 40 a compartir renuncias”, dice, “pero sí me pesa un poco más que a los otros Dolina”.
Son tiempos de cambio en todos los sentidos para Martín, hasta en su casa que está en refacción. “Esperá un poquito” dice, se saca el chicle de la boca y lo pega en un caño que pierde agua. En la entrada, a los pies de la escalera, hay un charco. “Tengo a los plomeros trabajando en la casa”. La imagen es literal y simbólica: la refacción es un mapa de lo que se está moviendo adentro.
“Yo creí que iba a trabajar dos años en La venganza será terrible. Creí que las puertas se iban a abrir solas. No pasó. Cuando pestañeé por quinta vez ya llevaba 15 años en el programa. Ahí empezó la pulsión de escapar del seno familiar”.
En 2021 empezó a trabajar con los humoristas y actores Martín Garabal y Adrián Lakerman. Tras dos proyectos frustrados –Martín pensó “Más archivos para la carpeta del culo”–, en 2024 lanzaron Edición Especial, un programa en el canal de streaming Luzu.
“Martín no tiene comparación con su padre”, dice Garabal que era oyente del programa de Dolina desde antes de conocerlo a Martín. “Tiene una risa lúdica y tierna, pero ejecuta sus chistes desde una postura pesimista y oscura”. Garabal hace una pausa. “Lo veo, incluso, más melancólico que al Negro, pero Martín es más desenfadado y le gusta también el humor grosero y el doble sentido”.
En 2025 el más chico de los Dolina pasó de la producción a la mesa del programa –además de sumar notas en la calle–. “Martín encontró su personaje al aire en la improvisación y fue espectacular ver ese crecimiento y formar parte de su desarrollo profesional”, dice Garabal.
“Esto fue lo primero que hice grosso por fuera de lo familiar”, se enorgullece Martín.
“En el streaming puedo putear. Mi viejo jamás putea en público”, se compara. “Eso lo hice a propósito porque me da risa la idea de la fotocopia de la fotocopia que va empeorando la calidad”. Así Martín ejecuta su plan de marcar distancia con ese legado impecable que, aunque admirado, lo asfixia. “Cuando uno es el hijo de alguien talentoso y prestigioso –que admiraría, incluso, si no fuera mi viejo– es muy difícil no separarse porque la comparación te liquida, y con razón”.
Ese estilo para su personaje no es la única distancia que tomó Martín. De más joven eligió estudiar cine, la rama que menos explotó su padre.
Martín busca distancia no por rebeldía sino por necesidad: quiere equivocarse con su propio nombre, correr riesgos que no formen parte del canon familiar y evitar convertirse en una fotocopia.
Hoy sigue haciendo La venganza con Alejandro Dolina –un legado del que todavía no se pudo despegar– y además tiene dos proyectos para el 2026 –una primicia que no le dijo a nadie– y ambos son musicales. El primero ya tiene nombre, Duetox. Martín planea recitales donde él y una celebridad canten, con una orquesta, una canción chabacana. “Me gustaría cantar con Juliana Gattas, porque tiene mucho humor además de talento”, anhela.
El otro proyecto, más íntimo, se trata de tocar en vivo 20 canciones propias. “La idea es presentarlo con público, que sea como un álbum efímero que no se graba nunca”. Martín agrega: “Una suerte de quémese después de tocarse”.
Martín no lo dice, pero lo sobrevuela el temor de que otro archivo engrose la carpeta de proyectos que se metió en esa parte del cuerpo que lo hizo marcar un hito en canal Encuentro.
El futuro, dice, depende de él y de nadie más: “Empecé tarde mi carrera por fuera de la familia. Mi papá se hizo popular a los 40”. Él tiene, justamente ahora 40 años. Señal de que aún hay tiempo de despegar y que un día su apellido caiga y su nombre, al fin, remonte vuelo propio.
NG/MG

La quinta temporada de 'Machos Alfa', que se estrena este viernes 17 de abril en Netflix, lleva al límite la crisis de sus protagonistas y convierte su huída hacia una "comuna machirula" en el retrato más incómodo -y certero- de los que manifiestan miedo a la igualdad
Crítica - 'Euphoria' se desdibuja en su temporada 3 como nueva víctima del retroceso ideológico (y cultural) de nuestro tiempo
La quinta temporada de Machos Alfa vuelve a dar con la tecla, presentando de nuevo a unos personajes que libran su particular batalla con esa deconstrucción que les lleva por el camino de la amargura. En esta tanda de capítulos, la premisa de partida ya es toda una declaración de intenciones: los cuatro amigos planean irse a vivir juntos a una “comuna machirula libre de mujeres”, que viene a ser un complejo diseñado para estar 'a salvo'. Esta idea que plantea la serie de Netflix podría encajar a la perfección con el deseo de cualquier nostálgico: un búnker donde los techos de cristal ni siquiera tienen nombre, donde la igualdad no quebrante una forma de vida con amplias comodidades.
Que nadie se equivoque, la comedia de los hermanos Caballero se eleva una vez más como una excelente crítica, como analizamos a continuación en verTele. Es una sátira a ese caos del que tanto se quejan ciertos sectores de la sociedad, utilizando el humor para retratar la fragilidad de aquellos que confunden el avance social con una persecución personal. Ya lo dijo Raúl Tejón en una entrevista, refiriéndose a esos “bros” que le toman por gurú sin entender la parodia: “Yo soy mariquísima y no me oculto, lo digo abiertamente”. Para los que no se han enterado de absolutamente nada, como comentó el actor, esta temporada es una tesis de manual.
La ficción de Contubernio Films se estrena este viernes, 17 de abril, con una batería de episodios donde sus protagonistas se dan de bruces contra la realidad. Fernando Gil, María Hervás, Raúl Tejón, Kira Miró, Gorka Otxoa, Paula Gallego, Fele Martínez y Raquel Guerrero están de vuelta para brindar al espectador una imagen caricaturesca de nuestra sociedad. Completan el reparto las nuevas incorporaciones María Adánez y Diego Martín, con personajes clave que complementan los regresos de Cayetana Cabezas, Marta Hazas y Paloma Bloyd, entre otros. La dirección de los seis episodios de la serie corre a cargo de Laura Caballero, también creadora junto a su hermano Alberto Caballero.
El arco argumental de esta temporada es, quizás, el más maduro –dentro de las posibilidades de este cuarteto– hasta la fecha. Resulta un ejercicio de lo más interesante analizar el colapso de Santi Peralta (Gorka Otxoa), quien decide que ya ha tenido más que suficiente en su viaje hacia la deconstrucción. El arquitecto que intentó ser el aliado perfecto inicia un camino radical de vuelta: rechaza cualquier tipo de relación sexoafectiva, impulsando la constitución de la sociedad Pacto Patriarcal. Y lo cierto es que se transmite una ternura latente en sus fracasos constantes por encontrar una persona con la que avanzar. Podríamos definirlo como el hartazgo vital hecho personaje.
Por su parte, Raúl Camacho (Raúl Tejón) por fin colapsa. Toma conciencia de que nunca supo querer, un diagnóstico que resuena en varias generaciones educadas en un patriarcado donde los sentimientos no son cosa de hombres. Sus tramas nos vuelven a llevar por rincones incómodos de la heterosexualidad, como esos clubes destinados al placer solo para varones donde la única regla es que “no hay contacto homosexual”. El personaje da un paso más en esta pirueta argumental para retratar la homofobia interiorizada que, lamentablemente, aún sobrevive en ciertos entornos. Bien por Machos Alfa, colando este debate en millones de hogares a través de la comedia.
El adalid de la masculinidad, que responde al nombre de Pedro Aguilar (Fernando Gil), vive una curiosa evolución: el más reacio en los inicios termina abrazando algunas bondades de la deconstrucción, o al menos eso parece. Básicamente, hasta el más 'rudo' puede cambiar cuando el sistema que defendía cae por su propio peso. Mientras tanto, Luis Bravo (Fele Martínez) intenta sobrevivir hasta que encuentra su ¿nuevo camino? tras una negociación con su esposa plagada de giros. Y atención porque uno de sus episodios vitales toca de lleno una asignatura pendiente para nuestra sociedad: las relaciones y las dinámicas cuestionables de pareja.
Conviene poner la lupa en una de las tramas que nos regala la quinta temporada de Machos Alfa: la toxicidad que impera en las relaciones de los adolescentes. También se muestran otras tramas inspiradas en otras polémicas de nuestros días, evidenciando su vocación de generar reflexiones en los espectadores. El guion pone sobre la mesa una realidad que se recoge en los dos últimos Macroestudios de violencia de género Tolerancia Cero, cuyas estadísticas más preocupantes se destacan a continuación:
La serie de Netflix aborda esta difícil realidad a lo largo de la temporada, evidenciando que todavía queda mucho camino por recorrer en materia de igualdad. Y lo hace a través del humor, un vehículo clave para introducir debates en la conversación de los espectadores. Es fundamental que el mensaje llegue a todas las generaciones -sobre todo a las nuevas-, especialmente en un contexto donde el sesgo de confirmación actúa como escudo. En una época en la que muchos desacreditan las realidades que no encajan con su ideología, colar esta realidad en una narrativa es vital. Quizás, la forma más efectiva de romper un muro para visibilizar y concienciar.
Más allá de las risas, Machos Alfa se erige como un ensayo sobre el cambio de paradigma en lo que significa “ser un hombre”. La sociedad viene de un pasado donde la masculinidad era sinónimo de fuerza, silencio emocional, dominación, ausencia de dudas y virilidad en exceso. Ese modelo, que durante décadas fue hegemónico, era estructural: el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) lleva años detectando un aumento en la percepción de los hombres –especialmente jóvenes– que advierten discriminación en la promoción de la igualdad de las mujeres.
Ese hombre de ayer no se preguntaba quién era ni qué sentía, simplemente ejecutaba un rol privilegiado de autoridad que no podía cuestionarse. En este sentido, el cuarteto protagonista satiriza a la perfección ese punto de inflexión: todos viven a su manera un caos interno porque la sociedad les obliga a escapar de una histórica zona de confort. Ellos mismos deciden vivir en una “comuna machirula libre de mujeres” mucho tiempo después de haberse sometido a un curso donde deconstruirse, aunque el devenir de los acontecimientos puede terminar por desbaratar sus planes.
La idea de retiro que plantea la serie conecta con el auge de comunidades online solo frecuentadas por hombres, que en la realidad suelen ir acompañados por discursos antifeministas donde hay “crecimiento del negacionismo”, como documenta el Ministerio de Igualdad. Y aunque los personajes terminan enfrentándose a sorprendentes cierres de ciclo durante la quinta temporada, Machos Alfa vuelve a plantear con acierto que el conflicto real no está en la igualdad, sino en la gestión emocional, cultural y social.
En definitiva, Machos Alfa se mantiene como una de las mejores comedias españolas de la televisión actual, confirmando que no existe temor alguno a meterse en el barro. Las interpretaciones son, como siempre, impecables. Logran que empaticemos con personajes que, sobre el papel, posiblemente nos sacarían de nuestras casillas. Y es que la serie de Netflix no juzga desde una posición de superioridad, sino que invita a reírse de las contradicciones humanas. Es entretenida, es ágil y, sobre todo, es muy inteligente: señala sin titubeos que el búnker del cuarteto protagonista no es para huir de las mujeres, sino para alejarse de un mundo que ya no se vive en blanco y negro.

El director de Paterson y Solo los amantes sobreviven vuelve a sorprender, ahora con tres relatos enlazados que proponen encuentros entre padres, madres y sus hijos e hijas adultos. Lejos de toda idealización, pero sin abrir juicio moral y con mucho humor oblicuo.
Artista versátil y multifacético que tanto te hace una película como un disco con su grupo Sqürl o compone una banda sonora, escribe un guion o realiza collages con fotos que él mismo toma, Jim Jarmusch –después de aplicarse en su cine a temas bien diferentes (zombis, vampirismo, café y cigarrillos, samuráis)– se arrima ahora a los famosos lazos de sangre. Ya saben ustedes: ese grupo humano formado por personas ligadas por la consanguineidad o por íntima afinidad (matrimonio o algo equivalente), considerado tradicionalmente como base del orden social, ejem.
Y lo hace con esa radicalidad que lo distingue, sobria y tirando a nonchalante, adjetivo que le cae como anillo al dedo ya que está queriendo mudarse a su querida Francia por causa del totalitarismo trumpiano. Con esos modales decontractés, subvierte el trajinado melodrama fílmico o teatral que suele incluir choques, revelación de secretos, malentendidos, desahogo de emociones intensas y purificación final del vínculo entre padres, madres y sus descendientes ya en la adultez.
Nada de eso le interesa a este cineasta que prefiere aquí la vía del humor subyacente, la observación a cierta distancia, los diálogos inconducentes por no decir absurdos –un toque de Beckett por aquí, otro de Pinter por allá–, esa supuesta trivialidad en la superficie que atenúa mentiritas piadosas o no tanto, hipocresías comunes y corrientes. Siempre sin bajar línea directa y desbaratando lugares comunes, convenciones e ideas recibidas, justamente poniéndolos graciosamente en evidencia. Por caso, “se eligen los amigos, los amantes, no la familia”, suelta un personaje.
En Father Mother Sister, todo sucede en tres episodios interrelacionados, como movimientos de una pieza musical. Una sonata, digamos, porque una sinfonía le parecería demasiado a nuestro Jim, habitualmente un poquitín escéptico, considerándose un amateur antes que un profesional en cualquiera de los emprendimientos en las artes que cultiva. O probablemente aceptaría ser llamado un diletante en alguna oportunidad.
Entonces, aunque a algunos reseñadores les ha parecido que los tres episodios de este reciente estreno local eran independientes entre sí, lo cierto y concreto sería, según palabras del propio JJ, que se trata de variaciones sobre un mismo tema. Que los brindis (con agua, té, café), los relojes Rolex, los skaters, las frases hechas, el dinero, los autos, la droga, etcétera, que aparecen y reaparecen en todos los capítulos no son meros guiños o coincidencias: en cada ocasión hay una familiaridad que surge y cobra sentido bajo esa mirada que prefiere ser neutra, con un resabio de indulgencia, del realizador. Que no quiere saber nada de que se hable de sus episodios como de un rejunte de cortos independientes, porque trabajó mucho para tender lazos, establecer relaciones.
Asimismo, Jarmusch decidió cuidadosamente la ubicación de cada uno de los relatos protagonizados, respectivamente, por tres personajes (en el del medio, se cuela uno más, tangencial). O sea: hijo e hija que visitan al padre viudo en New Jersey; dos hijas que van a tomar un té anual con su madre escritora exitosa en Dublín; hermano y hermana gemelos (mestizos afronorteamericanos, para más datos) que se reúnen cariñosamente en París después de la muerte de sus padres en un accidente de avión. Esta es la zona más emocional de la cinta, también la más relajada, donde nadie engaña a nadie.
Porque en los caps 1 y 2 hay actitudes tramposas, puestas en escena minuciosas –del padre, de la madre, de una hija– para sacar ventaja, imponer un ritual, no tener que dar explicaciones. Pero los gemelos se quieren mucho, se sinceran, evocan con amorosa clemencia a sus padres, descubren divertidos algunas travesuras de ellos. Y hasta la portera del edificio -tercer personaje- que se les aparece cuando los jóvenes están en el departamento deshabitado pero con rastros en paredes y puertas (Françoise Lebrun, que encabezara La maman et la putain, clásico de Jean Eustache, hace más de 50 años: una elección muy adrede de JJ) les dice a Billy y a Skye, denotando su buen corazón, que salvó las cosas de los fallecidos aunque debían tres meses de alquiler.
Esta tercera parte del tríptico sucede en un barrio parisino nada turístico, el Bajo Pigalle cuyas calles surcan en coche los gemelos como enfilando por el túnel del tiempo. Si bien en algún momento, la modernidad de los jóvenes skaters girando y revoloteando en sus tablas nos trae un soplo de frescura, despertando admiración la increíble habilidad con que danzan y hacen acrobacias sobre las tablas.
Los misteriosos skaters que brotan de la nada generando poesía y deslumbramiento, están en los otros dos episodios, siempre evolucionando ingrávidos y gentiles –gracias, Antonio Machado– en torno a personajes quietos en sus coches. Nada que explicar sobre la presencia en lugares tan distintos del planeta de esta suerte de equilibristas: pasa que a JJ lo apasiona el skateboard como objeto artístico y símbolo de libertad. Él mismo practicó ese deporte -o puro solaz creativo urbano, ya aceptado por los Juegos Olímpicos en 2020- alguna vez, y le fascina mirar cómo los skaters transgreden leyes de gravedad para inventar movimientos que van perfeccionando por genuino placer, para desplazarse desafiando la interacción gravitatoria en el espacio aéreo. Jarmusch aprecia mucho su audacia, su creatividad para las coreografías, ese espíritu algo salvaje; le resultan la mar de inspiradores. Y porque sí, nomás, dispuso ponerlos en Father Mother…, sumando en el capítulo 1 a la grandísima skater Beatrice Domond, a quien adora y de quien tiene, en su colección de arte, una tabla con su efigie de niña. Bueno, todos los equilibristas que participan en los tres episodios son un espectáculo aparte y, a la vez, integrado narrativamente. En los tres sitios geográficos, el cineasta se contactó con skaters locales y comprobó que realmente son una comunidad afín, que están conectados entre ellos.
El desprejuicio y la originalidad –exentos del menor esnobismo– de JJ a la hora de elegir a sus actores y actrices siempre fueron una de sus marcas de fábrica, desde que estrenó formalmente en 1984 Extraños en el paraíso, reuniendo en el cast al notable músico de jazz y pintor John Lurie, a la cantante y compositora húngara Eszter Balint, y a su propia esposa de añares, Sara Driver, cineasta productora, musa muy reconocida. Y en su siguiente film, Bajo el peso de la ley, 1986, ya estaba llamando a Tom Waits, sobresaliente músico, compositor y cantante que no necesita presentación, que luego colaboraría con el genial director teatral Bob Wilson en varias comedias musicales; también invitó al comediante italiano Roberto Benigni (década antes de que dirigiera la empalagosa La vita é bella, 1997). Y sumó de vuelta a Lurie, armando de esta guisa un trío de presidiarios injustamente arrestados en Nueva Orleans que escapan, corren por diversos paisajes y conversan, parlotean en tanto que atraviesan parte del país. Porque ya sabemos, docena y pico de films mediante, que JJ no transa ni con las convenciones de la acción ni -mucho menos- con la violencia explícita.
Por consiguiente, no es de extrañar su manera de integrar el elenco de Father…, empezando por su amigazo Waits en el primer episodio, con todo su vozarrón y las mañas de su rol, no solo actuando en falsete para sus hijos Jeff (que le cree devotamente) y Emily (que sospecha e intenta alertar a su hermano), sino que previamente ha montado una puesta en escena del decorado doméstico para pasar por pobretón, ermitaño y hasta lector de grandes clásicos. Fenomenal TW, tan bien asistido -es un decir- por un Adam Driver crédulo, generoso, compungido, culposo… Lo contrario de Mayim Bialik que mira todo por encima del hombro, investiga, saca a relucir alguna evidencia sin que este father se dé por aludido nunca, elogiando su sillón especial para mirar por la ventana el lago, y con el cuadro de un barco a vela sobre el mar encima del sofá. Agua por doquier. Como en todos los caps, delicia grande reparar en los detalles: ay, esas mesitas ratonas triangulares, diminutas; esos cubitos de hielo que father manosea antes de dejarlos caer en los vasos de agua con que convida a sus visitantes…
Una auténtica gloria la presencia de Charlotte Rampling dura como el diamante, más fría que un glaciar (antes de que alguna jodida ley lo haga derretir). Imposible más elegante. Trabaja por primera vez con JJ, bendito sea por convocarla. Ella, la escritora best seller que por algo no quiere que sus hijas Timothea y Lilith lean sus libros (hay que estar de mala leche materna para ponerle a una hija Lilith -googlear si hace falta, que estoy pasada de caracteres-). Pero les impone un té con exquisita repostería, una vez al año. Un encuentro forzado que ellas acatan porque le temen. Ese día, que nos lo cuenta esta segunda entrega del film, están bajo su dominio y bancándose el silencio incómodo, apenas quebrado por diálogos huecos y desamorados. Impecables Vicky Krieps y particularmente Cate Blanchett, cuya capacidad transformista es proverbial. Aquí, como si el director le hubiese lavado la cabeza (con champú moderador de expresividad) luego de cortarle el pelo. Casi irreconocible en su austeridad gestual desprovista de jactancia actoral.
En la última parte del tríptico, como quedó dicho, hay amor, confianza, franqueza, complicidad entre los hermanos, padre y madre queridos y comprendidos por los gemelos que se comunican como solo pueden hacerlo los twins. En el departamento vacío solo hay una caja que aporta el hermano con fotos felices de antaño, documentos fraguados por esa madre y ese padre atípicos. Y hacia el final, esa fugaz visita al depósito donde están muebles y objetos que acumuló la pareja a través del tiempo. Una dulce melancolía tiñe la pantalla. Luka Sabaat está más que correcto, pero la bellísima y seductora Indya Moore -trans no binaria, hija de puertorriqueña y caribeño en la vida real- se roba descaradamente las escenas. Ella sufrió terriblemente el bullying escolar en su temprana adolescencia, hizo un intento de suicidio, salió a flote y a los 15 se transformó en supermodelo de Dior y Gucci. Hoy a los 31, tiene un carrerón como maniquí y actriz a sus espaldas y por delante, a la vez que milita asiduamente por los derechos de la comunidad LGBTQ y ha sido distinguida en más de una oportunidad entre las principales personas “luchadoras por la igualdad, la aceptación y la dignidad de todas las personas”. Brava Indya, bravísima.
Ni drama ni comedia, Father Mother Sister Brother. Un registro otro el del trazo jarmuschiano, que amalgama ironía, acidez, negrura para cerrar con una cierta ternura que a cada espectador, espectadora le puede provocar -en su escala- un efecto desculpabilizador. No hay ni madres ni padres ni hijos/as que sean perfectos/as. Como dice JJ, “todos venimos un poco fallados”. Algunos mucho más que otros, como Trump y sus acólitos que le dan ganas a este artista de dejar los Estados Unidos. Emulando a Piaf canturrea: “J’ai deux amours, New York y París”. Ciudad que de muy joven solía recorrer con la novela Nadja, de André Breton, bajo el poncho, como guía para flâner sin perderse del todo.
MS/MG